Fotografía(s): Felipe Villegas, fotógrafo Expediciones Instituto Humboldt y/o Henry Arenas, Laboratorio de Genética de la Conservación Instituto Humboldt.

El tráfico de flora y fauna silvestre es el cuarto negocio ilegal más lucrativo del mundo y controlarlo es una tarea bastante compleja, especialmente porque la identificación se basa muchas veces en los rasgos físicos de las especies.

Henry Arenas Castro, investigador del Laboratorio de Genética de la Conservación del Instituto Humboldt, asegura que aunque hoy se cuente con las muestras de especies traficadas, no es posible identificarlas en todos los casos, “por ejemplo, si incautas un huevo o un pichón es difícil identificarlos porque aún no exhiben los rasgos propios de la especie o porque les pintan las plumas u otras partes del cuerpo para hacerlos pasar por una especie que no son; incluso, algunos traficantes con experiencia en el tema remueven plumas o parches de los individuos, rasgos claves para saber a qué especie pertenecen”, dice. (Vea: Todos podemos ser observadores de aves)

A raíz de esta realidad el Instituto ha trabajado con 281 muestras de tejidos de aves provenientes de todo el país con los que generaron secuencias del código de barras genético de 152 especies de colombianas, especialmente endémicas, protegidas legalmente, incluidas en los apéndices de la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (CITES, por sus siglas en inglés) y en riesgo por tráfico ilegal.

Con el código de barras genético las aves pueden ser identificadas a partir de gotas de sangre, plumas, huevos o muestras de músculo y hueso. Esta información resulta útil para autoridades ambientales y judiciales.

La ciencia en detalle

El proceso de identificación de especies es efectivo y preciso ya que se hace a través del análisis de fragmentos cortos de ADN de una región esencial en todos los animales que es lo suficientemente variable para diferenciar entre especies. Dicha información se deposita en la base de datos pública del programa internacional “Código de Barras de la Vida” (BOLD, por sus siglas en inglés) acompañada de datos geográficos y fotografías. Lo difícil es disponer de una base de datos de referencia completa con la cual se puedan comparar las muestras. Si esa base de datos no existe no se puede dar la identificación. “El éxito depende de una muy buena base de datos construida previamente, en este caso de aves, con la cual comparar individuos que normalmente son objeto de tráfico ilegal; esta fue la razón que motivó la iniciativa del Humboldt”, comenta Arenas. (Vea: Un tráfico bestial)

Además de utilizarse en el reconocimiento de especies traficadas, esta identificación permite tomar medidas en casos de epidemias, plagas e invasiones biológicas. Incluso, permite encontrar especies desconocidas, aparentemente muy parecidas a las conocidas pero que a nivel genético son de linajes diferentes.

En el Instituto Humboldt están convencidos de la relevancia y beneficios que trae el uso del código de barras de ADN para catalogar especies y nutrir la base de datos. Sin embargo, hacen un llamado para que se den decisiones políticas que faciliten el trabajo de las autoridades ambientales en el reconocimiento de especímenes traficados ‘in situ’ pues el tiempo de espera es considerable mientras una muestra va a un laboratorio regional o local.

“Una forma más rápida y práctica sería la implementación de laboratorios móviles en sitios ya identificados como rutas de tráfico, pues las pruebas se realizarían de inmediato en campo. Sería ideal lograrlo, pero esto requiere una inversión estatal”, concluye Arenas.

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