Fotos Johan García / Corantioquia

“A la gente le parecen muy bonitos los animales silvestres y por eso los quieren tener como mascotas, pero no se imaginan el daño que le causan a ellos y al medioambiente”, dice Adriana Molina, la subdirectora de ecosistemas de Corantioquia. Debido a este capricho, que en realidad es un delito castigado con cárcel, tan solo en 2017 van 1.163 ejemplares rescatados de ese flagelo.

Según Molina, el cálculo es que por cada animal que llega a las manos de los compradores hay otros 10 que mueren en el camino. “Por ejemplo, para capturar a un perezoso, que es uno de los más apetecidos por la gente, generalmente tienen que asesinar a la madre. Y para atrapar a los pichones de aves, que son las más afectadas por este comercio, tumban los nidos con la consecuente muerte de la mayoría de los polluelos”.

Los que superan esta primera etapa de sufrimiento y se convierten en las mascotas de alguna familia extravagante, se enfrentan a otros tipos de tortura, incluso en los casos en que son bien tratados. Aunque sus dueños crean lo contrario, los animales silvestres en cautiverio son más susceptibles a enfermarse, e incluso a deprimirse, porque para ellos son indispensables la compañía y las enseñanzas de los individuos de su misma especie.

Aparte de eso, el tráfico de especies silvestres tiene graves impactos para los ecosistemas de donde son sacados, pues muchos de ellos cumplen importantes funciones ecológicas como dispersadores de semillas, controladores de plagas y hasta como presas de individuos más grandes que las necesitan para sobrevivir en su entorno. “Eso sin contar con los riesgos de adquirir enfermedades como tuberculosis, leptospirosis y salmonelosis, entre otras, que conlleva la convivencia con estos animales”, añade la funcionaria.

La ruta hacia la libertad

Desde hace ocho años, Corantioquia viene trabajando en conjunto con el Área Metropolitana del Valle de Aburrá para revertir este panorama. A través de incautaciones y campañas de sensibilización para que la gente los entregue voluntariamente, se han rescatado 79.000 animales en ese lapso. De estos, 55.000 han sido liberados y reubicados en ecosistemas propicios para su bienestar.

“El tráfico de especies es el tercer negocio ilícito más rentable después de la minería ilegal y del narcotráfico. Detrás de ese mercado hay mafias internacionales que atacamos en conjunto con las autoridades judiciales”, afirma Ana Arbeláez, directora de Control y Vigilancia del Área Metropolitana. Según ella, el objetivo principal es “cambiar la cultura de las personas para que no vean la tenencia de animales silvestres como algo normal”.

Para ello, han desarrollado una campaña llamada “Municipios libres de fauna silvestre en cautiverio”, en la que mediante actividades pedagógicas y culturales invitan a la gente a entregar voluntariamente los animales que tienen en sus casas. Arbeláez cuenta que la estrategia se ha realizado exitosamente en 32 pueblos del departamento y se han recuperado cientos de animales que son llevados al Centro de Atención y Valoración de Fauna Silvestre (CAV) para comenzar el proceso de rehabilitación.

El CAV es un predio de cinco hectáreas ubicado en el municipio de Barbosa, a una hora de Medellín. Está dotado con cerca de 20 jaulas con capacidad para albergar a 1.000 especies silvestres. Desde que ingresan, un grupo de profesionales en biología y veterinaria los identifica y los evalúa clínicamente para conocer su estado de salud. También se determina el grado de dependencia que han desarrollado respecto a los humanos y comienza el proceso de rehabilitación con miras a una posterior liberación.

Gina Serna, una médica veterinaria que trabaja en el CAV, explica que no hay un periodo establecido para la rehabilitación de los animales, pues este depende de las condiciones en las que llegue al Centro y puede tardar meses o incluso años. “Acá tratamos de que ellos vuelvan a alimentarse por sus propios medios y recuperen la movilidad, capacidades que muchas veces pierden porque los humanos les cortan las plumas o les quitan los dientes”, explica.

Los animales que logran recuperar sus habilidades para regresar a su estado natural, son liberados en sitios previamente seleccionados por el equipo del CAV para asegurarse de que pueden encontrar las condiciones necesarias para sobrevivir. El pasado 25 de marzo, Corantioquia y el Área Metropolitana realizaron una liberación de 60 ejemplares de halcones, buhos, gallinazos, zarigüeyas, ardillas, boas y tortugas en Puerto Berrío, un municipio del Magdalena Medio antioqueño.

El sitio escogido para la liberación fue la finca de doña Cristina Giraldo, una mujer de 70 años que tiene un predio de 230 hectáreas de las cuales el 65% permanece cubierto con bosque primario. Como explica Catalina Pinzón, bióloga de Corantioquia, este lugar era el indicado para la liberación porque conserva los atributos de conectividad, estructura y composición que necesitan los animales para retornar a su normalidad.

“En palabras sencillas, los bosques de la finca de doña Cristina les van a permitir a estos animales la libre movilidad y les van a proveer la alimentación que consumen en circunstancias naturales”, cuenta Pinzón. Una vez escogido el lugar idóneo, el éxito de la jornada consiste en liberar las especies de forma separada teniendo el cuidado de no soltar a los depredadores cerca de sus presas.

Para liberar animales silvestres también es preciso tener paciencia. Como muchos de ellos han permanecido por años encerrados y en contacto estrecho con los humanos, una vez les abren las jaulas para que salgan al ecosistema natural ellos se toman su tiempo para reconocer el entorno y en muchos casos parece que dudaran de salir del cautiverio. “A algunos de ellos se les nota el miedo a la libertad”, dice Pinzón mientras espera que una pequeña zarigüeya abandone su jaula frente a un inmenso bosque natural.

Finalmente, unos más rápido que otros, los 60 animales se incorporaron al bosque de doña Cristina para retornar a la forma de vida de la que nunca debieron ser sacados. A pesar del trabajo desarrollado durante estos años, el tráfico y la tenencia de fauna silvestre sigue siendo una práctica muy extendida en Colombia.

Ahora que se acerca Semana Santa, una época en la que este negocio se dispara, las autoridades ambientales prenden las alarmas para enfrentarlo. Aunque gran parte del esfuerzo está orientado a atacar a los traficantes, la subdirectora Molina insiste en resaltar el papel que juegan los compradores, pues no existe oferta sin demanda. “Hay que reforzar el mensaje de que no compres, no tengas, no transportes individuos de la fauna silvestre colombiana. Quizás lo único que salvará a muchas de estas especies es hacernos conscientes de que ellas no pueden seguir en cautiverio”, concluye Molina.

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