En octubre del 2004 mientras la bióloga Wangari Maathai sembraba un árbol más en las extensas tundras kenianas, en Oslo (Noruega) se anunciaba que esta mujer nacida en 1940 era la receptora del Premio Nobel de la Paz de ese año. Una lucha que combinaba la defensa del medioambiente, el feminismo y los derechos humanos, era la principal razón para que los encargados de la elección del ganador eligieran a esta keniana sobre reconocidas figuras políticas como Jacques Chirac, el exprimer ministro británico Tony Blair, el Papa Juan Pablo II, entre otros 194 candidatos.

La valiente oposición de Maathai frente a un régimen opresor keniano la puso en el mapa. Sin embargo, el liderazgo medioambiental de esta mujer fue clave para la elección. El día que recibió el galardón dejó esto en claro cuando en su discurso de aceptación señaló que “la industria y las instituciones internacionales deben comprender que la justicia económica, la equidad y la integridad ecológica valen más que los beneficios a toda costa”.

A pesar de que no padeció severamente las dificultades de la población más pobre del continente africano, siempre tuvo en mente que su lucha, cimentada en el desarrollo sostenible, debía tener como principal foco a los más desfavorecidos. En un colegió de monjas logro cursar primaria y bachillerato y gracias a una beca, que obtuvo por su alto desempeño académico, estudió biología en los Estados Unidos.

Con una visión de mundo de avanzada regresó a su país en 1969 luego de cursar un doctorado en Múnich (Alemania), esto la llevó a convertirse en la primera mujer de África Oriental en obtener un doctorado, ese mismo año recaló en la Universidad de Nairobi como profesora adjunta y desde allí emprendió una cruzada por la libertad de cátedra.

Como suele ocurrir en este tipo de casos el activismo se volvió una parte fundamental en su vida y se enlistó en la Asociación de Mujeres Universitarias, donde inició una lucha por la equidad salarial entre hombres y mujeres. Allí conoció a muchas mujeres del campo y a través de ellas conoció de los problemas ambientales de su país: inseguridad alimentaria, malnutrición; falta de agua, de leña y de ingresos.

Ante estos problemas surgió una idea que se materializaría en el Movimiento Cinturón Verde (GBM, en sus siglas en inglés), El proyecto consistía en proveer a las mujeres del campo de semillas para que estas las plantaran, un trabajo que inició en terrenos propios pero que con el paso del tiempo se extendió en varios terrenos públicos.

Los roces con las autoridades no fueron pocos y aumentaron con la muerte del llamado padre fundador de Kenia Jomo Kenyatta en 1978. Daniel Arap Mo, quien gobernó Kenia entre 1978 y 2002, calificó a la bióloga en varias oportunidades como una “amenaza para la seguridad del Estado”, por esta razón Maathai estuvo recluida en cárceles en decenas de ocasiones. Pero con la caída del régimen de Arap Mo en 2002, Maathai fue nombrada viceministra de Medioambiente. De ahí en adelante el desarrollo sostenible y los derechos humanos eran la columna vertebral de su actuar en el sector público.

Para el 2004, su organización tenía 3.000 viveros, atendidos por 35.000 mujeres. Y para el día de su muerte, el 27 de septiembre del 2011, cerca de 47 millones de árboles habían sido plantados en Kenia gracias a su labor. Un cáncer de ovarios dio fin a la vida de esta extraordinaria mujer que no solo era conocida por sus aportes a la comunidad y el medioambiente, sino además por tener una elocuencia inspiradora y una calidez humana sin límites.

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