| 2013/12/01

El desfile de la riqueza

En muchas poblaciones el desarrollo no se ve a pesar de que duermen sobre grandes reservas de oro, carbón o níquel. El modelo minero podría explicar la razón de esta paradoja. Luis Álvaro Pardo, Guillermo Rudas y Jorge Enrique Espitia analizan este tema.

Guillermo Rudas, Jorge Enrique Rojas y Luis Álvaro Pardo.
Guillermo Rudas, Jorge Enrique Rojas y Luis Álvaro Pardo.

Mario Tangarife ha sido minero toda la vida. Empezó a trabajar en La Fenicia, un socavón propiedad de su padre, cuando tenía 11 años, en 1980. Movía carga, molía y picaba la piedra en busca de alguna pepita de oro. Aunque sus herramientas eran más pequeñas –hechas a la medida–, arañaban bien las paredes de aquella mina ubicada a 30 metros de la antigua plaza de Marmato.

El oro hace parte de su ADN y por eso dice que siempre será minero. Lo mismo piensan otros 3.000 marmateños que se dedican a la explotación artesanal. En ese pueblo al noroccidente de Caldas no se sabe vivir de otra forma. El mineral se extrae desde antes de que llegaran los soldados del mariscal Jorge Robledo a fundarlo en 1536.

El oro y la plata siguen ahí. Dicen que el cerro del Burro aún resguarda grandes tesoros. No en vano la canadiense Gran Colombia Gold lleva años en la zona y los guacheros (como se conoce a los mineros artesanales) se resisten a dejar de internarse en las minas que consideran suyas por derecho propio, pues han trabajado en esas tierras hace décadas, como lo hicieron sus antepasados.

Marmato es uno de los municipios que más producen oro y plata de Colombia: 1,3 toneladas y 2,5 toneladas al año, respectivamente. Según estas cifras es un pueblo de gran riqueza, pero sus calles y precaria infraestructura no muestran un lugar próspero. “El pueblo se dividió en dos debido a una avalancha. En la parte alta vive la mayoría de los mineros, pues los socavones están allá, y todavía queda la alcaldía. Abajo, en El Llano, está el comercio y un centro de salud. Vivimos encima de oro, pero no tenemos carreteras, ni servicios de salud decentes”, dice Mario. Y se pregunta: “¿Dónde están las regalías por el oro y la plata? ¿Cuál es la riqueza que trae la minería?”.

A 800 kilómetros al norte de Marmato, Norman Arias se pregunta lo mismo y alborota a sus vecinos de la vereda Boquerón, municipio de La Jagua (Cesar). “La minería lo único que trae son maldiciones. Acá dormimos sobre carbón, uno de los mejores del mundo, pero no sirve de nada. Pasan los días y los años y somos cada vez más pobres”, afirma con su dejo costeño.

Norman vive hace más de 30 años en Boquerón, muy cerca de las minas Calenturitas, que pertenece a Prodeco; El Hatillo y La Francia, de CNR, y el Descanso Norte y Pribbenow, de Drummond. En otras palabras, su casa está justo en el lugar de donde se saca 50 por ciento de la producción carbonífera de Colombia.

Aunque no es minero, vive de esa industria. Se rebusca la vida transportando trabajadores y visitantes a las minas, y también hace las veces de mensajero. La camioneta que maneja no es de él y recorre una ruta pirata. “Así digan que hay grandes multinacionales no hay trabajo para todos. No soy desagradecido, pero es que cuando veo esos camiones sacando cantidades de carbón, pienso que ojalá parte de lo que pagan en otros países llegara a estos pueblos”.

Mario Tangarife y Norman Arias presencian a diario el desfile de la riqueza. Pasa el oro y el carbón, pero dicen que poco queda en Marmato y Boquerón. En esto coinciden los expertos Guillermo Rudas Lleras, Jorge Enrique Espitia Zamora y Álvaro Pardo, que analizaron este fenómeno y realizaron una investigación publicada por la Contraloría.

Al tratar de responder las preguntas de Mario y Norman, los funcionarios señalan que la riqueza no se ve porque el modelo minero actual estimula el desorden institucional, hace que las regalías terminen malgastadas, frena el desarrollo de las poblaciones mineras y las hace perder sus recursos económicos.

Frente al último punto concuerdan en que Colombia, junto con Chile y Perú, tiene los niveles más bajos de participación del Estado en las rentas del sector minero. En los últimos 20 años por cada dólar aportado al PIB por la minería y los hidrocarburos, el Estado solo percibió ingresos fiscales de menos de 16 centavos.

A pesar de que el país tiene uno de los impuestos de renta más altos de América Latina (33 por ciento), en la práctica las empresas mineras pagaron una tasa efectiva de 10 por ciento entre 2007 y 2010. Y en 2011 fue de 15 por ciento. Para Guillermo Rudas, “al Estado parece no preocuparle dejar de recibir dinero”. El investigador se refiere al hecho de que entre 2005 y 2010 las mineras cancelaron en promedio 878 mil millones de pesos anuales por impuesto a la renta, pero en ese mismo período recibieron deducciones y exenciones por 1,78 billones de pesos. Esto significa que por cada 100 pesos pagados se le descontaron más de 200.

Para Espitia, esta no es una falla de las empresas, sino del mismo Gobierno al tomar decisiones de corto plazo y sin pensar en las comunidades donde se desarrolla la minería. Otro de los casos por donde el país está perdiendo recursos tiene que ver con la deducción de regalías en terrenos reconocidos a particulares. Desde 2001, varias empresas gozan de ese privilegio y pagan menos regalías (por debajo de 10 por ciento en carbón y 4 por ciento en oro y plata, establecidos en la Ley 141 de 1994). La Corte Constitucional ha pedido en dos oportunidades al Ministerio de Minas imponer los mismos porcentajes y quitarles los descuentos. La Procuraduría también llamó la atención en ese sentido, al señalar que el hecho generador de la regalía no es la propiedad, sino la explotación. Según Álvaro Pardo, por este concepto el país ha dejado de recibir 12 billones de pesos y agrega: “Lo que están pagando las mineras en regalías se los devolvemos con ganancias en deducciones del impuesto de renta. Esto no pasa en ningún otro sector de la economía”.

¿Y la bonanza?

Entre 2000 y 2012 se marcaron récords en el precio de la onza de oro. En ese período las cotizaciones pasaron de 279 dólares a 1.668 dólares, principalmente, porque se volvió la inversión más segura luego de la crisis del sistema financiero en Estados Unidos de 2008. Los guacheros de Marmato vivieron y disfrutaron de esta bonanza, pero como dice Mario Tangarife, fue flor de un día, pues a medida que recibían más dinero por el oro que sacaban, así mismo lo gastaban. “El minero artesanal no piensa en el futuro. Sabe que tiene la mina cerca y cuando le hace falta la plata va y se mete a buscar oro una o dos noches. Esa es la historia de siempre”, dice Mario.

Pero si los guacheros le sacaron jugo a la bonanza de los últimos años, poco se vio en las arcas del Estado. Las regalías no aumentaron simplemente porque tienen tasas fijas y estas crecen a medida que aumenta la producción, no los precios. Por ello, los investigadores plantean establecer esquemas de tasas de regalías incrementales en proporción al crecimiento de las cotizaciones, permitiendo que las rentas extraordinarias en bonanza se distribuyan equitativamente entre el Estado y los operadores particulares, y no en proporciones tan bajas como las que rigen hoy en el país.

Estos esquemas ya están inventados, pues se aplican con éxito en otras partes del mundo. En 2005, en Chile se estableció el royalty, una regalía que paga la minería en épocas de buenos precios. Bolivia también tiene un mecanismo similar. Sin embargo, Álvaro Pardo señala que Colombia va en contravía, ya que aplica cada vez más descuentos y exenciones, “por ejemplo, en 2008 tumbó el impuesto a las remesas de utilidades. Mientras que en Chile, las empresas deben pagar 34 pesos por cada 100 que vayan a enviar a sus casas matriz, acá no se paga nada”.

Mario Tangarife y Norman Arias ya entienden por qué en Marmato y Boquerón se ve poco la riqueza. Ahora se preguntan, ¿hasta cuándo?

Las tareas pendientes

En su investigación, Guillermo Rudas, Jorge Espitia y Álvaro Pardo dejan claro que no están en contra de la minería, sino de la forma en que se está haciendo en detrimento del Estado y de las zonas de operación. Por ello, proponen hacer un alto en el camino y definir mejores condiciones. Aparte de un nuevo esquema de regalías y suspender toda clase de exenciones y deducciones al sector minero, plantean establecer, para las empresas y los proyectos que se encuentran en la fase exploratoria, condiciones de tributación diferentes de las que se aplican en etapa de explotación y en la renovación de contratos.

 

Los investigadores

Guillermo Rudas Lleras

Economista de la Universidad Externado de Colombia y magíster en Economía Ambiental y de Recursos Naturales del University College London. Se ha desempeñado como investigador y consultor en medioambiente, con énfasis en instrumentos económicos y financieros de la política ambiental.

Jorge Enrique Espitia Zamora

Economista de la Universidad Nacional e ingeniero electricista de la Escuela Colombiana de Ingeniería. Tiene una especialización en Teoría y Política Económica de la Universidad Nacional, una maestría en Políticas Públicas de la Universidad Pompeu Fabra y otra en Hacienda Pública de la Universidad de Barcelona. Desde hace 20 años trabaja en la Contraloría General de la República.

Luis Álvaro Pardo Becerra

Economista egresado de la Universidad Nacional con conocimientos en derecho minero y conflictos socio-ambientales. Ha trabajado como asesor externo de varias compañías mineras en Colombia, director técnico de minas en el Ministerio de Minas y Energía e investigador independiente.

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