Gracias a la invitación de la sociedad Audubon y el Fondo Patrimonio Natural, tuvimos la oportunidad de pasar cinco días conociendo la Ruta de Aviturismo del Norte de Colombia (Northern Colombia Birding Trail). Lo hicimos en compañía de exploradores y pajareros serios, algunos de los cuales se dan el lujo de vivir de organizar viajes,  tomar fotos y antojar a otros de conocer el inmenso mundo de las aves. De la experiencia quedaron cuatro importantes lecciones. (Vea también: Todos podemos ser observadores de aves)

1. La observación de pájaros no es tan intimidante como parece

Cualquier viaje que necesite más de una página de instrucciones para empacar lo pone a uno nervioso. No colores brillantes. Ni blanco.  Ni ropa que suene al caminar. Resultaba además aterrador correr el riesgo de ser quien con un estornudo espantó al ave endémica que un ornitólogo lleva toda una vida esperando para ver. Un lifer, que le llaman. Casi se hacen necesarios antihistamínicos preventivos.

Resulta que con los pajareros pasa lo mismo que con las estrellas del rock, los gurús espirituales y los políticos: quienes rodean al personaje son más papistas que el papa. Las estrellas de la observación de pajareros que conocí son frescas, conversan mientras buscan pájaros, visten muy cómodamente pero no disfrazados de Tintín en el Congo.  Cuentan chistes mientras caminan con cámaras, binoculares y hasta telescopios en mano. Así que lo normal es caminar poco pero de manera precisa, escuchando y mirando para percibir cualquier evidencia de la presencia de un ave. Eso sí, son competitivos y llevan sus registros religiosamente, recurriendo a aplicaciones como eBird para hacer públicos sus avistamientos y hallazgos.

2. El talento sobrenatural es cuestión de experiencia

Sin que el amateur entienda, los observadores empiezan a llamar como si se estuviera jugando una partida de lotería de las aves: “¡tangara! ¡tangara lacrada! ¡hembra!” Como quien se ríe sin entender el chiste, el amateur da vueltas visuales con los binoculares sin siquiera tener claro qué busca. Por momentos, parece que los expertos tienen dotes sobrenaturales. Con los días, un par de clases de uso de binoculares y bastante información, la situación va mejorando.

George Armistead, autor del libro Better Birding (algo así como Pajarear Mejor), describe el proceso: “Si estás en una cafetería a media mañana, podrías distinguir un amigo con tan solo ver su perfil o su mochila u oir el tono de su celular. La hora, el local y lo que está pidiendo te permiten ir eliminando a otras personas: la prima está en el trabajo a kilómetros de distancia, el jefe tiene el celular en vibración, la tía nunca usa zapatos planos… lo mismo sucede con los pájaros. Su canto, su silueta, el árbol sobre el que está parado y la hora del día permiten eliminar opciones para identificar el ave. Después se confirma la identificación visualmente.”

(Vea también: Resuelven el misterio del color rojo en las aves)

3. No es solo sobre pájaros. También se trata de oportunidades

Pedirles por favorcito a los habitantes de Camarones, La Guajira, que conserven la laguna de Flamencos y que no cacen a las aves que migran anualmente hacia allá resulta inútil si no se ofrecen alternativas de subsistencia. Por eso, el proyecto de Audubon y Patrimonio Natural se inició con las personas y no con las aves. Durante más de un año trabajaron para identificar líderes comunitarios y ofrecerles ocho meses de cursos de inglés, ornitología y servicios turísticos. El resultado es sorprendente: afrocolombianos e indígenas wayuus que consumían rutinariamente aves endémicas ahora trabajan con sus comunidades para conservarlas y ofrecen atención turística de talla internacional en inglés. En los dos días que estuvimos en Camarones hubo siete tours de estadounidenses mayores, ellos sí ataviados como Tintín en el Congo, guiados por los locales entrenados por el programa.

4. Para ganar hay que invertir

El Servicio de Pesca y Vida Silvestre de Estados Unidos calcula que en 2011 los norteamericanos  gastaron en avistamiento de vida silvestre alrededor de 55 millones de dólares, sin contar la pesca y la cacería. Los europeos, particularmente los británicos, son especialmente aficionados.  Colombia es el país con mayor diversidad de aves del mundo, por lo que un buen pedazo del pastel del turismo de naturaleza puede ser para las comunidades colombianas que viven en los lugares más hermosos y aislados de nuestro país, incluyendo los Parques Nacionales Naturales.  Para lograrlo son necesarias inversiones en capacitación, infraestructura turística y promoción de nuestros recursos naturales.

Los riesgos para la naturaleza de nuestro país, incluso la protegida, son muchos. Durante nuestra visita se registró un tremendo incendio forestal en el cerro Kennedy de la Sierra Nevada de Santa Marta. Para apagarlo funcionarios y voluntarios de los parques y la reserva vecina tenían un par de hachas para hacerle un cerco al fuego. Antes de que llegara el apoyo del Ejército, el incendio devoró más de 130 hectáreas del bosque de niebla que le da su único hogar al periquito de Santa Marta, una de las especies más amenazadas del país. 

Entre sus estrategias, ProColombia impulsa el turismo de naturaleza como el futuro. Pero no se trata solo de decirlo. Para que Colombia siga siendo país de aves es necesario que los empresarios y las comunidades se beneficien de la conservación en el corto plazo, no en el futuro incierto.

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