Los pescadores de Pueblo Viejo regresan con las manos vacías luego de largas jornadas de pesca.

El pasado 9 de agosto, los pescadores de Pueblo Viejo lloraron inconsolablemente delante del ministro de Ambiente, Luis Gilberto Murillo, en una reunión de urgencia tras la mortandad de peces en la Ciénaga Grande del Magdalena. Esta población, dispersa a lo largo del litoral entre el Parque Isla de Salamanca y el puente de la Boca de la Barra, es uno de los asentamientos humanos más viejos del departamento del Magdalena, al punto que los cronistas de Indias tienen registros de intercambio de pescado por piezas de oro con los indígenas de la Sierra Nevada.

Greis Bovea es hija y esposa de pescadores, además de presidenta de una asociación de familias guardabosques. Ella estuvo en la reunión con el ministro y fue una de las que lloró. “Lloré porque me duele la ciénaga, porque el agua está caliente, podrida y pegajosa. Los pescadores pasan horas, días y semanas en faenas de pesca y regresan con las manos vacías. Lloré porque la ciénaga está muriendo delante de nosotros y la Corporación Autónoma Regional del Magdalena (Corpamag) no nos escucha”. Según cuenta, el nuevo director Carlos Francisco Díaz Granados quiere trabajar con las comunidades pero son muchos años en los que se han despilfarrado los recursos de la sobretasa ambiental en dragados que nunca hacen.

Las cifras son alarmantes. Los pescadores calculan que en lo que va de 2016  han aparecido 20 toneladas de peces muertos. Además, en 50 años la ciénaga pasó de producir 30.000 toneladas de pescado al año a solo 5.000.

Lo peor es que la crisis no es nueva en este enorme complejo de ciénagas, caños y lagunas en el delta del río Magdalena. Y esto a pesar de que la Ciénaga Grande es reserva Ramsar y de la Biosfera, tiene una extensión de 480 kilómetros, dos parques nacionales naturales (Isla de Salamanca y Complejo de Pajarales) y bordea 12 municipios.

Los malestares comenzaron cuando se construyeron dos carreteras. La primera es la vía dique que comunica a Barranquilla con Santa Marta y atraviesa el Parque Isla de Salamanca. La segunda es la marginal del río Magdalena que va desde Palermo hasta el Cerro de San Antonio, que hoy, con las remodelaciones que se adelantan se conoce como la Vía de la Prosperidad, y en la que se invierten 500.000 millones de pesos en solo 50 kilómetros.

Todos conocen las razones por las que mueren tantos peces  y también las soluciones.  Las carreteras cerraron centenares de bocas entre el mar y la ciénaga, de manera que la flora y la fauna comenzaron a languidecer. Como si esto fuera poco, entre las décadas de los sesenta y noventa 30.000 hectáreas de manglares desaparecieron, es decir, casi la mitad de su totalidad.

En los años noventa Roberto Ruiz, hoy de 79 años, fundó un sindicato de pescadores y llegó a tener 240 afiliados de los que hoy solo quedan 47. Aunque Ruiz no es ingeniero ambiental y  mucho menos tiene maestrías, habla con la experiencia de vivir durante ocho décadas en Pueblo Viejo, justo detrás de la ciénaga. “Corpamag le ha construido compuertas a los caños que vienen del río Magdalena y draga tres o cuatro de ellos, pero no hace lo mismo con los ríos que vienen de la Sierra, que son los que necesita esta parte de la ciénaga”, asegura.

Además, afirma sin temor a equivocarse que el problema está en que los palmicultores y terratenientes represan el agua de los ríos Frío, Ají, Pancu, Palenque, Aracataca, Sevilla, Fundación, Pájaro y Mengajo.

El aprovechamiento ilícito es tan evidente que el alcalde de Pueblo Viejo, Wilfrido Ayala, ante el cierre de la boca del río Aracataca – antiguamente uno de los más caudalosos–  y ante la indiferencia de Corpamag, viajó a la zona junto con habitantes del pueblo a mediados de junio. Removieron unos diques que desviaban el río hacía unas fincas y abrieron Bocas de Cataca. 

La tragedia de la ciénaga no es solo ambiental, los 32.000 habitantes de Pueblo Viejo son los más afectados: el 80 por ciento de ellos se dedica a la pesca y esta disminuye aceleradamente. Armando Orozco, de 74 años, sostiene que los ciclos de crecimiento de los peces ya no son iguales porque el taponamiento de la ciénaga impide que estos lleguen a los bancos de almejas, su principal alimento. Los complejos lagunares hoy son aguas estancadas con mayor índice de salinidad que el mar porque ya no cuentan con las corrientes de agua dulce de los ríos. Tampoco les ingresa agua del océano debido al cierre de la Boca de la Barra.

Wilfrido Rodríguez, pescador del corregimiento de Palmira en Pueblo Viejo, afirma con preocupación que en el sector de Punta Gruesa hay otra mortandad de peces. Rodríguez, al igual que los anteriores pescadores, conoce la ciénaga como la palma de su mano. “Se está secando en tres puntos y eso solo lo podemos ver los pescadores, Corpamag no se da cuenta y no quiere escucharnos. Como la ciénaga tiene poca profundidad cuando hay una tormenta grande se revuelve el barro y se le mete a los peces en las branquias, no pueden respirar y se ahogan”, comenta.

Los pescadores expusieron todos estos argumentos en la reunión con el ministro de Ambiente, en la que también estaban Corpamag, la Gobernación, Invemar, la Universidad del Magdalena y otros miembros del Comité Interinstitucional integrado por una docena de entidades. Aseguraron, sin dudarlo, que la responsable de esta tragedia es Corpamag, pues nunca se ha sabido a dónde van a parar los cerca de 8.000 millones de pesos anuales que le llegan a la corporación como resultado de la sobretasa ambiental que se cobra en los peajes de Tasajera y Palermo. Aunque la autoridad ambiental dice que el dinero se invierte en dragado y capacitaciones para los pescadores, Greys Bovea afirma que las dragas se ponen por unos pocos días y que las asociaciones a las que dicen dar las capacitaciones son las mismas de siempre y son asociaciones de papel.

Mientras tanto, miles de hombres y mujeres que viven de la pesca se sienten desamparados. Luis Gilberto Murillo fue el primer ministro de Ambiente al que han visto en todos estos años y les prometió que no los dejaría solos. Con profunda zozobra esperan que les cumpla, ya que las amenazas que le hicieron a un pescador les impidieron marchar para pedir la apertura de las desembocaduras de los ríos.

La Ciénaga Grande necesita protección. No en vano Gabriel García Márquez exaltó su importancia y majestuosidad al recordar lo que en alguna ocasión su abuelo Nicolás Márquez le dijo: “A la ciénaga no hay que temerle, pero sí respetarla. Bien podía comportarse como un estanque o como un océano indómito. En la estación de lluvia, abril y mayo, así como entre los meses de agosto a noviembre, estaba a merced de las tormentas de la sierra y desde diciembre hasta marzo, los alisios del norte la embestían con tales ímpetus que cada noche era una aventura”.

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