Zafiro de cola dorada (Chrysuronia oenone), Bosque de Protección Alto Mayo. Foto: Gabriel Herrera.

Por: Ramiro Escobar / Mongabay Latam

A las 7:30 de la mañana, en los abundantes bosques amazónicos de la selva alta peruana, el sol apenas se atisba por entre las hojas. Desde un altillo de madera clavado en medio de los árboles, José Altamirano, ingeniero ambiental y experto guía para la observación de aves, comienza a emitir unos sonidos extraños con la boca, como si lanzara un mensaje al viento.

A lo lejos, alguien –o algo– le responde. José continúa su ritual dejando entre cada señal, digamos biológica, unos minutos. Nuevamente se produce el contrapunto, y así sucesivamente, hasta que de prono la respuesta llega con un movimiento entre las hojas, con la visible presencia de un hermoso pájaro de pecho rojo, plumas azules y verdes, y cola algo larga.

Llamados en el bosque

El trogón de corona azul (Trogon curucui) está, por fin, aquí. Y no está solo. Algunos congéneres lo acompañan y se mueven por entre las ramas. José ya casi no emite su llamado y más bien espera tranquilo, mientras nosotros, deslumbrados, procuramos sacar algunas fotos y acaso también conectarnos con el ecosistema.

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El trance ocurre en Waqanki Lodge, un observatorio de aves y a la vez orquideario (lugar de cultivo de orquídeas), ubicado a tres kilómetros de Moyobamba, la capital del departamento de San Martín, en la zona nor-oriental del Perú. El lugar le pertenece a la familia de Altamirano y tiene el fin supremo de conservar el bosque, justamente para que trogones y otras especies vivan sin susto.

“Esto estaba sumamente descuidado, lleno de maleza, pero pronto nos dimos cuenta de que así no tenía valor ni iba a atraer a las aves”, cuenta José, mientras cerca a nuestro punto estratégico de observación un enjambre de colibríes revolotea alrededor de unas flores y de un bebedero puesto especialmente para ellos. Se escucha incluso el zumbido incansable de sus alas.

Son, según nuestro guía, por lo menos de 20 especies distintas. Entre ellas la bellísima, casi mágica, coqueta crestirrojiza (Lophornis delattrei), un colibrí pequeñito, de menos de 7 centímetros de longitud, cuyo ejemplar macho exhibe un penacho naranja compuesto de una suerte de antenas que terminan en punta. Además de un pecho de color verdoso brillante.

La coqueta aparece por momentos, como si no quisiera mostrarse; de pronto ya no está, de pronto sí, repentinamente zumba y se tira sobre una flor vecina o sobre uno de los bebederos que, con suma delicadeza, el personal encargado ha colocado para que aparezcan estos pajarillos esplendorosos. Allí les ponen agua algo azucarada, que se cambia unas dos veces al día.

Se tiene que hacer constantemente por una razón: es una ayuda para el bosque y para los colibríes en concreto. Pero no debe romper el equilibrio que existe entre aves, plantas, flores, néctar, árboles. “Si el bosque no se mantiene en pie esto no funciona”, explica José Altamirano, cuando ya los trogones se han ido y aparece una tangara azul (Thraupis episcopus).

La fiesta de las aves

Hay pocos destinos en el mundo tan privilegiados como el Perú para observar aves. En primer lugar porque, en la lista de los países más megadiversos del mundo elaborada por el Programa de las Naciones Unidas del Medio Ambiente (PNUMA), se encuentra en el puesto No.14. Posee, por añadidura, la segunda mayor extensión de Amazonía, un dato que resulta esencial.

Gracias a esa notable masa boscosa (73,3 millones de hectáreas en costa, sierra y selva), y a otros ecosistemas (las islas y playas del Pacífico, por ejemplo), existe un magnífico hábitat para un casi dispendioso número de especies de aves: según el Servicio Nacional de Áreas Naturales Protegidas por el Estado (SERNANP), son 1.851,  que vuelan, aterrizan o corren en diversos lugares.

Los playeros, como este ejemplar que porta un marcador, realizan largas migraciones, desde Canadá a las costas de Perú. Foto: Gabriel Herrera.

De acuerdo a Enrique Angulo Pratolongo, miembro de la Unión de Ornitólogos del Perú, se trata del tercer país del mundo con más especies. Entre ellas los trogones a los que llama José, las numerosas especies de colibríes o las numerosas especies que anidan, viven o vuelan en los bosques, las playas, las ciudades o las zonas desérticas.

Más aún: el Perú logró ganar  por dos años consecutivos (2015 y 2016) el Global Big Day, un certamen mundial que desde hace unos años se realiza para constatar dónde se ve el mayor número posible de especies de aves en un solo día. Al final del 16 de mayo del 2016, se registraron nada menos que 1.242.

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Thomas Valqui, directivo del Centro de Ornitología y Biodiversidad (CORBIDI), escribió entonces, en la edición de junio de 2016 de la revista ‘Avistando’, que esa cantidad era el 20% de la totalidad de aves observadas ese día en todo el planeta (6.313). Buena parte de ellas, por añadidura, fueron registradas justamente en estos bosques del departamento de San Martín.

O en el vecino departamento de Amazonas, donde vive un pequeño colibrí delicado, liviano,  denominado ángel del sol real (Heliangelus regalis). Parece negro, negrísimo. Pero en realidad es de un color azul oscuro intenso. Una rareza, solo posible de observar en una pequeña porción de territorio ecuatoriano y peruano ubicada entre los 1.400 y los 2.200 metros de altura.

Cambiar de raíz

Este cronista avistó providencialmente esa sui generis de especies hace unos años en Abra Patricia, otro de los points de los ‘pajareros’, como se les llama coloquialmente a los observadores de aves en este país. Estaba en compañía de Rob Williams, un experimentado ornitólogo inglés, que de pronto se quedó casi congelado y atento, ante la providencial aparición del pajarillo endémico.

Tal experiencia, relativamente fácil de vivir en estas tierras ha comenzado a generar en los últimos años una esperanzadora alianza entre la conservación, el ecoturismo y el desarrollo comunal. La lógica es simple o, mejor dicho holística: esa megadiversidad de aves vivirá y vendrá solo si el bosque se mantiene en pie.

Permitirá, asimismo, generar ingresos para personas que antes solamente veían la selva como un territorio para talar árboles, con fines madereros, o tumbarlos con el fin de sembrar café, cacao y otras plantas, que pueden crecer en estos lares, aunque a veces a costa de ir deteriorando varios pisos ecológicos. Nórbil Becerra, un exmaderero que vive en otra zona de San Martín, lo sabe.

Grupo de ejemplares juveniles de jabirú o cigüela americana (Jabiru mycteria). Reserva Nacional Pacaya-Samiria. Foto: Gabriel Herrera.

“Yo vine acá y me di cuenta de que, mientras más conservaba ciertas especies, más aves había”, cuenta en la entrada de su pequeña finca ubicada en Aguas Verdes, un pequeño pueblo asentado en lo que los peruanos llaman “montaña” (selva amazónica ubicada no en los llanos, sino aún entre estribaciones de los Andes). En cierto modo, a este hombre las aves le cambiaron la vida.

Antes, Norbil trabajó como maderero ilegal al interior del Bosque de Protección de Alto Mayo (BPAM), un área protegida peruana que pretende conservar 188.000 hectáreas de bosques nubosos de altísima biodiversidad. Pero gracias a un programa promovido por la fundación Conservación Internacional (CI) mutó de rubro notablemente y abandonó sus prácticas no sostenibles.

Dejó la tala indiscriminada, comenzó a sembrar café y otras especies, con métodos orgánicos, pero sobre todo se dio cuenta de que si conservaba algunas de ellas las aves comenzarían a venir. “Me acordé que cuando era niño me gustaba ver a los pájaros y observé que cuidando algunas plantas estaba como haciéndoles su casa”, cuenta mientras vamos caminando por un sendero.

Cuando vuelven los pájaros

Tenemos que sortear algunos espacios llenos de barro, debido a la reciente lluvia que se abatió sobre este lugar, pero el relato de Norbil sigue siendo muy interesante. Cuando constató que algunas aves anidaban en una especie de palmeras, se esmeró en cuidarlas. “Tuve que tener paciencia”, añade, “porque algunas especies no retornaron inmediatamente a este bosque”.

Pasaron varios meses hasta que pudo dejar crecer árboles, sembrar otros (para recuperar el bosque), e incluso poner, sutilmente, comida para especies sumamente esquivas como una perdiz selvática, que se sabe que existe, que se le escucha cuando camina entre las hojas del bosque, pero a la que solo algunos privilegiados han visto ocasionalmente.

Norbil entusiasmado con esa ecuación que le permitía autosostenerse sin matar a los árboles y recuperando una suerte de pasión infantil, construyó un refugio en medio de estos bosques para observar justamente a esa perdiz. Para que los pajareros, sobre todo los que suelen buscar lo exótico e inusual, no se la pierdan de ningún modo. Para que sepan que allí la pueden ver.

La pequeña fuente de recursos sostenibles la tenía allí a la mano, en realidad, y solo requería percibir que no todo en esta vida, y menos en la selva, se tenía que arrancar. En las apenas 12 hectáreas que tiene su fundo hay 150 especies de aves, desde la perdiz huidiza hasta un paucar de color amarillo y negro (Cacicus cela), que revoloteó cerca de nosotros mientras caminábamos.

También tiene un bebedero de colibríes, donde pululan cerca de 26 especies, a modo de un enjambre que solo se detiene cuando viene la noche llena de insectos. Por si no bastara, no es extraño encontrarse por acá miconias, heliconias y orquídeas, plantas bastante vistosas, que por supuesto son parte del hogar de las numerosas aves que fueron llamadas y recuperadas.

Cerca de este epicentro alado puede observarse al gallito de las rocas (Rupicola peruviana), el ave nacional del Perú, que es de un color anaranjado intenso en el pecho y oscuro en el lomo. Esta especie, que  se encuentra en “estado de preocupación menor”, según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), es realmente una joya de la corona aviaria.

Por qué cuidarlas

Promperú, la Comisión de Promoción del Perú para el Turismo y las Exportaciones, considera que el Perú, dado que es una suerte de paraíso para los birdwatchers, podría captar más de 2,42 millones de ellos en los próximos tres años, de los más de 6.24 millones que en los últimos tres años también salieron de su país para practicar esta actividad fascinante, rentable, sostenible.

El objetivo aún no se ha alcanzado, las cifras son del 2013 y actualmente el número de devotos del ‘aviturismo’ supera los 23.000 visitantes, según las últimas estadísticas de 2015 proporcionadas por  Promperú. Entre ellos, los aproximadamente 30 que cada semana van donde Norbil y los algunos cientos que visitan al año Wakanqui y otros lugares especializados en observación de aves, varios de ellos en la selva.

Si la afluencia de ‘pajareros’ aumenta, las ganancias podrían superar los 7.000 millones de dólares (provenientes de esos más de 2 millones que se internarían en estos bosques para ‘cazar’ aves con binoculares o cámaras fotográficas). Haber ganado el ‘Global Big Day’ es un incentivo para esos ávidos y a la vez cuidadosos ecoturistas, pero hay también otras ganancias supremas.

Monjita de frente negra (Monasa nigrifrons), Reserva Nacional Tambopata. Foto: Gabriel Herrera.

José ‘Pepe’ Álvarez, biólogo español asentado en el Perú hace varios años, me las señala con una pasión que lleva encima ya varios años y que le deparó logros ornitológicos notables, como haber descubierto algunas especies de aves nuevas para la ciencia. Entre ellas la ‘perlita de Iquitos’ (Polioptila clemensi), una pequeña paseriforme que registró en la Amazonía en 1997.

“Las aves tienen una función central en la naturaleza y cumplen varias misiones”, afirma Pepe, al tiempo de recordar una frase de Aldo Leopold, biólogo y filósofo norteamericano, quien sostenía que es sumamente ignorante “un hombre que dice de un animal o planta, ¿para qué sirve?”. Los pájaros sirven y muchísimo: controlan plagas, trasladan semillas, sirven de alimento.

Esto último puede sonar inoportuno para un ‘pajarero’, pero no para un nativo amazónico que caza diversas especies para su sustento. Aun así, esa actividad hecha en clave sostenible no es necesariamente incompatible con la práctica, tan estimulante, de la observación y con la necesidad de mantener el bosque, que tantas aves a la vez mantienen con su sola presencia.

La  misión biológica

Algunas especies verbigracia comen semillas, que luego de pasar por su tracto digestivo, donde estas son ablandadas, son defecadas y esparcidas en todos sitios por donde ellas vuelan en su discurrir natural por los ecosistemas. Numerosas aves granívoras o frugívoras, como el paucar, cumplen con fruición este papel aunque hay casos aún más sorprendentes.

Ostrero americano (Haematopus palliatus), Reserva Nacional de Paracas. Foto: Gabriel Herrera.

Recientemente, un grupo de científicos de la estación biológica de Doñana (en Sevilla, España), entre los que estaba el investigador Duarte Viana, comprobó que hay especies de aves que son magníficas dispersoras de propágulos (germen de una planta capaz de producir otro ejemplar) llevándolos a distancias de más de 300 kilómetros. La migración aviaria, en suma, fertiliza.

Un caso histórico, aún hoy discutible pero sugerente, es el del científico Stanley Temple, quien en 1977 publicó en la revista Science una artículo en el que afirmaba que la lenta extinción del árbol llamado ‘tambalacoque’, endémico de las islas Mauricio, se debía a la extinción del ‘pájaro dodo’ (Raphus cucullatus). Un ave legendaria extinta y también endémica de dichas islas.

Temple, para probarlo, hizo comer semillas de este escaso árbol a unos cuantos pavos y, en efecto, logró que germinaran algunos de estos árboles. Se habría comprobado con eso un asombroso caso de mutualismo, al punto que el tambalacoque también era llamado “árbol dodo”. El trabajo luego fue objetado, pues se habría logrado hacer germinar esa planta por otros medios.

Lo interesante, sin embargo, es cómo de todas maneras  las aves tuvieron (el ‘pájaro dodo’ desapareció en el siglo XVII) y tienen una misión que cumplir en la continuación de la vida. En Wakanqui, por volver a este magnífico lugar para observar aves, hay especies que periódicamente vienen de Norteamérica huyendo del frío y se asientan en la Amazonía.

José observa que su propósito sería alimentarse en las selvas montañosas sudamericanas -a las que llegan viajando largos tramos y posándose en valles donde descansan a lo largo del continente- lejos del crudo invierno, y posteriormente volver para aparearse en sus bosques de origen. Un ave que participa de tal alucinante vuelta es la reinita cerúlea (Sethopaga cerulea).

Volviendo a casa

Los trogones se alejan de nosotros, con rápidos movimientos que los sumergieron nuevamente en el bosque, hasta que su canto se fue tornando imperceptible en la inmensidad verde que se desparrama suavemente por estas montañas recuperadas. En la parte alta se ve volar a unas rapaces, de una especie que no alcanzamos a distinguir, acaso atentas a su presa del día.

Los colibríes siguen rondando alrededor del bebedero y de las flores . Uno de ellos se posa en un árbol, se queda allí, incluso se espulga las plumas desmintiendo el conocido mito de que de si deja de aletear muere. Solo queda observarlo, disfrutarlo, admirarlo. Y ver cómo ayuda a que la vida continúe, del mismo modo en que el ‘aviturismo’ da energía a sus alas y al bosque.

 

 

 

 

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