La conversión de fogones de leña en estufas eficientes, que requieren menor cantidad de biomasa y mejoran los procesos de combustión.

Agripina Chacón vive en un rincón tranquilo del área rural de Ubaté (Cundinamarca). Su casa, modesta pero acogedora, está cercada por árboles de totumo y cerezo; rodeada por grandes montañas, pasa los días acompañada por sus animales. Paradójicamente, el aire que respiraba, desde las seis de la mañana que encendía el fogón de leña para el caldo del desayuno, hasta las ocho de la noche, hora en que lo apagaba con unas gotas de agua, no era el más limpio y natural.

Rodeada de árboles y plantas, Agripina, que empezó a cocinar a los siete años, desarrolló una de las enfermedades respiratorias comunes en la población campesina. Ella la define como “una tos que no se quita”, pero el doctor Carlos Torres, director del Departamento de Investigación de la Fundación Neumológica Colombiana, tiene el nombre exacto de su complicación, se trata de una EPOC –Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica–. “En Colombia el 8,9 por ciento de las personas mayores de 40 años presenta esta complicación. Esto significa que una de cada diez personas dentro de este rango de edad la padece”.

“El humo de la leña tiene más de 100 componentes, entre químicos, gases y partículas, que pueden fijarse o impregnar las vías respiratorias y causar irritación o inflamación. Mientras más pequeñas sean las partículas más se infiltran en el aparato respiratorio. Si esta exposición es constante, como en el caso de las mujeres campesinas que pasan más de ocho horas frente a un fogón, más nociva es su consecuencia. Lo peor es que los niños son un blanco latente para estas enfermedades, porque tienen bronquios más pequeños y son más susceptibles. Además muchas madres mantienen a sus hijos junto a ellas todo el día en la cocina, exponiéndolos a estos agentes contaminantes”, afirma el Doctor Torres.

Unos metros más arriba de la casa de Agripina vive Aidé Garzón. Su esposo está en la cárcel y ella se encarga de despachar, mantener y educar a sus cuatro hijos. Se levanta a las cuatro de la mañana para preparar el desayuno. Huevos, maduro frito, chocolate y pan. Su estufa, antes fogón de leña, está ubicada fuera de la vivienda, bajo un techo de plástico. A un lado de la casa se puede observar la pipeta de gas que ya no usa porque le resultaba muy costosa. Al mes debía pagar 45.000 pesos para llenarla. Cuando los niños ya se han ido a la escuela, Aidé prepara el almuerzo y a las cinco de la tarde la comida. Su cocina nunca para.

En la misma zona viven María del Campo Pachón, de 77 años y Miguel Ortiz, de 67. Para recordar sus edades deben buscar la cédula y corroborar que están diciendo la verdad. “Ya no me acuerdo” dice Miguel, que se ha encargado de cocinar para los dos durante esta última década. La tarea empieza a las seis de la mañana cuando hierve el agua para hacer café. Al lado pone la olla para el caldo que es, básicamente, lo que consumen durante todo el día.

Las estufas eficientes, además de  mejorar la salud de quienes las usan, también ayudan a combatir el cambio climático. /Foto: Iván Valencia

Y más cerca del pueblo vive Claudia Villamil, quien sostiene en sus brazos a su hija de un año y medio. Claudia preparaba sus alimentos en una estufa improvisada en medio de dos canecas de basura y una parrilla. La mecánica de este aparato no le funcionaba pues si dejaba la olla hirviendo para continuar con sus labores domésticas, al regreso encontraba el fuego apagado, el trabajo perdido.

La cotidianidad de estas cuatro familias, y de las otras 1.500, escogidas por la Fundación Natura y las diferentes entidades gubernamentales de cada uno de los tres departamentos donde se ha hecho la intervención (Santander, Cundinamarca y Antioquia), se ha transformado de manera contundente.

Los objetivos principales del programa ‘Estufas Eficientes’ es mejorar la calidad de vida de los campesinos que cocinan sus alimentos a diario con fogones de leña y contribuir a la lucha contra el cambio climático, al reducir las emisiones de gases que se dan por combustión. El uso de leña para cocinar representa el dos por ciento de emisiones de gases efecto invernadero (GEI) en el mundo. Una tercera parte de la población mundial usa leña en sus hogares. En Colombia la cifra es de 1,6 millones de casas rurales. Para cocinar 6,4 millones de personas dependen de ese material vegetal. Y una cifra aún más desalentadora: según la Organización Mundial de la Salud, cuatro millones de personas mueren al año a causa del humo de sus cocinas.

Por eso, desde 2008, la Fundación Natura empezó a transformar los fogones artesanales de los hogares campesinos por Estufas Eficientes. En total, llevan 1.500 muestras que han transformado la vida de quienes las usan. “Sustituir la leña no es fácil. Hay todo un tema cultural detrás de este tipo de material. La gente le otorga a la leña el sabor especial de sus alimentos, han cocinado con esto desde que tienen uso de razón, no es tan sencillo”, afirma Javier Aristizabal, coordinador técnico del proyecto.

Funcionamiento eficaz

Las estufas se instalan, generalmente, en el mismo lugar donde los habitantes han tenido siempre su fuego. La mayor trasformación que se le hace al sitio es una chimenea por donde debe salir el humo, pues la mayoría de las casas no cuentan con este elemento y por eso se presentan con tanta frecuencia las enfermedades respiratorias. Además, las paredes de los hogares donde no hay una chimenea se tiñen de negro, pues el hollín de años y años de uso de la leña se acumula en las paredes y es difícil de erradicar.

La estufa resulta eficaz porque todos los elementos que la componen están diseñados para reducir sustancialmente la cantidad de leña que se debe emplear y para optimizar el proceso de cocción. La cámara de combustión de la estufa está elaborada en forma de codo, para condensar los gases, el aire y el humo y generar la combustión. El humo que se produce, que en realidad es gas caliente, se aprovecha para mantener a buena temperatura la parrilla, elaborada en hierro fundido. A la estufa la rodea un tubo delgado que funciona como marco de protección para mejorar el ensamblaje de las planchas y establecer una distancia moderada entre la persona que cocina y la estufa y así evitar quemaduras.

Las estufas cuentan, además, con un horno, un cenicero, un regulador de tiro (que hace que el humo salga con diferente velocidad de la estufa) y una chimenea externa pequeña para que la entrada del aire sea más enérgica.

Un modelo que se replica

Bolivia

Foto: Cortesía Cedescol

En este país se han desarrollado dos tecnologías:

Cocina a leña eficiente o Rocket: Funciona con biomasa, madera, carbón, ramas o bosta (biomasa realizada con excrementos de llama) y el doble de eficiente que un método a fuego abierto. El diseño requiere diámetros muy pequeños de leña (ahorra un 70 por ciento), lo que significa menos tiempo para recoger el material. Este factor altera sustancialmente la vida de los campesinos bolivianos pues, según el Banco Mundial, alrededor de siete millones de jornadas de trabajo se desperdician por recoger leña en Bolivia. La recolección no sostenible de biomasa conduce a la deforestación, interrumpe el ciclo del agua, reduce la fertilidad del suelo, entre otros.

Cocina solar y de retención térmica: La olla va dentro de un contenedor cerrado y aislado térmicamente con lana de oveja. La comida se calienta por radiación solar. Gracias a su vidrio doble se puede atrapar la energía del sol. El interior está cubierto con material reflectante. No tienen que realinearse con la posición del sol, lo que facilita el uso. Estas estufas no emiten gases de efecto invernadero. La máxima temperatura que alcanzan es de 180 grados centígrados. Cuando no hay sol la estufa puede funcionar como cocina térmica. La persona calienta la comida por cinco minutos en una cocina tradicional y luego envuelve la olla en una tela, la lleva a la estufa solar y la comida sigue cocinándose y mantiene buena temperatura.

Perú

Foto: Endev Perú

En algunas zonas del país, utilizan el excremento de la llama, bosta, como biomasa, pues en las regiones ubicadas a mayor altura no se consigue leña fácilmente. La iniciativa de convertir los fogones (de bosta o de leña) en estufas eficientes surgió en 2009, ante la necesidad de reemplazar los tradicionales fogones de tres piedras. Las estufas se asemejan a las de Colombia pero no tienen horno y son de forma rectangular, en lugar de cuadrada. En promedio, un fogón tradicional en Perú utiliza 12 árboles de eucalipto al año, mientras que una cocina mejorada usa solo seis. Las cifras de reducción de gases que se han presentado gracias a estas cocinas son bastante alentadoras. Con un fogón tradicional una cocina al año emitía 6,6 toneladas. Hoy se ha reducido a la mitad.

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