Esta semana Colombia se encuentra en estado de éxtasis por la visita del Papa Francisco a Bogotá, Medellín, Cartagena y Villavicencio. Pero, mientras las urbes que recibirán al pontífice se están haciendo todo un trabajo de maquillaje, nuestro alrededor no está bien y tal parece que nos estamos acostumbrando a vivir así.

Ya poco importa que el aire que respiramos este viciado por la proliferación descontrolada de las motos que contaminan mucho y transportan poco o porque nuestros mandatarios optaron por un sistema de transporte que hace un uso desmedido del peligroso diésel. Asimismo tampoco importa que el fracking este tocando las puertas de los ecosistemas más especiales de Colombia, de paso amenazando el líquido vital. Y menos parece importar la deforestación o el avance de la minería ilegal que también tienen en jaque a la naturaleza y a la salud de miles de personas en el país.

De hecho porque deberían importarnos, porque quien parece tener la solución es Francisco y no quienes han hecho que el lugar que habitamos cada día se acerque más al depósito de porquería que describe el Papa en su encíclica sobre el medioambiente.