*Director de Conservación WWF Colombia

Como buen pajarero obsesivo, hago listados de las aves que encuentro en cualquier parte. Y de todos mis listados, uno de los que me produce más satisfacciones es el de los pájaros que veo y oigo desde mi alcoba en el tercer piso de una unidad residencial en Cali. Constatar la presencia reiterada de más de 50 especies, como las piguas, el bichofué, las tangaras rastrojeras o el cuco ardilla, me transmite la sensación de seguridad que da saber que estoy entre amigos y conocidos. El hallazgo ocasional de un nuevo visitante es una sorpresa que añade color a mi rutina. (Vea el especial EL MEDIO AMBIENTE:
LA VÍCTIMA OLVIDADA
)

Esta costumbre, que algunos calificarían de manía, me convierte en una persona más alerta que muchos al mundo que me rodea, pues estar atento a los movimientos fugaces de las aves y a sus cantos afina los sentidos. Y de esta forma puedo darme cuenta de los cambios, muchas veces sutiles, que suceden en el ambiente urbano como los que causan la sequía o la llegada de las lluvias, o simplemente el tránsito de la tierra alrededor del sol.

Por esta razón, no deja de causarme estupor la reacción que provoca en muchas personas darse cuenta que a su alrededor habita una multitud de pájaros, para ellas invisibles. Reconozco que algunas de las aves que veo desde mi ventana son poco llamativas y que para el ojo no entrenado muchas más pasan fácilmente desapercibidas. Pero aun así, me cuesta trabajo creer que la mayor parte de los habitantes urbanos permanecen ajenos a la biodiversidad que tienen a su alcance.

Podrían plantearse varias hipótesis para explicar esta miopía colectiva. En primer lugar, es claro que al vivir en las ciudades estamos permanentemente expuestos a un alud de imágenes y ruidos que enmascaran las apariciones, muchas veces discretas, de las plantas y animales que nos acompañan. Y si a eso sumamos el bombardeo continuo de información al que estamos sometidos actualmente, es hasta cierto punto comprensible la aparente invisibilidad de la flora y la fauna citadinas.

Pero además de estas explicaciones más bien obvias, la razón fundamental detrás de este fenómeno es el distanciamiento progresivo de la naturaleza que tienen los habitantes urbanos. A medida que se pierde el contacto directo con los espacios silvestres y las rutinas se apoyan cada vez más en objetos y procesos artificiales, se consigue una ilusión de aparente independencia de los atributos y funciones de los ecosistemas. Poco a poco acabamos por volverlos invisibles.

Esto no implica que el hecho de habitar un ambiente rural se traduzca necesariamente en un conocimiento profundo de la biodiversidad. Sin embargo, para los campesinos mestizos, indígenas o afrodescendientes, el mundo está lleno de toda clase de seres vivos y muchos de ellos forman parte de una cotidianidad que ha sido construida precisamente a partir de esta diversidad y de las interacciones entre sus componentes.

El contraste entre estas percepciones, urbana y rural, permite identificar una de las mayores limitantes que tienen las campañas de concienciación ciudadana acerca de la importancia de la biodiversidad y de la necesidad imperiosa de su conservación. En una sociedad mayoritariamente urbana, es casi absurdo pretender que la ciudadanía perciba esta urgencia cuando, además de vivir una realidad cada vez más virtual, ignora la cercanía permanente de tantos seres que comparten con ella los espacios urbanos.

Por lo tanto, si los conservacionistas queremos lograr respuestas colectivas para enfrentar el cambio ambiental global, es preciso despertar la sensibilidad ciudadana frente a una naturaleza que, a pesar de todas las amenazas que enfrenta, se empeña por mostrarse aun en los espacios que parecen más ajenos a ella.

Tenemos la fortuna de habitar un país megadiverso y eso nos ofrece la oportunidad de contar, en medio de las grandes ciudades, no solamente con una avifauna rica y colorida sino también con una multitud de árboles, insectos, ranas, lagartijas y mamíferos que de alguna manera aprovechan las condiciones creadas por nosotros.

Solamente hay que estar con los sentidos alerta para disfrutar espectáculos tan maravillosos como la floración de los guayacanes en agosto en Cali, el vuelo de una bandada de loras sobre el semáforo en el tráfico de las horas pico en Medellín, la aparición furtiva de una tingua en Bogotá, o el paso multitudinario de los gavilanes migratorios por el cielo de octubre en Manizales. Al hacerlo, tendremos la evidencia de no estar tan solos como creíamos y empezaremos a entender que la biodiversidad es tan cotidiana como la rutina en la que estamos inmersos.

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