A principios de 2016, los bogotanos que no salieron de vacaciones vieron cómo la ciudad se llenaba de un espeso humo gris que bajaba de las montañas. El intenso calor había provocado un incendio en el barrio Aguas Claras de la localidad de San Cristóbal, en el suroriente de Bogotá. Debido a la presencia de especies como pinos y eucaliptos, que son altamente combustibles, y con la ayuda de fuertes vientos, en cuestión de horas el fuego consumió 157 hectáreas en esta zona de la capital.

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Entre las principales damnificadas de esta tragedia ambiental estuvieron las pavas andinas, unas aves típicas de estos ecosistemas montañosos que cumplen una importante función dentro de ellos como dispersoras de semillas. Aunque desde mucho tiempo atrás esta especie había estado bajo amenaza por cuenta de la caza furtiva y la transformación de su hábitat, los pocos ejemplares que aún resistían en esa zona prácticamente desaparecieron tras el incendio.

Por eso es tan importante el avistamiento que realizaron esta semana algunos funcionarios del Jardín Botánico de Bogotá en una de las áreas piloto de restauración ecológica que se establecieron luego de la conflagración. En el Cerro El Aguanoso, donde entre agosto y diciembre del año pasado se sembraron 3.913 árboles de especies nativas como Encenillo, Gaque, Canelo de Páramo, Raque, Tuno, Siete Cueros, Laurel de Cera, entre otros, aparecieron siete individuos de pavas adultas de aproximadamente 60 centímetros de altura y más de un metro de envergadura.

Según explica el Jardín Botánico “este avistamiento es de gran importancia para Bogotá, ya que podemos indicar que estás áreas están volviendo a cumplir su función de conectividad y componente ecológico principal. El regreso de las pavas a los Cerros Orientales debe verse como el triunfo de los procesos de restauración ecológica, las áreas protegidas y la resiliencia propia del ecosistema”.

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Las pavas juegan un papel fundamental en el funcionamiento de los bosques, ya que se alimentan de frutos grandes de más de un centímetro de diámetro, cuyos árboles suelen ser de lento crecimiento y maderas duras. Al consumir los frutos ayudan a dispersar sus semillas de dos maneras: regurgitando y arrojándolas en sus excrementos, con lo que ayudan a repoblar el ecosistema.

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