El presidente de EE. UU., Barack Obama (i), estrecha la mano del primer ministro chino, Li Keqiang.

Esta semana el encuentro entre el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y su homólogo chino, Xi Jinping; parecía ser uno de los tantos que sostienen estos líderes mundiales para discutir temas como la seguridad, la economía y los planes expansionistas. Sin embargo, ambos mandatarios sorprendieron al mundo al anunciar un acuerdo para que en el caso de Estados Unidos plantea reducir las emisiones de gases invernadero, mientras que para China propone una estabilización del exponencial aumento de la contaminación.

Millones de ambientalistas no tenían esperanzas en que la reunión diera demasiados frutos en materia ambiental, primero, por la reticencia de China frente al tema y segundo, por la débil posición de Obama tras perder la mayoría en el capitolio hace unas pocas semanas. Pero tras conocerse el acuerdo conjunto se descubrió que la iniciativa venía discutiéndose desde febrero de este año gracias a una propuesta del secretario de estado estadounidense John Kerry, que terminó en un intercambio epistolar entre los dos líderes mundiales.

Pero en este punto vale la pena preguntarse ¿qué tan importante es el acuerdo?, esto ante la proximidad de la discusión de un nuevo acuerdo global que remplazará al protocolo de Kioto y que se aprobará en la cumbre climática de las Naciones Unidas (COP 21) de París en diciembre del próximo año. 

Si bien la presentación de este plan conjunto por parte de los países que más contaminan el aire en el mundo puede considerarse un gran paso. También, puede verse como un escollo para llegar a un acuerdo global ya que estos dos países podrían escudarse en tener una agenda propia y abstenerse de ratificar un nuevo protocolo mundial.

Estas dudas iniciales también se ven potenciadas por algunos analistas que sostienen que las metas planteadas en el acuerdo bilateral no son lo suficientemente ambiciosas para evitar que el calentamiento global alcance niveles peligrosos.

No obstante, tras el anuncio de las dos potencias y el compromiso planteado por la Unión Europea el año pasado de reducir sus emisiones para 2030 en un 40 por ciento respecto a 1990, se observa un consenso para que otros países como Rusia, India y Japón, presenten planes más ambiciosos o por lo menos acordes con esta nueva realidad.

Estados Unidos se compromete mientras China no tanto

Estados Unidos a diferencia del gigante asiático señaló al 2025 como el año en que sus emisiones disminuirán entre un 26 y un 28 por ciento respecto al 2005. Según el gobierno norteamericano esa meta desembocará en que para el 2050 su emisión de gases sea 80 por ciento menor al año referencia. Pero según Teresa Ribera, directora del Instituto de Desarrollo Sostenible y Relaciones Internacionales, en declaraciones al diario El País, "la cifra anunciada por Estados Unidos de reducción para 2025 no está a la altura de lo que podría hacer la economía norteamericana".

Por su parte China, un país que crece en producción energética a medida que sus emisiones por las plantas de carbón también lo hacen, fijó un objetivo que se traduce en que para el 2030 las emisiones de gases invernadero no aumentarán. Esto irá acompañado con el aumento en un 20 por ciento en el uso de energías como la solar y eólica, un anuncio que puede parecer mínimo para el país que proporciona la mayor fuente de emisiones de gases de efecto invernadero, con casi la cuarta parte del total planetario.

Un impacto difícil de medir 

Como China no se ha comprometido a lograr una disminución específica de emisiones sino a señalar un año para en el que dejarán de aumentar. Varios científicos se han aventurado a decir que los aumentos de emisiones chinas de aquí al 2030 superarán ampliamente a las disminuciones anuales. Además, casi el 80 por ciento de la electricidad que produce China es generada con plantas alimentadas por carbón. Por lo que él solo abandono de este tipo de producción significaría un cambio radical para la economía china, que se traduciría en mayor inversión en la producción de energías alternativas.

Mientras tanto, por el lado estadounidense quedan dudas si Obama con el Congreso en contra podrá sacar adelante el tratado sobre todo cuando los republicanos ya mostraron su oposición a la iniciativa que calificaron como “poco realista”.

Ante este panorama que para algunos es esperanzador queda esperar un año largo para saber a ciencia cierta qué ocurrirá con la ratificación de un nuevo acuerdo global contra el cambio climático. Mientras esto ocurre los cambios políticos y económicos en las dos potencias podrían bien dar un espaldarazo al nuevo tratado o por el contrario cerrar las puertas a un compromiso que cada día que pasa se hace más necesario. 

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