*Bióloga

El sector agrícola es uno de los mayores responsables de las emisiones de gases efecto invernadero. Su contribución se estima en 14 por ciento si se cuenta solo la producción agrícola, y en alrededor de 50 por ciento si se incluye toda la cadena alimenticia. Pero se ha subestimado su uso como instrumento de mitigación del cambio climático. El “cultivo de carbono” (Carbon Farming), tiene como fin potenciar la captura del dióxido de carbono de la atmósfera y el almacenamiento en la tierra en forma de carbono, por medio del proceso de fotosíntesis. 

Las plantas absorben el dióxido de carbono del aire y lo convierten en cadenas de carbono que exudan a los microorganismos en la tierra. Estos reciben el carbono y a su vez suministran a las plantas los micronutrientes que absorben de la tierra. Cuando se mejora la calidad de la tierra, a través del aumento en la cantidad y variedad de los microbios (principalmente bacteria, hongos y gusanos) este mecanismo biológico se fortalece. En otras palabras, se maximiza la capacidad de fotosíntesis de las plantas. El ciclo es responsable de nutrir la abundante vida que hay debajo de la tierra (una cucharada de tierra puede llegar a tener entre mil y seis mil millones de microorganismos) y su capacidad es tal que se estima que pueda llegar a guardar una tonelada de carbono en la tierra por cada tres toneladas de dióxido de carbono removido del aire.

Para potenciar esta herramienta es necesario poner en práctica un manejo de conservación de la tierra que incluya prepararla con labranza mínima para no dañar la estructura microbiótica; utilizar fertilizantes orgánicos como el compostaje, que aporta nutrientes a la tierra; rotar cultivos y sembrar cultivos de cobertura; y, tener la presencia de un rebaño de ganado que, moviéndose en masa contribuye a aportar nutrientes y empujar la biomasa hacia la tierra. El papel del ganado es fundamental ya que los excrementos abonan el suelo con nutrientes, pero tiene que ser pastoreado de manera precisa para no dañar la capa vegetal ni compactar el suelo con su peso. 

Para que el sistema funcione siempre debe de haber materia orgánica; las tierras inactivas privan a los microorganismos del carbono del cual dependen. En terrenos sin explotar y durante la rotación de cultivos se debe sembrar un cultivo protector como plantas leguminosas que aumentan la porosidad de la tierra, albergan las bacterias que fijan el nitrógeno y limitan el crecimiento de la maleza.

Adicionalmente a la captura del dióxido de carbono, el efecto sobre la tierra es notable: absorbe mejor el agua—fundamental durante inundaciones como durante sequías—y, eventualmente, a restablecer los acuíferos subterráneos. Gracias al compostaje se disminuye la probabilidad de erosión y la aplicación de fertilizantes químicos, eliminando la contaminación sobre las fuentes de agua. Además, los microbios filtran contaminantes y toxinas, lo cual aumenta la pureza de las aguas subterráneas. Y al haber un manejo ecológico de plagas se reduce el uso de pesticidas sobre el cultivo. Todo esto lleva a una mejora del ecosistema y a un incremento en la biodiversidad.

¿Cuáles son las ventajas para el agricultor? Principalmente, habría una reducción marcada en sus gastos, al reducir la necesidad de sistemas de irrigación y de drenaje, fertilizantes caros y demás insumos. También puede llevar a un aumento en el rendimiento de la tierra a largo plazo y mayores ganancias derivadas de la venta de cultivos orgánicos. Y quizás eventualmente, con el fin de rentabilizar el esfuerzo, se compensará al agricultor en un mercado de carbono. 

Los partidarios de esta teoría sostienen que el cultivo de carbono es el único mecanismo natural y biológico para mitigar el cambio climático y que es fácilmente aplicable. Y al contrario de otras formas de almacenamiento de carbono, requiere menos energía e insumos, restaura la calidad de la tierra e incrementa su productividad, y resulta más económico para el agricultor. Y cuentan con el respaldo de organismos como el Worldwatch Institute, el National Wildlife Federation y the Nature Conservancy. 

Según Rattan Lal, el padre de esta teoría, cada año se podría llegar a capturar hasta 3 mil millones de toneladas de dióxido de carbono, es decir, disminuir la concentración de este gas en 3ppm anualmente (para mayo de 2015 se registra 403.26 ppm de CO2 en la atmósfera). Para llegar a esto, no se requiere energía adicional, tecnología compleja o gastos elevados, y se limpiaría la tierra y las fuentes de agua de químicos inorgánicos y de contaminantes. Adicionalmente, este sistema ayudaría a los campesinos en el mundo en desarrollo a rentabilizar las mejoras en el manejo de la tierra, sobretodo si se puede regular el sector y acceder a los mercados de carbono. 

Los críticos citan la dificultad de medir el carbono capturado, la falta de estudios científicos comprobando su eficacia y los retos que implica almacenar el carbono en la tierra perpetuamente, puesto que si se vuelve a la agricultura convencional el carbono regresa a la atmósfera. Además, surge la pregunta: ¿la agricultura orgánica puede alimentar a una población mundial en crecimiento o será la agricultura tradicional la única vía hacia la seguridad alimentaria? 

Sin embargo, de llegar a sobrepasar estos obstáculos y encontrar una manera para compensar al agricultor o al campesino—ya sea por sus cultivos y su ganado orgánico, o por mantener el carbono bajo el suelo en un mercado especializado—esta modalidad de agricultura podría ser la panacea para la agricultura sostenible y un arma invaluable en la lucha contra el cambio climático.

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