| 2014/07/04

Goles por la vida

En Colombia el fútbol se ha vuelto un motor de desarrollo. Aquí algunas historias de iniciativas que han cambiado vidas.

Niño jugando en Buenaventura en la Fundación Vení Jugá.
Niño jugando en Buenaventura en la Fundación Vení Jugá.

Tiempo de juego


Foto: Pablo Monsalve. Cortesía de Tiempo de juego

“El fútbol engancha porque es simple, es bello porque es sencillo. Cuanto más lo complicas, empeora”, la sentencia es del futbolista y entrenador serbio Vujadin Boškov. Dos líneas que podrían resumir los testimonios de los niños de Cazucá, en Bogotá; Buenaventura y Barranquilla. Tres esquinas de Colombia donde los más pequeños, después de cronometrar con exactitud el tiempo que se demoran haciendo las tareas, salen a las canchas del barrio a entrenarse, a encontrar en la sencillez del deporte una motivación para creer en un futuro lleno de goles. La mayoría de ellos sueña con ser futbolistas profesionales, y la convicción es tan fuerte, que ya no parece una ilusión sino otra afirmación, como la de Boškov.

Astrid Carolina Méndez tiene 10 años, una cadena de hilo en su pecho y la mitad de un dije de Falcao colgando de ella. Su mejor amiga tiene la otra parte del adorno. Las une una devoción por el futbolista samario, una amistad entrañable y, por supuesto, el amor al fútbol. “Juego desde los cinco años. Hago las tareas rápido para poder venir. Soy delantera, como Falcao y como Messi…” Podría seguir recitando el nombre de sus futbolistas preferidos y de los ganadores del balón de oro con la fecha exacta del momento en que recibieron el reconocimiento.

Es una pequeña estudiosa del tema que aunque realiza otro tipo de actividades, no abandona su sentimiento. “A mí las Barbies no me gustan, me dan sueño porque no pasa nada en sus vidas y ya son grandes: En cambio, jugar a las muñecas sí me gusta porque una bebé crece y luego sigue su pasión que puede ser jugar fútbol, ¿quién dice que no?”, confiesa Astrid.

Vive en el Barrio Quintanares en Cazucá, en el sur de Bogotá. Entrena tres veces a la semana en Tiempo de Juego, la fundación que lidera Esteban Reyes, amigo y socio del fundador Andrés Wiesner. A la fecha hay inscritos 4.000 niños, de los cuales asisten regularmente 903. Ninguno paga por acceder a las 14 unidades de servicios que ofrecen. Eso sí, deben estar dispuestos a aceptar la metodología con la que trabaja la organización.

El partido se divide en tres tiempos. En el primero se concretan las reglas. Se trata de acuerdos de convivencia, en los que no están permitidas las malas palabras, los tratos agresivos, y se establece además que el primer gol debe ser hecho por una mujer. El segundo tiempo es el juego, moderado por un mediador (no se le denomina árbitro), y el tercero corresponde a la evaluación.

Los niños pueden ingresar desde que cumplen cuatro años y no es extraño que a los 13 los llamen “profes”. Richard Garay es uno de estos pequeños maestros. Toda su familia está inscrita en Tiempo de Juego. Es monitor de niños de cinco años. Le dicen “profe Richy”, al tiempo que tiran de su pantaloneta. “Yo trato de enseñarles a los niños que sean puntuales, que tengan compromiso y que le metan ganas, para que puedan descubrir que el fútbol los puede ayudar a olvidarse de los problemas, por lo menos mientras están en la cancha”, afirma.

Tiempo de Juego funciona no sólo como un aliciente frente a situaciones de abandono familiar, violencia, microtráfico de drogas, abuso sexual o bandas criminales que acechan la zona. Se ha convertido en una empresa sustentable. La idea es que quienes trabajan ahí y han sido formados en sus canchas lideren el proyecto y finalmente adquieran una sostenibilidad financiera que les permita mantenerse en el tiempo, para que cada vez más niños puedan encontrar en el fútbol una sana adicción.

Vení jugá


Foto: Diego Erasso. Cortesía Fundación Vení Jugá.

“Mi jugador favorito es Messi por su forma de enganchar, el juego bonito que deja en la cancha y por su forma de ser, es muy buen amigo”.

  • —¿Cómo sabes que Messi es una buena persona?

  • —“No sé, porque se le nota”, dice Joe Enrique Barco, el delantero más tímido que entrena en la cancha del barrio El Jorge, en Buenaventura.

Practica tres días a la semana desde cuando tiene siete años. Gracias a su dominio del balón ha viajado a diferentes lugares de Colombia donde ha despertado el interés de diferentes cazadores de talentos. La próxima cita es en Cartago, Valle, a donde irá de la mano de su entrenadora Amparo Henao. Joe es uno de los niños beneficiados del programa Vení Jugá, liderado por los exfutbolistas de Millonarios Osman López y Bonner Mosquera.

La iniciativa de capacitar y fortalecer las escuelas de fútbol existentes en esta población del Valle del Cauca surgió en 2010. Al ver que muchos jóvenes y niños se acercaban a los más de 40 clubes formativos que funcionaban sin la reglamentación y la adecuación necesarias para garantizar una formación deportiva óptima, Osman y Bonner se dieron a la tarea de gestionar los recursos para estas.

“La idea es que los niños de Buenaventura tengan una calidad de vida diferente a través del deporte”, afirma López, quien es toda una celebridad en su pueblo. Se pasea por las calles coloridas y bullosas de Buenaventura saludando a todo el que se le cruza.

  • —“Osman, llamame, tengo que comentarte una situación”,

  • —“Dejame el teléfono con mi tío y hablamos”.

Es una especie de salvador, todos lo necesitan, lo reconocen y quieren fotografiarlo.

Los niños de las escuelas deportivas no son la excepción. En cuanto lo ven forman una fila india y uno tras otro van saludándolo de la mano, “buenas tardes, profe”, le dicen después de haberse secado el sudor de la frente. Muchos llevan los guayos que Vení Jugá les consiguió y que tienen bordado el nombre de la fundación. La dotación que Osman y Bonner consiguieron fue un logro trascendental para las escuelas. Antes de que aparecieran estos personajes, los  entrenamientos se hacían entre conos improvisados con palos de madera y cemento.

“Aborrezco la pobreza, muchos creemos que las cosas buenas no son para nosotros, y hay que cambiar esa mentalidad. El fútbol es una manera de conseguirlo, de eso no tengo la menor duda”, afirma Osman. Su sueño es seguir transformando los procesos de formación deportiva de los jóvenes que, como él, sueñan con una oportunidad dentro de una cancha de fútbol.

Fútbol con corazón


Foto: Cortesía Fundación Fútbol con Corazón

Los niños de más de 12 comunidades de los departamentos de Atlántico y Bolívar se están beneficiando con el trabajo de una fundación que apunta a reducir las manifestaciones de violencia mediante el fútbol.

“El fútbol tiene dos elementos muy importantes: Primero, es un gran convocador. A la mayoría de los niños les gusta. Segundo, en un partido se presentan todas las emociones de la vida, lo que permite confrontarnos a muchas situaciones en un solo momento”, afirma Samuel Azout, director de la fundación.

El trabajo que viene desarrollando hace seis años con 3.200 niños de Soledad, Puerto Colombia, Barranquilla, Cartagena, entre otros sitios del Caribe colombiano, le ha permitido canalizar recursos de empresas privadas que contratan a la Fundación para apoyar sus objetivos de responsabilidad social, motivados  por  un deporte que puede generar cambios verdaderos en las vidas de los más pequeños.

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