*Por: John C. Cannon / Mongabay Latam

El planeta Tierra está pasando por su sexta extinción masiva en estos momentos y casi no cabe duda entre los científicos de que la culpa es de los seres humanos. A pesar de los desafíos que enfrentamos, el giro alentador es que podemos hacer algo al respecto, según sostiene el biólogo Thomas Lovejoy.

“A diferencia de las otras extinciones masivas, esta es una en la que una especie es responsable y completamente capaz de tomar conciencia al respecto y de detenerla”, comentó en una entrevista. Lovejoy es profesor en la universidad George Mason en Fairfax, Virginia, y el “padrino de la diversidad biológica”. Hace poco redactó un ensayo para la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS, por sus siglas en inglés), en el que resalta la importancia de tener en cuenta todos los cambios que provocamos en el planeta para abordar esta pérdida de especies sin precedente.

“Estamos programados por la evolución para reaccionar ante cosas inmediatas —explicó Lovejoy—, pero también contamos con capacidad mental que nos permite mirar hacia adelante y proyectar lo que está sucediendo”.

Lo que está sucediendo, según una investigación reciente (que también apareció en la PNAS de otro equipo de científicos, es que la cantidad de ejemplares de un tercio de las 27 600 especies de vertebrados que investigó el equipo está disminuyendo, incluidas muchas de las que ni siquiera consideramos cerca de la extinción. Sin lugar a dudas, la Tierra está en plena oleada de extinción, en la que hemos estado perdiendo alrededor de dos especies por año durante este último siglo (unas cien veces más rápido de las tasas “normales” de extinción). Pero los autores del estudio publicado el 10 de julio escriben que la pérdida indiscutida de estos animales ha estado ocultando la disminución de muchos más.

“Lo que destacaron muy bien es que la extinción no es solo un suceso —explica Lovejoy—. Es un proceso”.

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Por lo tanto, si bien es imprescindible abordar las amenazas inmediatas (tales como la caza furtiva y la pérdida de hábitat) mediante la protección de las áreas donde viven los animales amenazados, también debemos encontrar maneras de enfrentar los efectos colaterales “que, de otro modo, podrían socavar los esfuerzos concentrados localmente”, escribe Lovejoy.

Como ejemplo, señala la dinámica del agua en la pluviselva amazónica, que Lovejoy conoce tan bien luego de más de cinco décadas de trabajo de campo allí. Más del 50 % de la pluviselva más grande del mundo está actualmente protegida de algún modo, pero él escribe que aun esta cifra “impactante” puede no ser suficiente para detener la pérdida de especies.

A medida que los humanos destruyen partes de bosque —por lo general, para granjas y ranchos que nos brindan alimentos—, esto podría afectar el ciclo de cómo caen las precipitaciones en el bosque y luego regresan a la atmósfera a través de la evaporación y de la transpiración de plantas autóctonas. El hábitat protegido que alberga a muchos de los animales de la Amazonía puede subsistir. Pero, en algún momento (Lovejoy supone que será cuando hayamos perdido más del 20 % de la pluviselva por la deforestación), ese ciclo podría quebrarse, lo que causaría una cascada de degradación, aun en áreas de bosques protegidos que forman parte de un sistema más grande.

“Si tomamos la amenaza de la extinción en serio, tenemos que poner atención a todos esos vectores y reconocer que, al final, no se trata solo de ir y salvar algo antes de que el último desaparezca —explicó Lovejoy—. Se trata de abordar estos factores impulsores”.

Los autores del estudio de la PNAS se refirieron a la pérdida mundial de biodiversidad como una “aniquilación”. No es un término que el autor principal, Gerardo Ceballos, y sus colegas utilicen a la ligera.

“Como científicos, debemos tener mucho cuidado en no ser alarmistas al decir cosas que no están sustentadas por la ciencia”, afirmó Ceballos, biólogo de la Universidad Nacional Autónoma de México. Pero decidieron que los resultados de su análisis justificaban el uso de un lenguaje tan fuerte.

“No sería ético ocultar qué tan mal están las cosas según nuestros datos”, agregó. También hicieron una investigación profunda sobre estudios previos de 177 vertebrados más conocidos. Los hábitats de cada uno de ellos fueron reducidos al menos un 30 % desde comienzos del siglo XX. El 40 % de los animales experimentó 80 % o más de pérdida de hábitat durante el mismo periodo.

“Ojalá me equivocara [sobre los resultados]”, señaló Ceballos.

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En el ensayo para la PNAS, Lovejoy afirmó que la magnitud de tales problemas mundiales exige soluciones ambiciosas de igual envergadura, tales como Half Earth Project, “en el que la ambición humana está incrustada en la naturaleza”.

Aunque tales esfuerzos puedan parecer “completamente idealistas”, Lovejoy sostiene que existen maneras razonables de comenzar.

El cambio climático es otro proceso que podría socavar los ecosistemas funcionales. Sin embargo, si comenzamos por restaurar los bosques y otros hábitats donde hayamos influido en la degradación, Lovejoy piensa que podríamos evitar hasta un 0,5 °C (0,9 °F) de aumento en la temperatura mundial debido al carbono adicional que estas áreas podrían extraer de la atmósfera. El Acuerdo de París del 2015 sobre el cambio climático apunta a mantener el aumento por debajo de 2 °C más de lo que era la temperatura promedio antes de la Revolución Industrial.

“Si [restauramos estos lugares], obtendremos un montón más de beneficios adicionales —señaló Lovejoy—. Los ecosistemas volverán a funcionar correctamente y a brindarnos toda clase de servicios”.

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Esta restauración no solo reinstalará conexiones imprescindibles entre los hábitats de vida silvestre, sino que la gente tendrá la posibilidad de ver beneficios como una mejor calidad de agua y aire más limpio.

“Curiosamente, también empodera al individuo porque todos pueden plantar un árbol o ayudar con la restauración de un humedal —comentó Lovejoy—. Al igual que los jardines de la victoria durante una guerra, todos pueden hacer una contribución tangible, y ya no parecería que tenemos este problema imposible e irresoluble. Espero que la generación actual de jóvenes se de cuenta de que se puede hacer una contribución gloriosa al futuro de sus descendientes, así como también a la humanidad y a la vida en la Tierra”.

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