Un jaguar macho tiene un territorio entre 50 y 150 kilómetros en donde deja signos olorosos o visibles, como orina, heces y rasguños en el suelo y troncos. (Foto: cámara trampa: Duston Larsen / San Miguelito).

Es una calurosa y húmeda mañana de verano, el termómetro marca los 41 grados centígrado (°C). Llevamos caminando más de dos horas por un sendero de siete kilómetros dentro del área de San Miguelito, una estancia ganadera de 3.300 hectáreas ubicada en el municipio de Cuatro Cañadas, en el Departamento de Santa Cruz. Avanzamos por la denominada “Ruta del Jaguar” siguiendo una señal de GPS que nos debe llevar hasta la ubicación de una cámara trampa instalada en un árbol en algún lugar de este denso bosque. Ronald Céspedes, guía del área, va delante de nosotros cortando con su afilado machete la maleza y los gajos que asoman a un costado del camino. De repente, se queda inmóvil mirando hacia el suelo mientras apunta su machete en la misma dirección.

“¡Una huella de jaguar! Estas huellas están aún frescas. Este jaguar es grandote y debe haber pasado por aquí hace apenas unos 30 minutos”.

Mientras tomamos fotografías caemos en cuenta que son en realidad decenas de huellas frescas sobre el barro húmedo que siguen el mismo sendero que venimos recorriendo. Continuamos el camino siguiendo el rastro del gran felino. Luego de varios minutos el GPS nos indica que hemos llegado a nuestro destino. Duston Larsen, uno de los responsables del proyecto se aproxima cuidadosamente hacia la cámara y le extrae la memoria. Luego revisa su contenido y dice con emoción: “¡Tenemos el primer registro de jaguar de 2017. ¡Hoy es un buen día para San Miguelito!”.

La cámara nos muestra el retrato de un formidable jaguar fotografiado hace apenas una hora, transitando con total tranquilidad. Y no puede ser de otra manera, ya que nos encontramos en su territorio. Así transcurre un día más en la “Ruta del Jaguar”, el proyecto de ecoturismo que se desarrolla en la estancia ganadera de conservación San Miguelito.

Duston Larsen activa una de las 20 cámaras trampa que hay en el área. Foto: Eduardo Franco Berton.

Según Anai Holzmann, coordinadora del proyecto, San Miguelito es una estancia de 3.300 hectáreas que ha sido tomada como modelo para el proyecto la Ruta del Jaguar, cuyo objetivo principal, es reducir la caza de grandes felinos en una de las zonas de mayor expansión agropecuaria del país. El ecoturismo iniciado con el apoyo de la organización Nick´s Adventures Bolivia, basado en el Jaguar (Panthera onca), conocido comúnmente como tigre en Bolivia, está ayudando, según los expertos, a promover estrategias que frenan la depredación y que utilizan la compensación económica como un mecanismo para contrarrestar la pérdida de ganado causada por ataques de jaguar.

El proyecto cuenta con el apoyo de varias instituciones estatales y privadas que buscan poner en valor esta especie y conservarla, primero educando e informando a los ganaderos de la zona sobre las medidas de mitigación y prevención existentes entre el conflicto jaguar – ganadero, y demostrando como un problema existente en la región puede convertirse en una oportunidad utilizando la imagen y presencia de esta especie emblemática.

En investigaciones realizadas por la Wildlife Conservation Society (WCS) y el Museo de Historia Natural Noel Kempff Mercado se ha determinado al área como un baluarte de conservación para América Latina. Un reporte del año 2007 elaborado por los biólogos Rosario Arispe, Damián Rumiz y Andrew Noss confirma la existencia de seis diferentes especies de felinos de las nueve que han sido documentadas en el país: el jaguar (Panthera onca), el puma (Puma concolor), el ocelote (Leopardus pardalis), el margay (Leopardus wiedii), el gato de Geoffroy (Leopardus geoffroyi) y el gato gris (Puma yaguarondi).

El área cuenta con diversos miradores naturales y 15 kilómetros de senderos ecológicos, en donde se encuentran instaladas alrededor de 20 cámaras trampas, que han permitido registrar la continua presencia de unos 10 jaguares adultos, algunas crías y varios otros felinos. Pero también estas cámaras permiten llevar un registro de la abundante y diversa fauna silvestre que allí habita, y que según los estudios anteriores llegarían a 99 especies de mamíferos incluidos 40 de tamaño mediano y grande, según datos de la WCS y del Museo de Historia Natural NKM. La existencia de esta alta biodiversidad se ha visto favorecida por la confluencia de dos provincias biogeográficas en el área, el Cerrado (que recibe cierta influencia amazónica) y el Chaco Boreal.

Los beneficios de la conservación

El GPS nos indica que estamos a 1,7 kilómetros de la próxima cámara trampa. En el camino vislumbramos un grupo de chanchos troperos (Tayassu pecari) en medio del monte. Son como 30, intentamos aproximarnos un poco pero los machos se tornan agresivos y el chasquido de sus colmillos nos obliga a retroceder. Es una advertencia para que guardemos distancia. Las crías se percatan de nuestra presencia y comienzan a chillar desatando el caos en la manada. Los chanchos huyen en estampida produciendo intensas vibraciones en el suelo.

“Debemos tener cuidado. He escuchado historias de troperos que han perseguido y atacado a personas. Es un animal bien temido en el campo”, nos alerta Ronald Céspedes.

Duston Larsen me explica que San Miguelito tiene una estricta política de conservación y que la cacería de animales silvestres (algo muy frecuente en otras zonas de la región) está prohibida en el área desde el año 1986. “Los dueños de la estancia tienen un acuerdo con sus trabajadores, cada mes les regalan carne de ganado. A cambio, ellos tienen el firme compromiso de no cazar ningún animal salvaje”.

Un Oso Melero (Tamandua tetradactyla) trepa un árbol en San Miguelito. Estos animales son principalmente nocturnos pero ocasionalmente activos en el día. Foto: Eduardo Franco Berton.

Damián Rumiz es biólogo doctorado en vida silvestre de la Universidad de Florida y trabajó durante un buen tiempo en la WCS en Santa Cruz. Desde hace casi dos décadas visita el área de San Miguelito para la elaboración de estudios de vida silvestre y la supervisión de los equipos de biólogos que realizan las investigaciones.

En la publicación “El Jaguar o Tigre en Bolivia” de la Fundación Simón I. Patiño, Rumiz explica que la dieta del jaguar es muy variada y depende de las distintas presas disponibles y de la abundancia relativa de estas, que a su vez están determinadas por los tipos de hábitats donde este puede cazar. Esto incluye mamíferos como los chanchos troperos (Tayassu pecari), taitetúes (Pecari tajacu), capibaras (Hydrochoerus hydrochaeris) y venados (Mazama spp.), entre las presas grandes y frecuentes. Aunque, según la zona, también pueden ser frecuentes los armadillos (Dasypus novemcinctus), tejones (Nasua nasua), jochis (Dasyprocta spp.), conejos silvestres o tapitís (Sylvilagus brasiliensis), carachupas (Didelphis marsupialis) y hasta ratones. El radio de acción de un jaguar macho varía entre los 50 y 150 kilómetros cuadrados (km2) y para las hembras oscila entre los 25 y 50 km2. Para obtener su alimento y controlar su territorio, estos animales realizan desplazamientos que pueden llegar a los 10 kilómetros por día, dependiendo del ecosistema donde se encuentren.

A diferencia de otras estancias ganaderas, en San Miguelito la prohibición de la cacería de animales silvestres y la conservación del bosque natural del área, actividades a las que se han sumado las estancias ganaderas vecinas, ha permitido que el alimento o las presas de los jaguares se encuentren en abundancia. Según explica Rumiz, esto ayuda a disminuir la probabilidad de ataques hacia el ganado, que ocurre principalmente cuando los jaguares aprenden a aprovechar otras opciones cuando sus presas principales escasean.

Un Mono Tití de orejas blancas (Callicebus donacophilus) se oculta entre los árboles en uno de los senderos. La política de no cacería y conservación de bosques en San Miguelito hacen que exista fauna silvestre en abundancia. Foto: Eduardo Franco Berton.

Dejamos atrás kilómetros de exuberantes senderos para iniciar un recorrido por las calmas aguas del río San Julián. Una serpenteada y tupida alfombra verde de taropes (plantas hidrófitas o acuáticas) exige de nuestro mayor esfuerzo para avanzar remando sobre el agua. En el trayecto, algunos caimanes asustadizos golpean nuestra canoa mientras se sumergen bruscamente. “Qué hermosos son los sonidos de la naturaleza”, comenta Larsen. Alrededor de 223 especies de aves han sido registradas en los diferentes hábitats de San Miguelito, convirtiendo al área en un lugar atractivo para la visita de los observadores de aves.

Pero más adelante nuestro guía observa rastros de algún campamento armado de forma improvisada. Nos aproximamos a la orilla y recogemos la basura alrededor de las cenizas de una fogata. Parece que algunas personas dejaron tiradas pequeñas botellas plásticas de alcohol, una cajetilla vacía de cigarros y una bolsa de hoja de coca. “Alguien estuvo por aquí anoche. Algunas veces hemos tenido casos de cazadores ilegales que ingresan por este río San Julián y matan a cualquier animal que encuentran sobre la orilla. Es gente sin conciencia”, dijo Larsen molesto.

Don Adolfo y la trágica realidad de los jaguares en Bolivia

Don Adolfo Pizarro tiene 83 años, el rostro risueño y el semblante de un hombre mucho más joven. Sus siete hijas y siete nietos nos observan mientras conversamos en el patio delantero de su casa, donde nos recibe con mucha gentileza. Pero detrás de su alegre sonrisa se esconde una historia oscura: un currículo de 65 jaguares cazados durante 30 años de trabajo como cuidador de una estancia ganadera de la zona.

“Una vez las huachas (terneros) comenzaron a berrear. Yo me subí a un arbolito a vigilar y como a los cinco minutos apareció un jaguar. Cuando vi que tiró un brinco y de dos jalones se sacó a una huacha del corral. Volteé a un costado y miré a otros dos jaguares más que venían atrás de él. Parecía ser una madre con sus dos crías, aunque eran casi del mismo tamaño. El jaguar se echó a comer mientras los otros dos lo miraban sentados. Yo agarré mi escopeta y le disparé en la cabeza, y quedó boca abajo en el suelo, muerto. Las crías huyeron al monte y mis tres perros comenzaron a perseguirlas. Bajé del árbol y las seguí. Esa noche maté a tres jaguares”.

Le pregunté si se arrepentía de haberlos matado y me dijo que no. “La orden que yo tenía era matar a todos los jaguares dañinos, los que no causaban problema no se los cazaba. A mí me pagaban para que cuide las vacas y si no los mataba, no cumplía con mi trabajo”, confesó Pizarro.

Esto es lo que ocurre hasta hoy en varias estancias ganaderas y comunidades rurales de Bolivia, en donde perciben a la especie como un problema, a algunos cuidadores incluso les otorgan incentivos por cada jaguar cazado. Según Damián Rumiz, en reportes recogidos en 85 estancias ganaderas de Santa Cruz, durante cuatro años de la década pasada, hubo un total de 347 individuos muertos por conflictos con el ganado. Aunque para la bióloga Rosario Arispe esta cifra de jaguares cazados queda corta si se toma en cuenta la situación de las zonas ganaderas de las tierras bajas, donde esta especie es considerada una amenaza para los animales domésticos.

En la lista roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) la especie Panthera onca está categorizada como ‘Casi Amenazada’ a nivel global. No obstante, en la evaluación nacional realizada por el Libro Rojo de la Fauna Silvestre de los Vertebrados de Bolivia en 2008 fue considerada Vulnerable. Esto debido a la cacería y a la pérdida de su hábitat por la modificación de los paisajes naturales, razones por las cuales esta especie pasó de habitar el 75% del país a poco menos del 50%. A esta principal causa de mortalidad actual, Rumiz indica que se le sumó recientemente un nuevo incentivo que es el comercio ilegal de colmillos, garras y otras partes de jaguares para el mercado asiático de medicinas y joyería.

Pero en San Miguelito el mayor felino de América tiene mayores probabilidades de sobrevivir. Y la totalidad de los ingresos generados por el turismo se destinan para compensar cualquier pérdida ocasionada por los jaguares. “No tenemos muchos ataques. Y las muertes del ganado no han superado las 20 cabezas por año. En el 2016 el proyecto logró compensar entre un 80 y 90 % de estas pérdidas con los ingresos del turismo”, dijo Larsen.

En comparación con otras estancias ganaderas, estas reducidas pérdidas se deben en parte al buen manejo de ganado que se realiza en el área con la crianza de búfalos y el experimento de los búfalos guardaespaldas. Larsen nos explicó que lo que hacen los vaqueros de la estancia es separar a los búfalos recién nacidos de sus madres y hacer que el ganado común los adopte, así “este animal crece pensando que es ganado común. De esa manera, los búfalos domesticados tienen un comportamiento de defensa, mayor agresividad, tamaño y fuerza, ya que pesan entre 900 kilogramos y una tonelada, y además el jaguar les teme. Esto les ha ayudado a disminuir los ataques en los potreros en donde colocan al búfalo guardaespaldas”.

Cada búfalo guardaespaldas ayuda a proteger un potrero con 100 a 150 cabezas de ganado.

San Miguelito: ¿el último refugio de vida silvestre?

Según el Atlas Socioambiental de las Tierras Bajas y Yungas de Bolivia de la Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN), el departamento de Santa Cruz cuenta con la mayor superficie de suelo destinado a actividades agropecuarias: 9,1 millones de hectáreas en total hasta el año 2010. De estas, más de 3 millones de hectáreas están destinadas al uso agrícola y 6,1 millones de hectáreas al uso ganadero, abarcando el 26% del territorio del departamento.

San Miguelito se encuentra en la zona conocida como el cinturón de cereales de Bolivia o las “Tierras bajas del Este”, dentro del municipio de Cuatro Cañadas, que a su vez es vecino del municipio de San Julián, dos de los municipios con mayor superficie deforestada al año 2013 en las Tierras Bajas y Yungas del país. En esta región de Bolivia, miles de hectáreas de bosque han sido reemplazadas por extensos cultivos de soya.

Según los estudios de FAN, el municipio de Cuatro Cañadas ha perdido alrededor de 345.000 hectáreas de bosque, es decir, el 78% de su ámbito geográfico. Y en el municipio de San Julián se han deforestado 404.000 hectáreas, el 71% de su territorio. Ambos municipios ocupan el segundo y tercer lugar respectivamente de los diez municipios con mayor superficie deforestada en las Tierras Bajas y Yungas del país.

En un panorama completamente opuesto, un elevado porcentaje del bosque de San Miguelito y de las estancias ganaderas colindantes se encuentra en excelente estado de conservación. Por eso es considerado uno de los últimos refugios naturales de vida silvestre de las tierras bajas del este del Departamento de Santa Cruz, un refugio enclavado en medio de una zona de paisajes agropecuarios seriamente fragmentados.

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