Un pueblo en los campos.
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DW

En la plaza central de Mangar, una aldea de 2.000 habitantes cerca de la periferia sur de la capital india, Nueva Delhi, una charla con un grupo de hombres fumando cachimba nos conduce enseguida a la cuestión del desarrollo. "Nos gustaría que este fuera el nuevo Gurgaon", dice uno de ellos, refiriéndose a un ostentoso municipio cercano lleno de pisos residenciales de gran altura, centros comerciales y oficinas. Los demás asienten con la cabeza.

Sin embargo, esto no es probable que ocurra a corto plazo. En junio de 2016, tras años de peticiones y protestas de grupos ecologistas, el nuevo gobierno estatal de Haryana, bajo cuya administración también se encuentra Mangar, puso fin a cualquier tipo de construcción en el bosque de Mangar Bani, así como en una zona de protección de 500 metros a su alrededor.

A pesar de que suena como una victoria reñida, el área sigue siendo una fuente de discordia. Mangar Bani, situado en la Aravallis, una cordillera que se considera más antigua que el Himalaya, es una parcela virgen de bosques ancestrales que ha sido preservada durante siglos por los aldeanos que la consideran sagrada. (Vea: Nueva Delhi es la ciudad más contaminada del mundo)

En su centro se encuentra un templo para el santo local, Gudariya Das Baba, que también se considera sagrado, y quien según la tradición ordenó que nunca se cortara más que una ramita en las 677 hectáreas de arboleda. "No estoy seguro de si debería llamarlo religión o superstición”, dice Pradip Krishen, autor del libro "Trees of Delhi” (Árboles de Delhi). "Pero, en cualquier caso, parece que funciona. El bosque está intacto. Ni siquiera se les permite el paso a los animales de pastoreo”.

Anhelo de desarrollo

La zona de protección designada de 1.200 hectáreas, rodeando a Mangar Bani, es bosque. Y aunque la población local considera este bosque sagrado y lo protege, estaría feliz de ver esta tierra entregada a la industria y a la construcción de carreteras más amplias y edificios altos. Por su parte, los promotores inmobiliarios e inversores, que ven la oportunidad de mucho dinero, estarían dispuestos a ello.

Pero los ecologistas sostienen que la exuberante vegetación de la zona no solo desempeña un papel fundamental para mejorar la calidad del aire en Delhi, considerada una de las ciudades más contaminadas del mundo, sino que también ayuda a reponer los niveles de aguas subterráneas de la región.

"En general es cierto que a medida que nuestras ciudades se extienden para cubrir con cemento todo el suelo, se reducen las posibilidades de recarga del agua subterránea”, afirma Krishen. "La roca nativa del norte de la Aravallis es cuarcita, que es frágil y cristalina y no muy abundante, pero especialmente permeable, de modo que deja pasar el agua de la lluvia y recarga los acuíferos. Yo diría que es un ejemplo perfecto de una gran zona de recarga”, explica.

Una frágil victoria

El activista ambiental Chetan Agarwal se involucró enérgicamente en la protección del bosque tras leer el libro de Krishen sobre la flora de Mangar Bani. Es cautelosamente optimista acerca del futuro de la codiciada zona boscosa. "En la conservación dicen que todas las victorias son temporales, pero las pérdidas son permanentes”.

Para los hombres reunidos en la plaza del pueblo de Mangar, la cuestión de la victoria versus la pérdida difícilmente podría ser más pertinente. Es un día laborable, pero no tienen trabajo. Mientras se pasan tranquilamente la pipa, lamentan un fallo de la Corte Suprema, que en 2002 prohibió la minería de construcción debido a preocupaciones ambientales, y que según dicen arruinó su fuente de ingresos.

Imágenes tomadas durante un período de varios años muestran una profunda fosa, vacía. Aunque carente de agua durante la época de la minería, este pozo comenzó a llenarse de nuevo una vez que se detuvo la explotación de las canteras. La vegetación en el área también ha vuelto a crecer – un éxito en la conservación.

La tenencia de tierras en litigio plantea preguntas

Pero para Rajveer, un hombre de cuarenta años que viste una camisa amarilla brillante, esto carece de sentido. "Estoy desempleado desde que se prohibió la minería. Mis ingresos sufrieron un gran impacto”, afirma.

Por aquel entonces trabajaba como conductor en las canteras de piedra, empleando a otros para cargar y descargar su camión, quienes, como él, ahora se enfrentan a un futuro incierto. La decisión, tomada en junio por el gobierno, de prohibir la construcción en la zona, ha agravado aún más esta incertidumbre. "La tierra y el bosque pertenecen a la gente de aquí. El gobierno debería confiarnos su gestión”, exclama.

También el Panchayat, o comité del pueblo, asegura que es propietario de las tierras y que su repartición individual – que tuvo lugar hace décadas y permitió a los inversores privados comprar parcelas – fue ilegal.

Ahora, los miembros del comité pretenden invertir el proceso, y si es necesario tomando incluso medidas legales, ya que la tierra sigue en manos de los especuladores. Si un gobierno futuro decide conducir la expansión de progreso del país, los habitantes no podrían reclamar el bosque sagrado como propio para su conservación.

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