Lápidas de los guardianes abatidos por cazadores furtivos. Foto: AFP
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Los guardias del parque nacional de Garamba, en los confines del noreste de la República Democrática del Congo, están en primera línea de la guerra que libra África para la supervivencia de los elefantes.

André Migifuloyo y Djuma Uweko nacieron en la misma localidad congoleña de Dungu y ambos tenían unos veinte años cuando se integraron al servicio forestal del parque, un empleo fijo y bien pagado (unos 180 euros al mes).

Vivían con su familia en Nagero, una aldea situada en la entrada del parque, cerca del río Dungu, con su pequeña iglesia de ladrillos rojos y sus casas con tejados de paja. Eran considerados personas disciplinadas y valientes por los vecinos.

Una calurosa tarde del octubre pasado, André y Djuma, entonces de 26 y 27 años, integrantes de una patrulla de diez hombres, se toparon con un grupo de cazadores furtivos en el norte del parque. 

Djuma, armado con un kaláshnikov, fue alcanzado desde los primeros disparos. Se escondió entre la espesa hierba, pero los atacantes dieron con él y lo remataron. André murió por el disparo de un lanzagranadas, así como otro guardia y un soldado congoleño.

"El enemigo es el enemigo"

Dieudonné Komorewa, de 33 años y guardia desde hace ocho años, era un primo lejano de André y uno de sus mejores amigos. El día en que murió, habían ido antes a comprar ropa para el futuro hijo de André. Ahora, Dieudonné considera al recién nacido como un miembro de su propia familia.

El drama no alteró su determinación. "El enemigo es el enemigo, y todo lo que hacemos aquí es para luchar contra ellos. No debemos tener miedo", asegura.

El adversario no es un bloque uniforme. A veces se trata de miembros de la sanguinaria rebelión ugandesa Ejército de Resistencia del Señor. Pero sobre todo son grupos armados de Sudán del Sur, fronterizo con el parque, ganaderos nómadas de Sudán o de Centroáfrica o incluso cazadores no identificados que matan a un elefante desde un helicóptero, de un solo disparo en la cabeza.

Los cazadores furtivos no dudan en matar. African Parks, una organización sudafricana de defensa de la naturaleza que gestiona el parque junto a las autoridades congoleñas, recurrió a instructores militares y se dotó de un helicóptero.

Los 120 guardias - un cuarto de lo que se necesitaría para vigilar con eficacia los 12.400 km2 del parque -, se parecen cada vez más a una fuerza paramilitar, presta a ganar la guerra del marfil.

En 2015, se registraron 28 tiroteos con cazadores furtivos. Cuatro guardias murieron y 114 elefantes fueron abatidos, es decir, una décima parte de los que quedan en Garamba.

Cuarenta años atrás, el parque albergaba 23.000 elefantes y cerca de 500 rinocerontes blancos del Norte. El último rinoceronte fue abatido hace 10 años y los guardias luchan para que los paquidermos no corran la misma suerte.

Entrenados para ser tiradores de élite

En el campo de tiro, segado entre la espesa vegetación, los instructores de la compañía de seguridad sudafricana Noctuam hacen de los guardias tiradores de élite.

Hace un año todavía disparaban con el arma a la altura de la cadera o por encima de la cabeza, como en las películas de gángsters. Hoy, se agazapan, los pies firmes en el suelo, y se toman su tiempo para apuntar antes de apretar el gatillo.

El consejero de seguridad del parque, Peter Philippot, un exmilitar francés, explica que su prioridad es hallar armas y municiones. Su arsenal consta esencialmente de kaláshnikovs de segunda mano, poco eficaces en el bosque y las hierbas altas.

En este paisaje, "no se ve nada más allá de 20 metros, y la mayoría de combates se libran a 10 metros. Nos hacen falta fusiles de cañón recortado", dice.

El helicóptero - un Ecureuil de concepción francesa, de un valor de 1,8 millones de euros - es una donación de Howard Buffet, hijo del multimillonario estadounidense, Warren Buffett.

En la misma jornada negra de octubre, el aparato fue alcanzado por disparos y a punto estuvo de ser abatido, antes de poder evacuar a los guardias supervivientes.

La guerra es sin piedad. Después de matarlos, los cazadores furtivos desnudaron y desvalijaron a André y Djuma y dejaron que sus cuerpos se pudrieran al sol. Hicieron falta cuatro días para recuperarlos y enterrarlos.

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