Catatumbo es una palabra que resuena con fuerza en la memoria de la mayoría de los colombianos, y no precisamente por su composición sonora, sino por las nefastas acciones de los grupos armados al margen de la ley.

Desde los años 80, esta recóndita región conformada por más de un millón de hectáreas en 11 municipios de Norte de Santander, y que limita con Venezuela, ha sido el escenario de centenares de asesinatos, masacres, atentados y secuestros propiciados por las FARC, el ELN, el EPL, los paramilitares y bandas criminales como Los Rastrojos.

Según el Registro Único de Víctimas (RUV), en el Catatumbo se han cometido 18.260 homicidios directos e indirectos y 1.893 secuestros, mientras que 3.016 de sus habitantes han desaparecido de manera forzosa.

Como si fuera poco, por ser un área de difícil acceso y por contar con una topografía montañosa, se convirtió en uno de los principales escenarios para el cultivo de coca, un factor que se incrementa con el paso de los años, los días y las horas.

El último reporte de la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, indica que de las 146.139 hectáreas sembradas con coca en Colombia durante 2016, 24.587 fueron cultivadas en el Catatumbo (16,8%), zona que en 2006 solo tenía 500 hectáreas destinadas para esta actividad.

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Debido a esto, las maravillas naturales que alberga esta región permanecen aún escondidas bajo el velo de la violencia y el narcotráfico, y son solo conocidas por algunos de sus estigmatizados y aún temerosos habitantes.

Este es el caso de Tres Bocas, un corregimiento de Tibú (el municipio más extenso, con 265.000 hectáreas) ubicado a tan solo 20 minutos de la cabecera municipal, y que podría resumirse como un sitio que vive, respira y habla por el agua.

Sus cerca de 600 habitantes, que se dedican a la pesca, la agricultura, la ganadería o el comercio fronterizo con Venezuela, y que viven en casas coloridas de madera, presencian a diario un espectáculo único al que le debe su propio nombre: un lugar dónde tres ríos se funden en uno solo.

Se trata de la confluencia de los ríos Sardinata, Río Nuevo y Tibú, los cuales, justo al frente del corregimiento, unen sus aguas carmelitas de diferentes tonos para convertirse en el impetuoso río Tarra; como si se tratara de tres bocas escupiendo chorros marrones que se entrelazan en una misma corriente.

Tarra, o sus tres ríos originarios, no solo es un paisaje virgen repleto de vegetación, musicalizado por el canto de las aves y el ruido de la corriente; también representa un todo para sus pobladores, ya que es su principal forma de subsistencia.

Unos utilizan el cuerpo de agua para cazar peces típicos de la región, como rampuches, manamanas y palometas, los cuales venden a los ‘citadinos’ de Tibú y a su vez les sirven como alimento a todo el corregimiento.

Otros hacen uso de las canoas y lanchas que dormitan todos los días en la orilla como medio de transporte. Por 1.000 pesos, los colombianos atraviesan el río para ingresar a territorio venezolano en busca de gasolina, que luego pasa a engrosar el negocio de las pimpinas en Norte de Santander.

Entre tanto, los venezolanos han encontrado en Tres Bocas el sitio propicio para entrar a Colombia y regresar con la mercancía necesaria para sobrevivir, una actividad que no tiene control debido a la ausencia de autoridad en ambos frentes.

En la orilla colombiana se presta el servicio de mototaxi para poder llegar hasta el casco urbano de Tibú.

A pesar de soportar una temperatura de más de 30 grados centígrados, las calles del corregimiento, en su mayoría destapadas, huelen a barro fresco, como si acabara de llover.

Esto se debe a que en época de lluvia, los ríos aledaños inundan todo el pueblo, algo que ha hecho brotar la creatividad de sus pobladores.

Los primeros pisos de algunas casas, que por tradición son ocupados por la sala, comedor y cocina, en Tres Bocas permanecen desolados o con algunos chécheres oxidados que denotan el paso del agua.

Los segundos, que se suponen exclusivos para los dormitorios y baños, fueron acondicionados para comer, descansar, lavar, cocinar y hacer las necesidades.

Uno de sus habitantes, un pescador de la zona que se negó a dar su nombre y a ser fotografiado, asegura que cuando llega la lluvia, el agua entra por todo lado.

“En las casas se pueden ver las marcas del agua. Mire, hasta la mitad ha llegado. Por eso ya no dejamos nada en el primer piso, para que no se nos dañen los muebles, colchones, electrodomésticos y las pocas cosas de valor. A veces el río se mete más arriba”.

Los frentes de las viviendas no cuentan con antejardines o cercas, sino canoas y lanchas amarradas a los árboles que esperan la nueva llegada del agua.

“Cuando se crecen los ríos, solo tenemos que abrir la puerta y subirnos a las lanchas a pescar”, afirma el hombre que ya pasa los 50 años y que prepara suculentos sancochos.

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Pero ninguno de sus habitantes se queja por quedar prácticamente bajo el agua. “Ya estamos acostumbrados. Nos hemos preparado para eso. Además, cuando termina de llover, el suelo se vuelve más fértil para cultivar y alimentar al ganado, mientras que los peces fluyen como arroz. De eso vivimos todos acá”.

Este tibuyano manifiesta que Tres Bocas es visitado solo por la gente de la región. “Son muy contados los que vienen de afuera, me imagino que por miedo a todo lo que ha pasado en la zona. Hasta nosotros aún vivimos con la zozobra de un nuevo atentado. Pero el que viene se enamora de este mágico lugar bañado por los ríos”.

Uno de los episodios que permanece vivo en la zona fue la masacre de La Gabarra, otro corregimiento de Tibú, ocurrida el 22 agosto de 1999, cuando los paramilitares asesinaron a un centenar de tibuyanos.

Sus pobladores hablan poco. Prefieren esconderse tras las ventanas de sus casas al ver la presencia de un extraño. Los pescadores, vendedores y lancheros negocian sus servicios, pero sin decir más de la cuenta.

A pesar de su encantador paisaje, su densa vegetación y sus deliciosos pescados, la violencia ha hecho que el turismo luzca lejano, razón por la cual no hay hoteles, restaurantes y mucho menos ecoturismo.

La firma del Acuerdo de Paz con las FARC ha dado una luz de esperanza para que los colombianos conozcan esta joya escondida, pero el ELN aún tiene fuerza en la región, lo que se refleja en algunas fachadas de las casas, pintadas con las iniciales del grupo subversivo.

Un límite dudoso

A simple vista pareciera que el ancho Tarra, con las aguas de Sardinata, Río Nuevo y Tibú, fuera la línea que divide a los dos países en este corregimiento.

Pero no lo es. Su límite lo marca un mojón ubicado justo al frente de la puerta de una de las casas de Tres Bocas, cerca a la orilla, que indica que todo lo que esté hacia la derecha (incluyendo el río) es de Venezuela, y hacia la izquierda de Colombia.

Esta infraestructura de cemento, de no más de un metro de altura, fue construida en 1981, y está acompañada de dos astas para las banderas nacionales.

La antigua casa blanca de dos pisos, llamada Granero San Martín, que tiene profundas huellas de la humedad y el paso del tiempo, tiene doble nacionalidad.

Lo mismo ocurre con el negocio de ventas de bebidas ubicado al frente a la vieja casa. Al abrir sus puertas y ventanas, lo primero que ve su dueño es el mojón que divide a las dos naciones hermanas.

Uno de los habitantes, que les vende paletas y galletas a aquellos que atraviesan el río, dice que el morro de cemento no tiene mayor significado. “Para nosotros el límite es el río, así la estructura indique lo contrario. Todo Tres Bocas es de Colombia”.

Si en las astas de las banderas estuviera esclarecer la nacionalidad de estas dos viviendas y la del río, Colombia saldría ganando, ya que su símbolo patrio se contornea orgullosa por el poco viento.

La venezolana brilla por su ausencia, un mensaje entrelíneas que ratifica el abandono que padece el vecino país.