La hiena rayada es un depredador solitario en extremo a diferencia de los lobos y de su prima más cercana, la hiena moteada de África. Como el buitre, es carroñera por naturaleza, por lo que no participa en la caza de una presa como lo hacen los lobos. Por esto sorprende que una hiena pudiera convivir con ellos, que son una especie bastante sociable, estrictamente jerárquica e intolerante con otros depredadores. .

El primero en descubrir el fenómeno fue el zoólogo Vladimir Dinets de la Universidad de Tennessee (Estados Unidos), quien, en 1994, descubrió las huellas de ambas especies en un mismo territorio, unas encima de las otras, lo que, según él, certifica que caminaban juntas. (Vea: El animal más peligroso para los humanos podría no ser el que usted piensa)

“Esto va en contra de todo lo que se conoce sobre ambas especies”, sostuvo. Pese a estar seguro de su hallazgo, en ese entonces no logró convencer a sus colegas más cercanos. “Muchos zoólogos no están formados en el rastreo convencional y saben poco o nada sobre la información que puedes obtener rastreando así”, explicó, refiriéndose al análisis de la temperatura y la cavidad de las huellas. La temperatura determina el tiempo transcurrido entre el paso del animal y el hallazgo de la huella; la cavidad, por su parte, el peso, del cual, a su vez, puede inferirse el tamaño.

No fue sino años después que un colega israelí de Dinets pudo comprobar, a ciencia cierta lo que ya su colega había manifestado. Beniamin Eligulashvili vio a una hiena caminando junto a siete lobos en 1998, más impresionante aún, la hiena no se encontraba en la cola de la manada sino en el centro, lo que demuestra que era totalmente aceptada.

¿Cómo es posible?

Vladimir Dinets y su colega Eligulashvili consideran que dado ambas especies habitan una parte del mundo tan árida e inhóspita, con apenas 29 milímetros de lluvia al año, esto pudo haberlas llevado a aliarse en su lucha por sobrevivir. Mientras los lobos son especialistas en la caza, las hienas tienen un olfato superior al lobo y, a diferencia de este, también pueden romper los huesos de sus presas, haciendo posible un mayor consumo de nutrientes.

No se sabe desde cuándo se da esta alianza entre ambas especies, pero según Dinets, los depredadores son “inteligentes y flexibles”, queriendo decir que pueden y saben adaptarse a las circunstancias del medio ambiente “contrariando sus naturalezas intrínsecas”. De hecho, muchas especies han tenido que evolucionar más allá de sus rutinas y hábitats naturales para poder sobrevivir. (Vea: Cinco animales que jugaron a ser David y Goliat)

El filósofo, compilador y científico naturalista inglés Charles Darwin sostenía que la capacidad de adaptación de los especímenes de la fauna –y también de la flora– es tal, que pueden incluso padecer mutaciones físicas, como es el caso de los delfines que una vez pertenecieron a la tierra y desarrollaron aletas en la medida en que la vida terrestre se hizo cada vez más hostil, amenazando su supervivencia.

 

Ante este tipo de evidencias no resulta extraño que existan este tipo de alianzas entre especímenes de la fauna. Si se piensa en las demandas que el medio ambiente puede imponer a los animales o a las plantas y si especímenes tan solitarios como las hienas a buscar abrigo entre una temida jauría de lobos, podemos llegar a imaginar que en el mundo animal existen otros casos similares y quizás la ciencia todavía no los ha descubierto.

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