| 2014/09/26

¿Se desinfló El niño?

A mediados de este año parecía que la sequía iba a prolongarse por varios meses, pero a la fecha no se sabe si El Niño va a llegar o no.

21 millones de colombianos viven en lugares donde el acceso al agua es restringido.
21 millones de colombianos viven en lugares donde el acceso al agua es restringido.

Al director del Ideam, Ómar Franco, la vida le cambió por completo cuando supo de la llegada de El Niño. Desde que el país tuvo noticia de que este fenómeno climático podría volver a presentarse, Franco no ha hecho otra cosa que alertar a la gente de su llegada. Aunque la entidad que dirige es un organismo técnico y no político, la agenda de Franco lleva varios meses llena de citas con alcaldes, gobernadores y empresarios. 

No es para menos. El Niño no ha aterrizado en Colombia y los efectos de la sequía ya se han sentido. Ciudades como Santa Marta han vivido fuertes racionamientos de agua, en La Guajira las imágenes de las comunidades indígenas sin una gota de agua han conmovido a miles de personas y en Barranquilla hubo jornadas de oración promovidas por la arquidiócesis para que volviera la lluvia. 

Pero la lluvia no va a llegar, o al menos no en las cantidades que muchos esperan. Aunque el Ideam acaba de anunciar que El Niño puede ser menos fuerte de lo que se anticipó en un principio, el mismo organismo ha pedido también que no se bajen las alertas. 

El Niño no tiene tanto que ver con el cambio climático. Los científicos lo explican como un fenómeno de variabilidad que tiene relación con corrientes de agua más cálidas en el océano Pacifico que disminuyen la lluvia en el trópico. Los pronósticos del Ideam alertan que este podría presentarse con mayor intensidad en los últimos meses de este 2014 y los primeros de 2015. 

No sería la primera vez que este fenómeno llega al país. Pocos recuerdan que los racionamientos del Gobierno de César Gaviria, los cuales obligaron a los colombianos a atrasar una hora el reloj, fueron por culpa de él. Paradójicamente, Juan Manuel Santos, el entonces ministro de Comercio Exterior, en un pequeño cuarto del Icetex cambió la hora oficial del país frente a decenas de periodistas. La idea había sido de él. Como El Niño había llegado sin aviso, el hoy presidente propuso cambiar las manecillas del reloj como se hace en Europa cuando hay cambio de estaciones para aprovechar más la luz del Sol. 

Colombia vivió una crisis energética conocida como ‘el apagón’. Como no llovía, los embalses bajaron su capacidad y sus niveles llegaron a 20 por ciento. Eso llevó a decretar racionamientos de energía a lo largo y ancho del país. El ministro de Minas, Tomás Gonzales, ha despejado los temores sobre la posibilidad de que esto vuelva a suceder. En una reciente entrevista dijo que existen las “herramientas para poder reaccionar en el corto plazo, como generar energía eléctrica con gas y con carbón. Además tenemos una capacidad de generación térmica de respaldo muy sólida… El parte es de tranquilidad total, y la gente también puede estar tranquila de que, en caso de que llegue El Niño, cuando prenda el interruptor va a tener luz”.

Por eso, para que esa situación no vuelva a repetirse, Ómar Franco se la pasa en cuanta reunión de ganaderos, arroceros, alcaldes y congresistas hay. Los funcionarios ambientales saben que lo mejor en lo que pueden contribuir es con información y que como el clima no puede manipularse, Colombia tiene que prepararse para lo que pueda venir. 

Muchos de ellos se han encargado de difundir que contrario a lo que se cree el problema no solamente es del clima. Pero Colombia es el tercer país más vulnerable a ese tipo de alteraciones según las Naciones Unidas no solo es por estar ubicado en el trópico, sino porque el país no se ha preparado para los fenómenos que estos pueden producir. 

El caso de Santa Marta es el mejor ejemplo de esa realidad. Nadie entiende por qué una ciudad que está rodeada de una Sierra Nevada pueda sufrir de escasez de un líquido que en sus montañas podría nacer a borbotones. La verdad es que el problema de esta capital del Caribe es, sobre todo, de planeación. La ciudad pasó de tener 250.000 a 500.000 habitantes en muy pocos años y la infraestructura de su acueducto no creció al mismo nivel. Santa Marta tiene tres fuentes de agua, pero los caudales de estos ríos han disminuido porque la deforestación ha crecido. Y ahora, el ministerio de Vivienda ha analizado, incluso, la posibilidad de desalinizar el mar. 

Algo similar pasó en el Casanare. Luego de un estudio de campo, la Contraloría determinó que “la crisis de agua no obedeció exclusivamente al calentamiento global, sino que se dio, en gran proporción, como respuesta a una serie de actividades no planificadas del hombre”. Por esto se referían a quemas para poder ampliar los cultivos, a la ganadería y a las actividades de sísmica y perforación de la industria petrolera. El Ideam también dijo en su momento que el Casanare ha perdido más de 5.000 hectáreas de bosque al año en los últimos 20 años, una de las cifras más altas del país. 

Las imágenes de ese tipo de sequias muestran que no es una exageración la frase de que las próximas guerras mundiales pueden ser por agua. Colombia es todavía considerada una potencia hídrica, no obstante, se enfrenta hoy al problema de que sus principales reservas no están en donde vive su gente. La revista The Economist señala que el país puede ser uno de los nueve más ricos en esta materia. Sin embargo, ese honroso lugar se ha ido perdiendo. El país pasó del lugar 4 al 24 en el ranking de agua por habitante. La Defensoría del Pueblo alertó en un estudio que 21 millones de colombianos viven en zonas donde existen dificultades en el suministro, 53 por ciento de la población no tiene acueducto y 82 por ciento no tiene alcantarillado. 

Así mismo, el país ha perdido puntos en otros tesoros. Por ejemplo, en los glaciares, a comienzos del siglo pasado, había 470 kilómetros cubiertos de nieve; hoy solo quedan 47 y se cree que en 50 años no sobreviva ninguno. Por eso adaptarse a los efectos del clima es más vital hoy que nunca. El país tiene una oportunidad para hacer la infraestructura y tomar las medidas que se necesiten con el fin afrontar esta situación. Probablemente, habrá que privilegiar más la conservación de muchos ecosistemas que su explotación. Lo que no puede suceder es que se continúe actuando solo para solucionar las tragedias, o que cada sequia traiga su afán. 

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