“Ya completamos 30 años viviendo entre montañas de basura, ¿y nos quieren condenar a este destino otros 50 años más?”, se pregunta Yazmín Muñoz. Detrás de esta frase, que es una mezcla de ironía e indignación, está la clave para entender las razones que este martes llevaron a miles de habitantes del sur de Bogotá a salir a las calles a protestar.

Muñoz vive en el Mochuelo Alto, una zona de transición entre la ciudad urbana y rural que solo vino a aparecer en la mente de los bogotanos en 1988, cuando Andrés Pastrana inauguró un botadero que supuestamente iba a durar solo 10 años. “Después de eso dizque iba a quedar acá uno de los parques más bonitos del continente”, dice ella que les prometió el entonces alcalde.

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En esa época el Mochuelo era una zona de inmensos cultivos de cebada, maíz y trigo que le fueron cediendo el paso a enormes montañas de desechos que se enterraban sin ningún tipo de tratamiento. Y el plazo trazado no solo se incumplió, sino que el tamaño del basurero ha ido creciendo hasta el punto de ocupar hoy 700 hectáreas de tierras fértiles y con gran abundancia de agua que hoy se separan de las viviendas de la gente del Mochuelo apenas por una calle estrecha.

En todo este tiempo, además, los malos manejos del relleno han causado dos de las peores crisis ambientales que ha vivido la ciudad. La primera, en 1997, cuando una explosión provocada por la acumulación de gases y lixiviados derrumbó un millón de toneladas de basura que taponaron el rio Tunjuelo, el más importante de esa zona de la ciudad.

La segunda, en 2015, de menor magnitud pero de igual gravedad, ocurrió cuando un deslizamiento al interior del relleno dejó al descubierto 6.000 toneladas de basura que no habían sido dispuestas de forma adecuada por el operador. Esa vez, la emergencia generó demoras en el servicio de recolección en todas las zonas de la ciudad.

En ambos casos el tema trascendió las fronteras del Mochuelo porque afectó la vida cotidiana de los demás habitantes de la ciudad. Pero al interior de esa zona la crisis ambiental es algo rutinario. En cualquier momento aparecen ratas del tamaño de conejos y todos los días miles de moscas sobrevuelan el barrio e invaden los espacios más íntimos de sus quienes viven allí.

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“Acá hemos tenido que aprender a convivir con las moscas y adaptar nuestros hábitos a su presencia. Nos toca desayunar muy temprano porque el sol las alborota y estar lavando todo el tiempo la loza que vamos a usar para evitar contraer una infección. El peor error que puede uno cometer viviendo al lado de Doña Juana es dejar sobras de comida porque de inmediato se generan nubarrones de bichos dentro de la casa”, explica Samuel Aya, un campesino que vive en la frontera del basurero.

En el Mochuelo siempre hay moscas, pero hay ocasiones en las que su presencia se hace tan insoportable que los habitantes del barrio han tenido que salir a protestar. La última vez que eso ocurrió fue a principios de agosto, cuando los malos manejos del operador causaron una verdadera plaga de insectos que llevó a la gente a bloquear los accesos al basurero.

Tras los enfrentamientos con el Esmad que dispersaron las protestas y los correspondientes compromisos de la administración para aliviar la situación, el alcalde Enrique Peñalosa declaró que la vida útil de Doña Juana está lejos de terminar. Esta decisión no solo va en contravía de las exigencias de la comunidad del Mochuelo, sino de la propia licencia ambiental emitida por la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca que dice explícitamente que el plazo para cerrar el relleno es 2022 sin posibilidad alguna de ampliación.

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El argumento de Peñalosa es que no existen más sitios para disponer las 6.300 toneladas de basura que se generan diariamente en la ciudad. Y que, por tanto, con algunas obras de optimización y con la compra o la expropiación de predios vecinos el basurero puede seguir funcionando por “varias décadas más”.

Sin embargo, desde hace varios años las comunidades le han estado proponiendo a las distintas alcaldías la implementación de tecnologías de aprovechamiento de residuos que eviten su disposición en el relleno. “Nosotros no queremos que la basura se la lleven a otras partes de la ciudad, sino que dejemos de enterrarla. Sabemos que existen las opciones y que solo se requiere un poco de voluntad política para implementarlas", concluye Muñoz.

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