Foto: Guillermo Torres/SEMANA

En la madrugada del seis de octubre de 2014 un rayo impactó en la casa ceremonial Unguma en el pueblo ancestral de Kemakumake. Murieron cuatro mamos de la etnia Wiwa y siete autoridades indígenas que se encontraban discutiendo desde horas de la mañana un plan de salvaguarda para la Sierra Nevada. En la maloca había otras 40 personas, de las cuales 17 resultaron heridas; entre los presentes se encontraba el más importante de los líderes espirituales de los Wiwa: el mamo Ramón Gil, uno de cuyos hijos murió como consecuencia de la descarga eléctrica.

Ellos no lo interpretaron como algo fortuito, como un accidente de la naturaleza. Por el contrario, lo entendieron como una advertencia de que vendrán tiempos difíciles para el hombre y su relación con la naturaleza. Ramón Gil, a quien conocen como el ‘padre’, no dudó un instante en decir que el rayo fue un “castigo”. En diálogo con medios regionales y nacionales Gil dijo: “Yo sentí que algo iba a ocurrir”. 

El primer castigo, agregó el mamo que tiene dotes especiales de comunicación con la naturaleza, “fueron los duros meses de verano. Le rogamos que nos mandara lluvias y nos mandó el aguacero, pero como no pagamos nos mandó el rayo. Ahora va a venir la guerra de la naturaleza con la humanidad”. (Vea: 10 datos que muestran que el cambio climático es real)

Un alud de tierra después de torrenciales lluvias arrastró, dos días después, cinco niños y su madre, de la etnia Arhuaca, Windiwua, en cercanías de Fundación. En menos de dos días murieron 17 personas de dos etnias de la Sierra Nevada, Wiwas y Arhuacos como consecuencia de fenómenos naturales que ellos interpretan como una “cuenta de cobro de la naturaleza”.

Un caso menos fortuito ocurrió una semana después cuando alguien asesinó al estudiante de Ingeniería Ambiental Jacinto Sauna, hijo del cabildo gobernador de los Kogui, José de los Santos Sauna, en su casa del barrio los Alcázares de Santa Marta. Para los indígenas nada ocurre por azar, pues según declaró su padre, Jacinto estudiaba ingeniería ambiental para defender la conservación de la Sierra Nevada, proteger su flora y su fauna.

En la Sierra Nevada habitan cuatro etnias milenarias: Wiwas, Koguis, Arhuacos y Kankuamos, la minoritaria es la de los wiwa, quienes vivieron la tragedia del rayo, y tiene una población de más o menos 13.000 personas. Tienen lenguas propias y asentamientos en todas las vertientes de la Sierra. Hacia La Guajira, Magdalena y Cesar, están los Kankuamos, viven en resguardos indígenas pero no cejan la lucha por recuperar sus tierras ancestrales ocupadas por colonos y terratenientes a quienes llaman “hermanitos menores”.

El día de la tormenta eléctrica, recuerda Ramón Gil, “hacia las seis de la tarde, sentimos los primeros relámpagos. Yo sentí que algo iba a ocurrir”. Una de las virtudes de los mamos es el poder que tienen para comunicarse con la naturaleza, con los árboles y los animales, creen que la vida del hombre se va transformando, es decir, que en algún momento los seres humanos fuimos árboles y también peces o tigres. Por eso tratan con respeto a la naturaleza.

Ramón Gil dijo que el impacto del rayo lo dejó aturdido, “casi ciego. Cuando la candela vino hacia mí, se me nubló la vista. Me levanté, me dio rabia y lo insulté (al rayo). A los pocos minutos solo hubo caos y el fuego se apoderó del lugar”. Algunos de los que se salvaron del impacto de la centella sobre la casa ceremonial, habían salido al baño o a buscar agua. Bernardo Gil, uno de los sobrevivientes, dijo que la descarga alzó los cuerpos y cuando cayeron estaban quemados. Después de que logró rescatar a varios de los heridos en medio del fuego, Bernardo bajó corriendo hasta Guachaca, corregimiento a cuatro horas de Kemakumake y viajó hasta Santa Marta, a 90 minutos en bus, para buscar ayuda y prestar auxilio a los que estaban más heridos. En su relato contó que cuatro murieron instantáneamente y los demás murieron bajo la intensa lluvia sin que nadie pudiera hacer nada por ellos; más por lo difícil que es ingresar al resguardo, que por la distancia.

Como Ramón escucha a la naturaleza, lo primero que hizo cuando tuvo contacto con los periodistas que subieron a Kemakumake, fue decir sin ninguna clase de miramiento que: “El trueno está pidiendo que le devuelvan a la naturaleza todo lo que el hermano menor se ha llevado. Yo le dije a la comunidad que el trueno está bravo, está cobrando el oro, el cuarzo, la madera, los animales y el agua”.

La antropóloga Clara Llanos dice que el trueno es un dios y para ellos las leyes de la naturaleza son sagradas, por eso “cuando el mamo Ramón dice que el trueno está bravo, es porque así lo siente y porque además tiene mucho poder, en muchos casos es como si fuera el llamado de atención del papá”.

El mamo Ramón Gil no es cualquier autoridad. Es hijo de Romualdo, quien a su vez fue también líder espiritual, inspector de policía, traductor de las lenguas koguis, Damana (Wiwa) y fundador de Ganawindua Tayrona. Habla perfectamente también el español y el Ika, Arhuaco.

El poder del trueno fue tan devastador que los cadáveres quedaron insepultos durante varios días, porque el mamo Ramón dijo que había que esperar a que “el trueno se llevara sus cuerpos”. Pero como el trueno se silenció y no regresó por los muertos, le devolvieron el respeto con un mensaje de paz al declarar campo santo el lugar y sepultar a los 11 muertos en el lugar donde cayó el rayo, a dos metros de profundidad, envueltos en túnicas blancas. 

“Vivimos para escuchar a la naturaleza y protegerla”, dijo el día del sepelio José Miguel Simungana, tío de Awimahu Gil. José Miguel no fue al sepelio porque dijo que la comunidad estaba a la espera de otra señal de la naturaleza.

Según David Gil, hijo del mamo, para los wiwas “un desastre natural se presenta porque empieza a haber un desequilibrio en el mundo entre el hombre y la naturaleza. Lo que estamos viendo es el comienzo, vendrán desastres peores”. Su padre también hizo un llamado para que los mamos de las cuatro etnias se reúnan, porque existe un inconformismo de la naturaleza por la falta de unidad espiritual entre las cuatro comunidades que habitan la Sierra Nevada, cada una está por su lado. Al respecto dijo: “Es fundamental elaborar una cuartilla en la que se sienten las bases de la forma de actuar de los hermanos menores y que se divulgue todo lo que han saqueado de la cuenca del río Guachaca”. 

Las etnias de la Sierra consideran a los no indígenas hermanos menores, dice la antropóloga Llanos. “Ellos sienten que somos menos evolucionados, que tienen más conocimientos y sabiduría en su manera de vivir y sobre todo en su manera de relacionarse con la naturaleza”.
Por eso, en sus declaraciones, el mamo fue insistente en pronosticar una guerra entre la naturaleza y la humanidad. “El hermano menor tendrá un choque muy fuerte”. Ramón Gil es fundador de pueblos, ha creado una frontera entre los colonos y los territorios ancestrales de los indígenas, ha recuperado tierras y viajado por el mundo mostrando la sabiduría que han aprendido gracias al respeto por la naturaleza.

Para las autoridades tradicionales indígenas, los hermanitos menores construyen ciudades, instalan luz eléctrica, construyen represas, taponan los ríos y todo lo hacen para convertirlo en comida, “pero están haciendo daño y el gobierno no consulta”. Una de las preocupaciones más angustiosas para ellos es el deshielo de los picos nevados. Su hijo David explica que: “siempre que sepultamos a alguien de nosotros lo ponemos mirando hacia los picos porque nuestras almas van a descansar en esos nevados”.

Algunas autoridades sugirieron colocar antenas pararrayos en cercanías de los pueblos dentro de los resguardos indígenas. El mamo Ramón las rechazó, pues dice que “enterrar antenas en la tierra es como poner clavos en la cabeza y tener clavos en la cabeza es estar muertos”. Por el contrario dice: “la tierra tiene varios espíritus como el de los árboles, el de las diferentes aguas, el de la tierra y el de nuestros padres. Tenemos que enseñar a los jóvenes, tenemos que respetar los sitios sagrados, tenemos que respetar los manantiales. Si se acaba el agua no se sabe cuántos días aguantemos, si hay agua viviremos. Los hermanitos menores deben dialogar con nosotros porque todavía tenemos poder y espíritu para defendernos, para curarnos, para dialogar y para gobernarnos”.

Relacionados

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.