En Singapur, una de las naciones con los más bajos índices de criminalidad, se reportaron cuatro robos en solo una semana y en Malasia, cinco. En una cárcel federal de Estados Unidos, uno de estos ladrones terminó junto a los terroristas más buscados. Lo más insólito es que todo ese alboroto se debe a hurtos de una especie de pez conocida como Arowana (Osteoglossum bicirrhosum).

Parece increible que todo ese despliegue policial se deba a un robo que podría considerarse menor. Sin embargo, estos peces hacen parte de uno de los mercados de lujo de mayor auge en los países orientales. Si bien la mayoría cuestan entre 1000 y 2000 dólares, la compra de un espécimen por 300.000 dólares llenó los titulares de los medios de comunicación hace un tiempo. Aparte de los criaderos asiáticos de alta seguridad, el Arowana se encuentra en estado libre en Caquetá y hace parte del bioma amazónico, que compone el 42% de Colombia. Amazon Fish, la compañía que los exporta, lo hace mientras lleva a cabo su principal misión: construir una base de datos de los peces de agua dulce de la cuenca amazónica.

Así como el Arowana, la región amazónica colombiana cuenta con miles de recursos que favorecen la creación de negocios verdes -aquellas actividades económicas que generan utilidades mientras ofrecen bienes o servicios que generan impactos ambientales positivos, incorporando buenas prácticas ambientales, sociales y económicas-.

La Amazonía es una región especial para el establecimiento de este tipo de negocios por dos razones. Primero, es una de las más biodiversas del mundo, lo cual hace difícil, poco eficiente y competitivo el desarrollo de actividades económicas populares como la ganadería. Segundo, ha sido históricamente una de las menos atendidas por el Estado colombiano. Por eso, el establecimiento de estos negocios contribuye a generar riqueza en la región al tiempo que explotan sus recursos de manera sostenible.

Quienes están creando empresa rompen hoy con viejos paradigmas sobre lo que significa desarrollo. La Amazonía está aprovechando su biodiversidad natural y social al crear productos o servicios que difícilmente se encuentran en otros lugares del país y del mundo. Mujeres indígenas cabeza de familia están cultivando cacao con sellos ambientales apetecidos internacionalmente, mientras que científicos estudian los recursos amazónicos para encontrar la cura de graves enfermedades.

Según Mauricio Mira, jefe de la Oficina de Negocios Verdes del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible, crear un negocio verde es un proceso de educación y cambio de mentalidad sobre lo que es desarrollo. Como señalaba Martin von Hildebrand, director de la Fundación Gaia Amazonas en una entrevista en 2013 con el diario El Espectador, “el mayor obstáculo para el desarrollo económico del Amazonas es que no se sabe de qué tipo de economía ni de desarrollo se está hablando. Imponer los modelos de desarrollo económico convencionales (...) devastaría los ecosistemas y tendría poco sentido pues los suelos de esas regiones son pobres y no sostienen este tipo de actividades a mediano plazo”. Colombia ha intentado hacer la tarea y hoy, después de tres años de implementación, el Plan nacional de Negocios Verdes ha generado aproximadamente 145.000 millones de pesos en ventas netas de micro-empresarios. Esto es prueba fehaciente de que son fuente de riqueza social y ambiental, pero también económica.

El potencial de la región para fomentar negocios con una mentalidad diferente, según Mira, es uno de los enfoques más importantes para tener en cuenta en el desarrollo del país. Por su parte, Luz Marina Mantilla, directora de Instituto Amazónico de Investigaciones Científicas (Sinchi) asegura que “los negocios verdes son una gran oportunidad para la región y para el país, pues por lo general desconocemos lo que tenemos”. Estas son algunas iniciativas exitosas en la Amazonía que hoy ya dan frutos.

El caso del Asaí

Corpocampo es una de las empresas verdes dedicadas a la producción y comercialización de productos como el asaí, los palmitos orgánicos y el aceite de Sacha Inchi, productos amazónicos que no son tan conocidos pero que se cultivan en Colombia. Como comenta Iván Darío Melo, subdirector de Corpoamazonía “a veces miramos mucho hacia afuera y es una desgracia que, por ejemplo, pensemos que el asaí se produce en Brasil cuando en las selvas colombianas se encuentra naturalmente”.

Empresas como Corpocampo desarrollan estos productos aprovechando los recursos naturales de la región y potenciando su desarrollo económico. Su trabajo en el Putumayo, una de las regiones más pobres del país y altamente afectada por el conflicto armado, emplea a comunidades afrocolombianas e indígenas. También apoyan y capacitan a los agricultores de la zona con insumos y asistencia técnica.

Édgar Montenegro, gerente comercial y CEO de la compañía, cuenta que el proyecto nació de su experiencia como campesino. Recuerda que durante su niñez sembraba cacao y otros productos, pero a la hora de comercializarlos no tenía quién los comprara. Al ver este problema creó Corpocampo. Su decisión de sembrar asaí y palmitos nació por varias razones: los beneficios que traen para la salud, su capacidad de ayudar a la reforestación y “la oportunidad de generar arraigo en la zona y mejorar la calidad de vida de los productores”. Además de estar presente en el mercado nacional, la compañía ahora exporta sus productos a Francia, Canadá, Estados Unidos, Chile, Argentina y algunos países árabes como Líbano. Gracias a toda esta labor han podido beneficiar acerca de 1200 familias, ayudándoles a consolidar sus cadenas productivas.

Turismo ecológico

El sur de Colombia muchas veces es desconocido y usualmente el turismo se concentra en las playas del norte del país. Pero eso está cambiando. En El Fin del Mundo, una cascada de 75 metros de altura entre Mocoa y Villagarzón (Putumayo), pasaron de recibir 20 personas por semana a 300 en temporada baja y este número llega incluso a 800 en momentos de alta demanda. Por su parte, a Leticia llegan aproximadamente 90.000 personas al año.

Donde se Oculta el Sol es otro de los potenciales turísticos del Putumayo. También ubicado en Villagarzón, el lugar cuenta con dos cascadas de 12 metros de altura con sus respectivos charcos. María Maura Quejuán, indígena del cabildo Wasipungo, vio el potencial turístico de esta tierra y empezó a potenciarlo. Por su parte, Fredy Segura, administrador del lugar y yerno de Quejuán, cuenta que el proyecto además de ofrecer la experiencia natural inherente a la visita de un lugar bello, “busca recuperar la historia ancestral de Donde se Oculta el Sol y compartirla con los visitantes”. El recorrido, entonces, se vuelve también un repaso por la historia. “Durante el trayecto explicamos el significado del nombre Putumayo (en quechua: gran río que nace de un gran árbol), la historia y la importancia de ciertos cultivos para la cultura indígena, y cómo eran las ceremonias de caza en las que los cazadores se transformaban en jaguares”, comenta Segura.

Donde se Oculta el Sol, cuida la selva y sus bosques mientras que, además de conservar tradiciones y culturas ancestrales, concientiza a sus visitantes sobre la importancia de preservar el medioambiente. Desde aquella tradición indígena, donde la Ceiba es la guardiana de la selva y a quien le piden permiso para cazar, comparten su visión sobre la importancia de cuidar la naturaleza. Según Segura, no hace falta poner canecas en los senderos pues durante el recorrido las personas se hacen cargo de su propia basura. “Aparte, nos encargamos de mantener el equilibrio del territorio, cuidando que no quemen el bosque y para eso también contamos con la asesoría de ingenieros ambientales”, concluye.