El fósforo, que alcanza la orilla de las playas, se puede confundir fácilmente con el ámbar. (Foto: DW / Harald Franzen)
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El ámbar ha sido valorado por su belleza desde la antigüedad hasta el día de hoy. Piezas de resina de árboles fosilizadas son arrastradas hasta las orillas del mar Báltico. Muchos turistas que pasean por las playas de las islas de Hiddensee o de Usedom, esperan encontrar una pieza y muchos incluso tienen suerte. Un colector de piedras de 67 años, que paseaba por una playa al este de la ciudad de Kiel, en el norte de Alemania, pensó que también había tenido suerte al recoger lo que creyó que era un ámbar, hace tres años. Su hallazgo casi lo mata.

Lo que había encontrado era en realidad un pedazo de fósforo blanco. En la orilla, la sustancia es inofensiva, pero tan pronto como se seca el compuesto se inflama espontáneamente, y con gran furia. El fuego no se puede apagar con agua. Eso daría lugar a ácido fosfórico, lo que provocaría graves quemaduras en la piel, mientras que el fósforo seguiría ardiendo.

Pero, ¿cómo llegó este peligroso compuesto al mar? Es una reliquia de la guerra. “Después de la Segunda Guerra Mundial, Alemania debía de ser desarmada y para ello hubo que deshacerse de existencias de municiones lo más rápido posible”, explica Ingo Ludwichowski, director de la ONG Unión para la Conservación de la Naturaleza y la Biodiversidad (NABU, en sus siglas en alemán), En el estado alemán de Schleswig-Holstein.

La forma más fácil de hacerlo era cargar la munición en barcos, sacarla al mar y tirarla por la borda, tarea que se realizó extensamente. Tan extensamente que ahora hay cantidades gigantescas de armamento tanto en el Mar del Norte como en el Báltico. Solo en aguas alemanas hay alrededor de 1,6 millones de toneladas (1,3 millones en el Mar del Norte y 300.000 en el mar Báltico).

Durante mucho tiempo, las autoridades públicas afirmaron que la munición en los mares no era un problema serio. Pero tendrían que haberlo sabido mejor y se podría afirmar, que así fue.

Una larga lucha por la verdad

El verdadero alcance del problema fue descubierto por primera vez por Stefan Nehring, un biólogo marino especializado en especies invasoras. Nehring había sido contratado para llevar a cabo una evaluación de la contaminación en el Mar del Norte. “Trataba sobre todo tipo de cosas, el vertido de plantas de procesamiento de agua y Dios sabe qué. El caso es que, durante mi investigación también me encontré con el hundimiento de municiones”, recuerda Nehring.

Sabía que los explosivos habían sido vertidos cerca de la isla danesa de Bornholm, localizada en el mar Báltico, pero no que hubieran sido eliminados también en aguas costeras, y se encontró con inconsistencias. Le dijeron que solo pequeñas cantidades habían terminado en el mar, pero también encontró indicios de que el vertido se había prolongado durante años y se habían hundido cargamentos enteros.

A Nehring le picó la curiosidad y empezó a indagar. Vive en Coblenza, sede de los archivos federales alemanes, lo que le dio la oportunidad de revisar montañas de registros estatales y federales para comprobar de manera concluyente que hay cantidades asombrosas de bombas y granadas en los mares del norte de Alemania. De hecho, el gobierno finalmente aceptó sus cálculos. ¿Y cómo negarlo? Se basaban en sus propias cifras.

Detonarlas no es la solución

Entonces, ¿qué se podría hacer con todas esas bombas? Una primera idea sería hacerlas detonar, algo que se hizo inicialmente de forma esporádica. No es, sin embargo, una idea brillante. “Cuando se explota una bomba de 500 kilogramos, dos tercios o tres cuartas partes de los explosivos se destruyen”, explica Ingo Ludwichowski. “Pero el resto inicialmente llega al agua, pero la explosión también lo distribuye ampliamente”, añade.

Un ejemplo destacado de esto ocurrió antes de los Juegos Olímpicos del verano de 1972. Los juegos se celebraron principalmente en Múnich, pero las competiciones de vela tuvieron lugar cerca de Kiel. Para evitar cualquier riesgo, las autoridades decidieron limpiar las aguas poco profundas cercanas a la costa de bombas y granadas, haciéndolas estallar. Como consecuencia, grandes cantidades de compuestos tóxicos procedentes de las bombas alcanzaron la orilla, y las playas de Kiel tuvieron que ser cerradas para llevar a cabo una limpieza exhaustiva.

Elige tu veneno

Tales explosiones también tienen efectos devastadores sobre el medioambiente. “Matará a un submarinista o a una marsopa común si están a unos pocos cientos de metros de la explosión y lo mismo ocurre con los peces”, señala Ludwichowski. “Incluso si está a varios kilómetros de distancia, afectará a su audición”. Y la audición es clave para la supervivencia de la marsopa común y varias especies de peces, que principalmente utilizan el sonido, en lugar de la vista, para navegar y cazar o evitar a los depredadores en las aguas a menudo turbias del Mar del Norte y del Báltico. Y después de todo, las toxinas siguen ahí.

Incluso los explosivos convencionales son una mezcla altamente tóxica de productos químicos. La hexanitrodifenilamina o HND, por ejemplo, fue ampliamente utilizada por militares alemanes como contenido de bombas durante la Segunda Guerra Mundial. “La HND inicialmente mancha las manos, pero también puede penetrar en el cuerpo, y es carcinógena y mutagénica”, cuenta Ingo Ludwichowski. Desafortunadamente, también puede parecer muy interesante cuando se encuentra en la playa. De hecho, ha habido casos de niños recogiéndola y llevándosela a casa.

Pero la cosa se pone aún peor. El gas venenoso se utilizó ampliamente durante la Primera Guerra Mundial y un gran número de granadas de gas venenoso fueron arrojadas al mar, especialmente en la cuenca de Bornholm. En el estrecho de Skagerrak, la parte del Mar del Norte entre Noruega, Suecia y Dinamarca, los aliados hundieron de 50 a 60 barcos enteros cargados con gas venenoso. Y eso nos persigue ahora.

Bomba de tiempo

“En las próximas décadas, esto va a convertirse en un gran problema”, afirma Stefan Nehring, que ahora trabaja para la Agencia Federal Alemana para la Conservación de la Naturaleza (BfN, en sus siglas en alemán). Las bombas están hechas de metal y el metal se corroe, especialmente en agua salada. Tarde o temprano los diversos contenidos tóxicos de las bombas serán liberados y alcanzarán los ecosistemas. Hay indicios de que esto ya está ocurriendo.

Se han encontrado repetidas veces concentraciones elevadas de arsénico en los peces capturados en el mar Báltico. La situación con la munición convencional no es mucho mejor. “El explosivo se desmenuza y las partículas se vuelven tan pequeñas que pueden ser absorbidas, por ejemplo, por mejillones”, explica Ingo Ludwichowski. “Los mejillones son parte de la cadena alimenticia o se consumen directamente y por lo tanto pueden llegar a las personas”, aclara.

La única solución real sería recuperar la munición lo más rápido posible y deshacerse de ella correctamente, lo que sería una tarea compleja y muy costosa. “El gobierno no hace nada”, critica Nehring. A menos que se ponga un gasoducto en el lecho marino o se construya un parque eólico. “Entonces los operadores tienen que buscar las municiones y eliminarlas. Las autoridades se cruzan de brazos”, dice Nehring.

“Es un grave problema que aumentarán con el tiempo”, dice Ludwichowki. Finalmente, no solo se oxidarán más y más bombas, dejando libre sus toxinas, sino que, además, si se descompone la estructura de metal que sella la bomba va a ser prácticamente imposible encontrar de nuevo los explosivos. Por lo que realmente es una carrera contrarreloj.

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