En un parque público de Bogotá, en promedio 40 perros salen dos veces al día para correr, jugar y defecar. Según el último censo de la población canina realizado en Bogotá, 700.000 perros defecan a diario en parques y zonas públicas. Pero a pesar del sinnúmero de campañas se puede constatar que muchos de los propietarios o paseadores no recogen las excretas de estos animales. 

En otras latitudes la problemática es parecida. De acuerdo con la periodista ambiental Susan Freinkel, los 83 millones de perros que viven en Estados Unidos producen al año más de 10 millones de toneladas de excremento, una cifra que alcanzaría para atiborrar de estiércol 900 estadios de fútbol. 

A pesar del gran volumen de excremento, su impacto ambiental fue desconocido por décadas. No fue sino hasta que los científicos lograron determinar el origen de bacterias fecales en las fuentes hídricas mediante pruebas de ADN, que se prendieron las alarmas.  

De acuerdo con un estudio de la Universidad Estatal Politécnica de California, al menos el 10 por ciento de la E. coli (bacteria del sistema digestivo) presente en fuentes de agua es debido al popó de los perros. Y según el Centro para el Control de Enfermedades de Estados Unidos (CDC) el 12 por ciento de los niños estadounidenses se han infectado del parásito gastrointestinal Toxocara por contacto con excretas de perro. 

Mientras tanto, en Colombia un estudio realizado en la Universidad del Valle logró determinar que dentro de la transmisión de parásitos patógenos, a través del agua para consumo humano, están involucradas las excretas de perros y otros animales. Otros estudios realizados en la Universidad Nacional de Colombia y en la Universidad de la Salle han concluido que las excretas de un perro pueden transmitir parásitos y bacterias, como E. coli, Giardia y Salmonella, que ponen en riesgo la salud pública. 

La necesidad de recoger estos excrementos es evidente y el interés del público, respecto al tema, crece continuamente. Hasta tal punto que en Estados Unidos existe una organización, Asociación de Profesionales Especialistas en Desechos Animales (APAWS), dedicada a capacitar a los recolectores de excrementos y a generar conciencia pública sobre esta problemática. 

En Colombia estas organizaciones no existe a pesar de que la legislación colombiana es clara en la obligación que tienen propietarios o tenedores de perros de recoger los excrementos. A pesar de que aún muchas personas incumplen esta medida, la ley 746 de 2002 prohíbe dejar deposiciones fecales de caninos en vías públicas y parques. Recientemente, el gobierno de Bogotá estableció un comparendo ambiental de 205.000 pesos a todo aquel que no recoja los excrementos de su mascota.

Sobre el tema se han logrado avances. Algunos parques de Bogotá como en el barrio La Cabrera o La Bella Suiza están provistos con dispensadores de bolsas plásticas para recoger los desechos de los perros. Incluso en algunos conjuntos residenciales de la ciudad han establecido sitios especiales para que los perros hagan sus necesidades. 

Las soluciones planteadas ante esta problemática van más allá de reglamentaciones y comparendos ambientales. En Australia, la iniciativa Poo Power! ha desarrollado una aplicación para teléfonos celulares con la cual es posible reportar la presencia de una excreta de perro en cualquier parque del país. Esta idea, apoyada por el gobierno australiano y la empresa de aguas de Melbourne, busca además diseñar un sistema para generar biogás a partir de los excrementos de las mascotas y de esta forma iluminar parques públicos. 

Una idea sostenible que podría replicarse en nuestro país no solo para hacer una adecuada disposición de estos desechos tóxicos, sino también para cubrir parte de la demanda de electricidad de nuestras ciudades. 

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