Foto: www.outsideonline.com - Andrew Holder

El pasado 12 de octubre ‘Outside Magazine’, una publicación dedicada a la naturaleza, el senderismo y el turismo de aventura, sorprendió al mundo al publicar un obituario de la Gran Barrera de Coral australiana. En el artículo se citaba que la “Gran Barrera había muerto en el 2016 luego de una penosa y larga enfermedad, y que tenía 25 millones de años”. En tan solo unas horas la publicación, que iba acompañada con atractiva, pieza grafica se hizo viral y prendió las alarmas de millones de ambientalistas que se sorprendieron ante una revelación de tal magnitud.

La comunidad científica fue la primera en pronunciarse con un mensaje no tan esperanzador: “la Gran Barrera de Coral no está muerta, pero si está muriendo”. Si se tiene en cuenta que la mitad de esta estructura viviente desapareció en los últimos 30 años, la esperanza de vida de este patrimonio natural de la humanidad es casi nula. Sin embargo, ese es el otro llamado que hace la academia y los conservacionistas, quienes aseguran que todavía no es tarde para salvarla.

Si bien la pieza escrita por Rowan Jacobsen, especialista en culinaria y quien escribe ocasionalmente sobre medioambiente, tiene una marcada tendencia al amarillismo. Su escrito deja en evidencia que son más los problemas que las soluciones que enfrenta el ecosistema. La gran crítica de fondo que se hizo al artículo desde la academia es que aquellas personas que no están enteradas de la situación de la Gran Barrera pueden tomar como una verdad absoluta la muerte de esta. Y es que precisamente una vez se conoció la pieza en Facebook y Twitter fue tal el alboroto que se generó que muchas personas empezaron a citar las supuestas consecuencias de la muerte del ecosistema.

Y es que la Gran Barrera de Coral no es un sitio cualquiera. Además de ser la única estructura viva visible desde el espacio es también es uno de los sitios patrimonio de la UNESCO, esto porque abarca cerca de 300.000 kilómetros cuadrados que albergan más de 3.000 arrecifes, 600 islas y 300 cayos.

Blanqueamiento, el principal problema

La acidificación de los océanos provocada por el calentamiento global es la principal amenaza que enfrentan los corales. Este fenómeno lleva al blanqueamiento de los corales que se da cuando las condiciones ambientales anormales, tales como temperaturas más cálidas del mar, conducen a los corales a expulsar pequeñas algas fotosintéticas y así pierden su color.

Asimismo, los corales que se caracterizan por contar con una gran resistencia a los aumentos de temperatura, podrían perder esta facultad por cuenta de un aumento en 0,5 grados centígrados que los llevaría a experimentar eventos de blanqueamiento únicos y repetitivos. También, la disminución de la cantidad de aragonita -un mineral necesario para los corales en la formación de su esqueleto- se acelerará con la mayor absorción por los océanos de gas carbónico (CO2), fruto de la combustión de energías fósiles. Sin aragonita los corales no pueden reconstituir sus esqueletos y se desintegran con el tiempo.

De hecho, según cálculos del ARC Centre of Excellence for Coral Reef Studies el 93% de los arrecifes están afectados por el blanqueamiento y la falta de aragonita.

Una esperanza

En agosto pasado la UNESCO estuvo a punto de poner a la Gran Barrera como uno de los patrimonios naturales en peligro. Sin embargo, el gobierno australiano presionó para que tal medida no se materializara prometiendo una férrea defensa del ecosistema. Inicialmente el plan no fue aprobado por la municipalidad de Queensland, pero el pasado 28 de septiembre el gobierno local y el federal lanzaron el primer informe que tiene como meta el año 2050 y que con una inversión cercana a los 2 mil millones de dólares muestra algunos resultados positivos para salvar a la estructura viva más grande del mundo.

De momento la barrera no está muerta pero si no se hace algo respecto a otros factores que la tienen en peligro como la sobrepesca, la minería, la quema de bosques aledaños y la extracción de combustibles fósiles, el resultado puede ser el que menciona el obituario. No obstante, las acciones de los dos millones de personas que la visitan anualmente, los gobiernos y la comunidad científica pueden lograr salvar a este gigante que de momento está en cuidados intensivos.

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