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Montar sobre las olas con una tabla de surf, navegar, pasear por playas desiertas: los seres humanos aman el mar. Pero, a pesar de eso, no lo tratan para nada bien. Aquí les contamos cuáles son los cinco peores peligros que amenazan a los océanos del planeta.

Sobrepesca

Los peces y los mariscos son una fuente sana de alimento. En todo el mundo, sobre todo en los países en vías de desarrollo, muchas personas dependen de esa fuente de proteínas para sobrevivir. Antiguamente, la humanidad solo pescaba lo que la naturaleza podía darle. Pero ese equilibrio ha desaparecido.

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), en 2015 se pescaron más de 81 millones de toneladas de pescado y mariscos, un aumento del 1,7% en comparación con 2014. En todo el mundo, más del 75% de las especies con valor comercial están afectadas por la sobrepesca, y más del 50% de los recursos pesqueros han llegado a su límite máximo de explotación.

Los grandes países pesqueros fueron en 2015 China, Indonesia y EE. UU. Un 80% del contingente mundial de peces y mariscos ha sido atrapado por 23 países, la mayoría de ellos, industrializados.

La piscicultura fue durante un largo tiempo una solución a este problema. Pero se ha constatado que, en realidad, lo empeora. Paradójicamente, la cría industrial de peces, por ejemplo, en grandes instalaciones llamadas piscifactorías, necesita enormes cantidades de peces y mariscos para alimentar a los peces cautivos. Además, ensucia las aguas debido a los excrementos de los peces y a los medicamentos utilizados para su cría.

Lo que podría ayudar en este caso serían cuotas pesqueras rigurosas y un mejor manejo de los recursos pesqueros. Si se los deja descansar, los contingentes de peces pueden recuperarse. Y por supuesto: los consumidores deben tener en cuenta de que la conciencia acerca de la cantidad de peces y de las especies que come influyen en que no desaparezcan tan rápidamente.

Acidificación de los mares

Las emisiones de CO2 se han cuadruplicado desde el inicio de la era industrial. Sin embargo, la concentración de CO2 en la atmósfera aumentó solo en un 40%, ya que los océanos absorben ese gas tóxico, que se disuelve en el agua. De ese modo, el mar frena la velocidad del cambio climático. Pero eso también tiene su precio.

Al disolverse el CO2, se produce ácido carbónico, es decir, que el agua del mar se vuelve ácida porque baja su pH o concentración de hidrógeno. En 1870, el Ph del agua de mar era de 8,2. Actualmente, es de 8,1, y se espera que en 2100 se reduzca hasta 7,7. Eso significa que la cantidad de ácido en el agua habrá aumentado en 2100 en un 150%. Muchos animales marinos, sobre todo los más pequeños, no podrán sobrevivir.

Un futuro de plomo

Los mares no solo almacenan CO2, sino también calor. Según estimaciones, absorben el 93% del calor producido por las emisiones de CO2. Eso se traduce en un aumento de la temperatura de las aguas. Entre 1900 y 2008, la temperatura de la superficie marina del planeta aumentó en promedio 0,62 grados centígrados. En algunas zonas del Mar de China, hasta 2,1 grados centígrados. Eso representa un gran problema para los corales, animales que poseen un esqueleto calcáreo, en cuyo interior se anidan algas (protozoos) que viven a base de fotosíntesis. Si el agua es muy caliente, los corales expulsan a sus algas y luego mueren. Ese proceso se llama “decoloración del coral”. Ya un 75% de la Gran Barrera de Coral de Australia ha desaparecido bajo estas circunstancias. Lo único que podría solucionar a mantener los océanos a una temperatura normal es la reducción de las emisiones de CO2 en todo el mundo. Además, se está investigando cómo criar corales que puedan resistir temperaturas más altas.

Plástico, basura y más plástico

Durante mucho tiempo, los mares del mundo recibieron las incontables toneladas de basura de la navegación, los cruceros turísticos y las ciudades costeras. Y aunque la conciencia de la humanidad acerca de ese gran problema ha mejorado un poco, todavía los océanos siguen recibiendo enormes cantidades de desechos.

Las corrientes marinas llevan consigo cinco remolinos gigantes de millones de piezas de plástico y otros residuos. Miden aproximadamente entre 700.000 y 15 millones de kilómetros cuadrados.

Un 99% de esos desechos, sin embargo, no son atrapados por las corrientes, sino que van a parar a las costas y ponen en peligro la vida de aves marinas, tortugas de mar y otros animales. Una gran parte de la basura marina se disuelve en micropartículas, que se depositan en el fondo del mar, o sobre el hielo de los mares en el Ártico y en la Antártida.

A eso se suman el nitrato y el fosfato de los criaderos de animales, que desembocan en el mar a través de los ríos y son alimento de algas que luego mueren y son disueltas por las bacterias. Así se reduce el contenido de oxígeno en el mar, formándose “zonas muertas” donde ya nada puede desarrollarse ni crecer.

Otro problema de gran envergadura son los residuos industriales, con los cuales peligrosas sustancias químicas y metales como plomo y mercurio llegan a los océanos, pasando a formar parte, a través de la cadena alimentaria, de la carne de ballenas y tiburones.

Ya hay planes para detener las montañas de basura marina: la fundación holandesa “The Ocean Cleanup” comenzará en 2018 a retirar desechos plásticos del gran remolino en el Pacífico con un equipo especialmente desarrollado para ese fin. Asimismo, se necesitan leyes que frenen el consumo de plástico y el tratamiento de las aguas residuales.

Riqueza marina: el mangano y otros metales

Como si esto fuera poco, a los océanos les espera otro acto de piratería humana. En las profundidades marinas yacen riquezas minerales como el manganeso y las rocas de hierro e hidróxido de manganeso, con los que se pueden realizar aleaciones de metales, usadas, sobre todo, en la producción de acero inoxidable. Según cálculos, hay más de 7.000 millones de toneladas de manganeso en el fondo del mar, más que en la tierra. Muchos países ya presentaron reclamos sobre zonas marinas para poder empezar a explotarlas. Los mares del mundo también albergan otros metales valiosos, como el níquel, el talio y las tierras raras.

La explotación minera submarina podría no solo provocar la mutación de especies, sino poner en grave peligro el sensible ecosistema de los océanos. Lo único que podría detener este desarrollo son prohibiciones generalizadas o, al menos, leyes más estrictas que regulen la minería en el fondo del mar.

Si quiere conocer más sobre la situación de los océanos, no se pierda el estreno de LA ODISEA en las salas de cine colombianas este noviembre.

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