*Periodista. (Foto: José Fernando González Maya)

El coyote americano (Canis latrans) que le aúlla a la luna, hace parte de los recuerdos de niñez de muchos y se asocia a las caravanas de los vaqueros norteamericanos, se constituye hoy en una grave amenaza para la biodiversidad de Colombia y Sudamérica.

Este animal es un enemigo silencioso que avanza sin pausa y pone en jaque la subsistencia de muchas especies y ecosistemas. De hecho, ya llegó a Centroamérica, donde colonizó nuevos territorios y afectó la biodiversidad y las dinámicas ecosistémicas de la región.

José Fernando González Maya, coautor del artículo científico ‘Potential colonization routes of Coyote (Canis latrans) in northern South America: implications for conservation’, en proceso de revisión para ser publicado en la revista especializada Journal of Biogeography, concedió una explicativa entrevista a Mongabay y Semana Sostenible sobre la potencial amenaza a la biodiversidad y a las dinámicas ecosistémicas de Centro y Sudamérica.

La presencia del Coyote en territorio centroamericano es de vieja data. “Los registros nos arrojan que hacia la zona de Guanacaste (norte de Costa Rica), la presencia de estos depredadores se remonta a 60 o 70 años. La distribución natural del Canis latrans la conocemos tradicionalmente desde Norteamérica, México y una pequeña parte de Centroamérica”, asegura José Fernando González Maya PhD., Co-presidente del grupo de especialistas de pequeños carnívoros de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, UICN, y director de ProCAT internacional.

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“Si bien existen registros fósiles de coyotes en territorio costarricense hacia finales del pleistoceno, la especie fue replegándose hacia Norteamérica de manera natural, como consecuencia de los cambios en el clima postglaciación y la aparición de bosques tropicales en Centroamérica”, añade.

El coyote prefiere ecosistemas abiertos de praderas y pastizales, entorno que cada vez es más fácil de encontrar debido a que el hombre ha deforestado sistemáticamente los bosques en todos los países de Centroamérica para dar paso a terrenos para la agricultura y la ganadería. Esto propició un hábitat natural perfecto para la recolonización por parte de este exitoso depredador.

Su ruta de repoblación se da principalmente sobre la franja del Pacífico, sin embargo, el investigador puntualiza que “hasta hace muy poco no se tenían registros de coyotes en el Caribe de Costa Rica o Nicaragua, ni en la zona sur. Pero desde hace seis años se han vuelto más comunes”.

Centroamérica padece las consecuencias

En el caso puntual de Centroamérica la amenaza de los cánidos norteamericanos se ha sentido en los ecosistemas de páramos en los que habita el conejo de Montaña (Sylvilagus dicei). “El coyote encontró una ruta de colonización a través de los páramos, desde el Cerro de la Muerte hacia el sur y ha migrado a través de la cordillera de Talamanca (Costa Rica). Por supuesto, necesita una presa que alimente sus poblaciones y eso fue lo que encontró en el amenazado conejo endémico de Costa Rica y Panamá. El coyote puso en grave riesgo a las poblaciones de conejo y al equilibrio de este frágil ecosistema de donde proviene un alto porcentaje del suministro de agua de Costa Rica, entre otros servicios ecosistémicos”, comenta González-Maya.

Anterior a la aparición del coyote en las alturas de la cordillera, el depredador natural era el puma o león de montaña (Puma concolor). Sin embargo, este era menos eficiente que los coyotes por ser un animal solitario, contrario a los cánidos que cazan en manadas. A raíz de la supremacía del coyote se produjo un fenómeno conocido como ‘exclusión competitiva’, en la que le puma terminó desplazado de su hábitat natural.

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“Uno de los fenómenos más interesantes en la naturaleza es la dinámica depredador-presa, cómo cada uno de ellos interactúa en términos poblacionales y cómo se mantienen en un equilibrio a través del tiempo. Cuando las poblaciones de depredadores aumentan, tienden a disminuir las poblaciones de presas. Cuando un nuevo depredador ingresa en el ecosistema se ejerce una nueva presión, se rompe esa dinámica natural y se “sobredepreda” a la población presa”, explica el científico.

En el caso de darse la extinción de este conejo, presente únicamente en ese ecosistema, se presume que los efectos serían muy delicados. “Es el único representante del grupo de los Lagomorfos en el lugar, se encarga de ciertas funciones de dispersión de algunas plantas y de depredación de otras. Es un eslabón clave en el flujo de nutrientes y en garantizar que el ecosistema mantenga su producción de agua y fijación de carbono. Al quitar al conejo vemos una cascada de efectos negativos, que eventualmente pueden hacer que el páramo desaparezca y sea colonizado por otro ecosistema”, enfatiza González-Maya.

El peligro para Colombia

A pesar del riesgo ecológico en Centroamérica, la mayor amenaza está en los ecosistemas y sistemas productivos de América del Sur, donde hay más depredadores naturales en las cadenas tróficas. Es aquí donde el coyote se aproxima por diferentes rutas, amenazando con pasar el tapón del Darién en la frontera entre Panamá y Colombia.

“Al existir muchas especies de presas, existen muchas especies de depredadores que se verían afectados por el fenómeno conocido como la ‘exclusión competitiva’. Esto afectaría drásticamente las dinámicas de los ecosistemas, afectando la producción de innumerables servicios ambientales”, asegura el científico.

González-Maya puntualiza que “lo grave es que una vez traspasado el tapón del Darién en la frontera entre Colombia y Panamá, es muy factible que el coyote continúe su avance y en pocos años tengamos reportes del animal en el corazón de Sudamérica”.

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Serían dos sus rutas principales. La primera, por el Pacífico, bajando por la región del Chocó biogeográfico hasta la transición a las zonas secas de Ecuador y Perú. La segunda, la más probable, es la colonización del coyote por el caribe colombiano hacia Venezuela y de allí hacia la Orinoquia.

González-Maya afirma que “ya hay evidencias de coyotes en gran parte de Panamá, cuando por muchos años solo se tuvo evidencias al oeste del Canal, que actuaba como una gran barrera de dispersión. Sin embargo, la Fundación Yaguará ya ha detectado coyotes al costado este del canal e incluso hay registros en el Darién”.

Esto significa que los coyotes entrarán en competencia con otros mesocarnívoros. Además, en el caribe colombiano hay unas franjas de ecosistemas muy degradadas que facilitarán el movimiento de los coyotes a una gran inmensidad de ecosistemas en Sudamérica.

El coyote es una especie catalogada como de “alta plasticidad ecológica y de alta capacidad de adaptación”, según la publicación científica de González-Maya. Esto lo convierte en un animal ecológicamente exitoso por su amplia gama de potenciales presas, lo que a su vez es una amenaza para pequeños mamíferos como roedores y lagomorfos (conejos) y para otras especies de vertebrados como reptiles y aves.

Por otra parte, también sería una potencial amenaza para otras especies de carnívoros que compiten por los mismos recursos (comida, espacio y refugio), en especial el puma (Puma concolor), el jaguar (Panthera onca), las diferentes especies de lo que conocemos como tigrillos (Leopardus wiedii, Leopardus tigrinus y Leopardus pardalis), pero sobre todo para otros cánidos como el zorro cangrejero (Cerdocyon thous), el perro venadero (Speothos venaticus) e incluso el lobo de crin o zorro grande (Chrysocyon brachyurus).

El coyote representa así un enorme reto para la conservación y en general para la gestión de la biodiversidad.  A pesar de que no se trata de una especie exótica introducida, su llegada se ve favorecida por las intervenciones humanas y es una problemática a la que desde ya hay que prestarle atención. Este animal podría  reproducirse con perros ferales, los cuales al parecer son cada vez más comunes en Colombia, y convertirse en una amenaza aún mayor.

Los retos para conservar la biodiversidad de la región más rica en especies del planeta son enormes y se agravan con problemas como la colonización del coyote que requerirá medidas estratégicas y eficientes para revertir los fuertes procesos de degradación que podrían sufrir los ecosistemas y que tarde o temprano afectarán el bienestar de la especie humana.

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