Nacimiento del río Aburrá. Foto: Corantioquia

Hace un año, investigadores de la Universidad CES encontraron un árbol hasta entonces desconocido en el mundo: el swartia radiale, una especie de 30 metros de altura con llamativas flores amarillas que pertenece a la familia del fríjol y la arveja. El hallazgo confirmó la riqueza natural del Alto de San Miguel, un bosque altoandino ubicado en el municipio de Caldas, a 30 minutos de Medellín.

En este lugar nace el río Aburrá que atraviesa las 9 ciudades del Valle del mismo nombre y habita el 10% de la biodiversidad del país. Desde el pasado miércoles, 1.622 hectáreas de este ecosistema pasaron a ser un área destinada a la conservación gracias a la declaratoria de Reserva Forestal Protectora por parte de Corantioquia. Ese fue el desenlace de un proceso de más de 23 años en el que intervinieron varias entidades y contó con la participación activa de la comunidad y los sectores productivos de la región.

En 1993, el desaparecido Instituto Mi Río compró 800 hectáreas y constituyó un área protegida en la parte más alta de San Miguel, un punto donde la cordillera central se abre en dos vertientes que forman el Oriente antioqueño y el sistema de montañas que separa a esta zona del río Cauca. Para esa época, en algunas partes ya se presentaban problemas de deforestación para ganadería extensiva y la gestión de esa entidad fue el primer paso proteger ese ecosistema.

Ocho años después, Corantioquia declaró esa zona como refugio de área silvestre y empezó a trabajar con los habitantes de La Clara, una vereda de 650 habitantes ubicada en la parte baja de la cuenca, para que se sumaran a su conservación. También empezaron las gestiones para ampliar al doble los límites iniciales de la reserva mediante la compra de algunos predios pertenecientes a la empresa Cipreses de Colombia y a la sociedad Correa Posada.

El éxito de esa negociación fue el que se formalizó el miércoles, pues desde ese momento cerca de 300 hectáreas que estuvieron destinadas a la explotación forestal y otras 500 que permanecían improductivas se sumaron a las 800 anteriores y se convirtieron en la Reserva Forestal Protectora del Alto de San Miguel.

La importancia de esta declaratoria radica en que además del nacimiento del río Aburrá, en San Miguel se ha reportado la presencia de 49 especies de mamíferos, más de 130 especies de mariposas, 220 especies de aves de las cuales 21 son migratorias y 4 endémicas, más de 623 especies de plantas entre las que sobresale una gran variedad de orquídeas, musgos, helechos y líquenes.

“Esto es una tarea hecha, es una deuda cumplida, no era lógico que el nacimiento del río no estuviera totalmente protegido. Este es el paisaje que pintamos los citadinos cuando nos imaginamos un río limpio. Es un ecosistema que le sirve a más de cuatro millones de habitantes y la declaratoria es un paso más en la ruta de su conservación”, explica Adriana Molina, Subdirectora de ecosistemas de Corantioquia.

En un año, esta entidad tendrá que presentar el Plan de Manejo que establezca la zonificación y los usos permitidos en cada uno de ellos. “Acá habrán áreas de conservación, restauración y de uso sostenible. Eso quiere decir que las únicas actividades permitidas serán la investigación, la educación y la recreación pasiva. No podrá haber turismo masivo ni extracción minera”, explica Molina.

Este plan debe ser concertado con las comunidades de la vereda La Clara, muchos de los cuales ven en él la posibilidad de que la conservación no sea beneficiosa solo para el ambiente. “Siendo respetuoso,  hasta ahora no nos ha traído beneficios”, cuenta don Mario Guzmán, un hombre de 65 años nacido y criado en la región. “Estamos encartados con el turismo porque no hay ningún tipo de control. Cada fin de semana entran en promedio 2.700 personas y cuando hay puente pueden ir hasta 6 mil personas. Como el río es transparente vienen a disfrutarlo, a hacer sancocho y de paso aprovechan para lavar el carro y la mascota”.

Felipe Molina, un líder social que ha hecho parte del trabajo formativo que comenzó Corantioquia en 2001, explica que como no hay fogones mucha gente utiliza la madera del bosque y cada domingo la zona termina convertida en un basurero porque la gente no se lleva los residuos de los productos que consume. Y si a eso se suma la extracción informal de la arena del río que cada vez avanza más hacia la parte alta, el panorama pinta bastante complicado. “Por eso que digo que tenemos que aprovechar la formulación del plan de manejo para organizarnos y mejorar muchas cosas que no están funcionando bien”, dice Molina.

La Subdirectora de ecosistemas de Corantioquia, Adriana Molina, concuerda en que queda mucho trabajo por hacer. “La reserva y la zona aledaña que es la vereda La Clara tienen toda la presión de esos 4 millones de habitantes que están pidiendo espacios naturales abiertos, gratuitos y cercanos a la ciudad. Tener un río limpio a media hora de la ciudad hace que exista una demanda muy alta para la recreación y adicionalmente hay una actividad productiva no formal extractiva de material de playa que genera impactos. Eso no se puede prohibir de un momento a otro porque generaríamos un conflicto social y por eso tenemos que encontrar la manera de solucionarlo entre todos. Nuestra propuesta es conservar con la gente y para la gente”, concluye.

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