El Distrito, la Gobernación de Cundinamarca y la CAR anunciaron que, luego de años de intentos, lograron un acuerdo para juntar los 4,5 billones de pesos necesarios para construir la planta de tratamiento de aguas de Canoas, en Soacha. La noticia es clave para el propósito de descontaminar al río Bogotá y es, además, una antigua deuda que la ciudad tiene con este. Pero para entender la importancia de la obra es necesario comprender la relación que tienen la ciudad y su río.

En el límite con Cota, el río Bogotá sigue vivo. En las inmediaciones del Club Pueblo Viejo, donde comienza su tránsito por la ciudad, pescan y hasta sacan cangrejos para hacer cocteles. Pero apenas empieza a recibir la descarga de la actividad humana de una urbe de 8 millones de habitantes, el río muere. Solo en esos 68 kilómetros, de los 308 por los que se extiende, capta el 80 por ciento de sus contaminantes.

El primer gran golpe lo recibe en la desembocadura del río Salitre. Antes de llegar a ese punto, en Suba, el agua del río clasifica en la categoría IV: no es la más pura, pero alberga vida y se puede usar con fines agrícolas, para regar cultivos, por ejemplo. Pero en esa unión recoge las aguas residuales de 2,5 millones de habitantes del norte de la ciudad y pasa a la categoría VIII, la peor posible. Ya no hay peces ni vida macrobiótica. Aparecen los olores fétidos y el agua se tiñe de negro. Los desechos orgánicos (las heces, sobre todo) consumen el oxígeno durante su proceso de descomposición y dejan su nivel de concentración en ceros. Con ese indicador se puede decretar la muerte instantánea del río.

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Y en este punto también se aplica la única herramienta de peso para descontaminar el río durante su tránsito por la capital. Allí funciona la Planta de Tratamiento de Aguas Residuales (PTAR) Salitre, encargada de eliminar los desechos que se producen entre la calle 26 y la 220. Sin embargo, su labor es insuficiente. De los 15 metros cúbicos de aguas residuales que la ciudad le arroja a su río a cada segundo, esa planta solo alcanza a tratar cuatro. Además, el proceso que allí se aplica es primario: remueve el 40 por ciento de la materia orgánica y el 60 por ciento de los sólidos suspendidos en el agua, según datos del Acueducto de Bogotá.

Para que el tratamiento sea más eficiente, la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca (CAR) contrató la expansión de la planta. Actualmente, la PTAR Salitre está en proceso de ampliación para aumentar su capacidad y que el tratamiento que se le aplique allí al río sea más profundo y efectivo. Las obras arrancaron pero no han estado exentas de contradictores que, en esencia, argumentan que la obra afectaría al humedal El Cortijo. Pero las fallas en la limpieza del agua no son exclusivas de Bogotá. De los 47 municipios cercanos al río, solo 22 tienen planta.

El segundo gran golpe lo recibe el río en Fontibón, cuando las aguas del Fucha se vierten en su cauce con todos los desechos que recoge ese afluente, sobre todo en su paso por la zona industrial de Puente Aranda. En el lugar de la desembocadura se ven unas pequeñas burbujas que estallan sobre la superficie y hacen pensar que hay oxígeno disuelto en el agua. Pero explican los técnicos de la CAR, ese es el efecto de toneladas de detergente usadas en los hogares bogotanos.

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El recorrido continúa en el mismo sentido que avanza la corriente y una imagen se vuelve constante: la de los tubos que vierten los desechos líquidos y grises de fábricas y fincas aledañas. A lo largo del trayecto también se observan los residuos sólidos que se arrojan sin mesura. Hasta sofás y piezas de vehículos han encontrado allí. La CAR (que tiene un presupuesto anual de 700.000 millones de pesos para descontaminar el río) calcula que ha extraído alrededor de 6 millones de toneladas de basura, desde que, en 2004, el Tribunal de Cundinamarca dio la orden de descontaminar ese cuerpo de agua, en un fallo que fue ratificado por el Consejo de Estado, nueve años después.

Antes de llegar a Soacha, el río recibe el último golpe en su paso por Bogotá. La desembocadura del Tunjuelo se advierte porque el olor fétido se intensifica. Allí se descargan los residuos de las actividades industriales del sur. Las aguas terminan su tránsito por Bogotá en estado crítico.

Un par de kilómetros al sur, ya en Soacha, está vacío el predio donde debería ubicarse la PTAR Canoas, la que podría devolverle la vida al río. Este lunes, finalmente, la Alcaldía, la Gobernación y la CAR anunciaron haberse puesto de acuerdo en el eterno obstáculo para la construcción de esa obra: su multimillonaria financiación. El Distrito pondrá 2,94 billones de pesos, mientras que la CAR aportará 1,5 billones y el Departamento, 61.000 millones.

Con ese se construirá la planta, que será una de las más grandes del mundo en su tipo y donde se tratarán 16 metros cúbicos de agua por segundo. Esta obra se integrará a los interceptores de Tunjuelo Canoas, que son otra deuda del Distrito.

Esos túneles son los encargados de tomar el agua del río Tunjuelo y, por debajo de tierra, llevarla hasta la planta de tratamiento de Canoas. Así evitan que desemboque en el río Bogotá y se mezcle con el agua contaminada. Esa obra fue construida casi en su totalidad por el consorcio conformado por Odebrecht y una compañía de la familia Solarte. Según la Fiscalía, la multinacional brasileña repartió sobornos que llegaron hasta los hermanos Moreno Rojas para quedarse con la obra.

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El punto es que para que la obra estuviera completa era necesario construir una estación que elevara el agua desde la profundidad del túnel hasta la superficie, donde está la planta. Pero eso no se hizo en su momento. Es un pendiente por entregar del Acueducto, sin el cual la PTAR no funcionaría como debe hacerlo.

Si estos planes se cumplen para 2024, como lo anunciaron las administraciones y la CAR, la planta del Salitre se encargaría de dejar en condiciones aceptables las aguas del río que lleva su mismo nombre, antes de que desemboquen en el Bogotá. Y la planta de Canoas haría lo propio con el río Fucha y el Tunjuelo.

Eso implicaría un salto de calidad del río que hoy, cuando sale de la ciudad, no tiene oxígeno disuelto en sus aguas y, por ende, está muerto. Y en ese estado llega hasta su desembocadura. En Girardot, las aguas del Magdalena reciben las del Bogotá, su mayor contaminante. Los residuos de la ciudad terminan expandiéndose por media Colombia. La mancha negra del Bogotá se expande por el gran río que atraviesa el país desde su nacimiento en el Macizo caucano hasta su puerto final en Atlántico. En últimas, la PTAR Canoas es una deuda de la capital con todo el país.

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