Por: Juanita Rico / Mongabay Latam/ Traducido por Romina Castagnino

En la región norteña colombiana de la costa del Pacífico, la vida de miles de personas depende de un crustáceo llamado “piangua”. La pequeña y negra almeja vive escondida en el fango de los manglares.

El declive de la piangua a lo largo de los años, sumado al declive global de los bosques de manglares (alrededor de un 1% cada año), los traficantes de drogas y el estigma que rodea a los recolectores de la almeja, están poniendo en peligro la práctica tradicional de la recolección de piangua.

La piangua se encuentra a lo largo de gran parte de la costa colombiana del Pacífico; sin embargo, la gran mayoría está en la región de Sanquianga.

La extracción de piangua, una almeja rica en nutrientes y sabor, ha sido durante mucho tiempo una actividad económica clave en la región. Se encuentra en áreas costeras desde México hasta Perú, y actúa como un filtro natural que ayuda a preservar la oxigenación de los sedimentos que mantienen vivo el manglar.

Ahora más que nunca, los manglares necesitan toda la ayuda que puedan obtener.

Piangua recogida en el bosque de manglar. Foto cortesía de los Parques Nacionales Naturales de Colombia

De 70 especies de manglares encontradas a nivel mundial, 11 están en la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). En 2010, la UICN encontró que más de una de cada seis especies de manglar están en peligro de extinción.

Los manglares se componen de árboles con enredos densos de raíces que los hacen parecer estar de pie sobre pilotes por encima del agua. Crecen en un suelo con bajo contenido de oxígeno donde los sedimentos se acumulan y ayudan a prevenir la erosión y protegen a las comunidades costeras de los tsunamis. Son considerados por los expertos como uno de los ecosistemas más importantes del planeta.

Los manglares del Parque Nacional Natural Sanquianga y los ecosistemas diversos que ellos albergan, forman parte de un santuario de manglares de 80.000 hectáreas, el cual es el más grande de su tipo en la costa oeste de América del Sur, y uno de los dos santuarios de manglares naturales en Colombia.

Es también el hogar de varias comunidades que viven en relativo anonimato y sobreviven pescando y recolectando piangua. Miembros de la comunidad local se han asentado y trabajan en la región desde mediados del siglo XIX, dependiendo de la madera, el pescado, el camarón, el oro y las almejas para vender y alimentar a sus familias. En los últimos años, los narcotraficantes también han comenzado a utilizar las densas e intrincadas vías fluviales para transportar grandes cargamentos de cocaína.

Los cambios, junto con la disminución del valor de la piangua, podrían significar problemas para las recolectoras.

Guardianes del manglar

Según el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF, por sus siglas en inglés), gran parte del manglar de Colombia se encuentra en Sanquianga, lo que lo convierte en un ecosistema clave para muchas especies de flora y fauna y uno de los más importantes caminos de migración de aves en América Latina.

Saturnino Montaño ha trabajado en el parque toda su vida. Conduce la lancha de los guardaparques y tiene una extraordinaria habilidad para predecir la marea. También parece conocer cada uno de los aproximadamente 8000 residentes que viven en la zona costera del parque.

“Los manglares son nuestra vida, nuestro medio de vida”, aseguró Montaño. “No tienen precio”.

También son increíblemente eficientes para procesar carbono. Aunque los manglares se encuentren en solo el 0.5 % de las costas del mundo –en gran parte del sudeste de Asia– una hectárea de manglar tiene la capacidad de secuestrar más carbono que una hectárea de bosque continental.

Parte de la eficiencia del manglar se debe a su suelo profundo y rico en nutrientes.

Dolores Cundimí, 42 años, reconoce el gran valor del manglar. Ella ha vivido toda su vida en Sanquianga y no ha conocido otra actividad más que la recolección de la piangua para sobrevivir.

Las raíces profundas y entrecruzadas del mangle crean una barrera natural contra tsunamis e inundaciones. Foto cortesía de los Parques Nacionales Naturales de Colombia

“Me encantan estos árboles”, dijo Cundimí. “Para algunos son feos y tienen mal olor, pero para mí son todo: la madera de la que construí mi casa, el hogar de la piangua y los guardianes de nuestro oxígeno”.

A ella no le importa que la recolección de la piangua, aunque es la actividad más importante para asegurar la comida en el parque, esté estigmatizada.

“Desde que era muy pequeña he oído la palabra ‘concheras’, que significa ‘mujeres de la concha’, como un insulto o burla para nosotras”, explica Cundimí. “Hombres y otras mujeres de nuestras ciudades que no tienen que trabajar nos llaman mujeres recolectoras de piangua porque para encontrarla hay que trabajar todo el día en el barro, rodeada de mosquitos e insectos. Para ellos es un trabajo embarazoso. Lo que no ven es que la comida que tienen en sus mesas viene de ella”.

Ayuda externa

Reconociendo la conexión entre los medios de subsistencia del área y la piangua, numerosas organizaciones ambientales y sociales han llegado a Sanquianga para crear proyectos que ayuden a las mujeres como Cundimí a vivir una mejor vida. También buscan aumentar la concienciación sobre la importancia del manglar y la recolecta de piangua en la comunidad.

Una de estas organizaciones es la Asociación de Concheras de Nariño (Asconar), la cual fue creada en 1996 con la ayuda de la Fundación Equilibrio para empoderar a las recolectoras de piangua y ayudarlas a convertirse en un ejemplo de sostenibilidad regional creando comercio justo para su trabajo. La organización se enfrentó a dificultades, pero once años después de su creación ganó el premio Ventures patrocinado por la revista Dinero, la revista económica más influyente de Colombia. También obtuvo el apoyo de la Universidad de Los Andes para acelerar proyectos empresariales.

Concheras en Sanquianga recolectando piangua en el manglar. Foto cortesía de los Parques Nacionales Naturales de Colombia

Esto dio a Asconar la oportunidad de ofrecer formación especializada a cargo de los mejores empresarios colombianos y la oportunidad de recibir fondos para la inversión.

Carmen Julia Palacios, jefa de Asconar y de un local en Sanquianga, dijo que “fue el punto de inflexión para nosotros porque ayudó al mercado de piangua y también dignificó nuestro trabajo como concheras”.

Cuando se le preguntó por qué eligieron el nombre de la Asociación de Concheras de Nariño, usando el término “conchera” con el que se burlaban durante tantos años, ella sonríe.

“Para nosotros no es un nombre burlón”, dijo Palacios. “Es lo que somos. Y estamos orgullosas de tenerlo”.

Medidas de protección

Gente de la comunidad de El Bajito en Sanquianga sacando de una lancha mangles jóvenes a una zona de reforestación. Foto cortesía de los Parques Nacionales Naturales de Colombia

Ha habido otras medidas para proteger la zona. En el 2015, WWF Colombia junto con los parques nacionales de Colombia y la Unión Europea unieron fuerzas e iniciaron un proyecto que busca fortalecer áreas protegidas para combatir el cambio climático y aumentar la conciencia social.

El ingeniero forestal Fernando López dijo que hubo un cambio posterior.

“El proceso de reforestación se convirtió en uno de educación ambiental”, dijo López. Él ha vivido en Sanquianga desde hace 25 años y ayuda a Vigía, Bajito y Fuerte, tres de las seis comunidades del parque, a comprender y ser parte activa del proyecto.

Él ve los recientes esfuerzos de conservación como la marca de un futuro esperanzador.

“Estoy convencido de que este tipo de iniciativa despierta en el pueblo, especialmente en los niños, un sentimiento de orgullo y de cercanía tanto a la preservación del manglar como a la recolección de piangua como modo de vida”.

La recolectora de piangua, Dolores Cundimí, está de acuerdo.

“Es hermoso ver a nuestros más pequeños sembrar el mangle bebé”, dijo Cundimí. “Es por eso que la WWF decidió poner los invernaderos cerca de las escuelas, para que los niños puedan ser los que cuidan las plantas por la tarde”.

Una región en riesgo

Debido a su ubicación, Colombia es vulnerable a la extrema variabilidad climática, particularmente en áreas costeras como Sanquianga.

Óscar Guevara, experto en adaptación al cambio climático para WWF Colombia y jefe del proyecto Sanquianga, explicó que “los riesgos, como el aumento del nivel del mar, la acidificación, los cambios en el ciclo hidrológico y la desaparición de las playas, forman parte de la vida cotidiana”.

En Sanquianga el problema más inmediato es la erosión, la cual es una preocupación nacional importante porque en algunas partes del país se pierden hasta 100 metros de playa cada mes. Según Guevara, parte del problema en Sanquianga comenzó con el desarrollo artificial seguido de un desastre natural.

En los años setenta se construyó un sendero acuático diseñado para asegurar un mejor acceso a las áreas de manglar para el alojamiento llamado Canal Naranjo. Un tsunami en 1979 causó problemas a largo plazo.

“Hubo un hundimiento estructural, lo que significa que la plataforma continental comenzó a hundirse en el área del parque”, dijo Guevara. “Esto llevó al canal de 1,5 metros a convertirse en un río de 400 metros, un río hecho por el hombre, que trae demasiada agua [dulce] a los flujos de agua de Sanquianga. Esto cambió completamente el ciclo hidrológico y comenzó a causar erosión”.

Guevara añadió que ahora se han acumulado otros problemas. Las variaciones constantes en el uso de suelo han cambiado el nivel de los sedimentos, lo que también ha aumentado la erosión.

Juan Diarío Restrepo, biólogo marino y profesor de la Universidad Eafit, ha estudiado el manglar de Sanquianga y describe la situación como “crítica” en su investigación. También muestra un impacto significativo en los recursos pesqueros como la piangua. Según Restrepo, entre 1972 y 1996, la captura anual de piangua disminuyó en más del 86%.

El plan de manejo de Sanquianga, formulado por el Sistema de Parques Nacionales Naturales de Colombia, dice que esta es la razón principal por la cual la agricultura ha tenido una disminución crítica en el área. También advierte que los cultivos de coca se convirtieron en la opción agrícola más popular en los últimos tres años. Esto ha llevado al desplazamiento debido a enfrentamientos entre grupos guerrilleros, bandas criminales y militares.

En su plan de manejo, oficiales de los Parques Nacionales Naturales dicen que “si las 22 millas marinas de la zona marina que rodean el parque no son reguladas, la pesca industrial destruirá los ecosistemas marinos”.

Barrera natural

Los manglares no solo se mantienen resistentes a las mareas y al aumento del nivel del mar, sino que también combaten la erosión debido a sus profundas raíces y base fangosa. Sin embargo, el clima en Colombia está cambiando rápidamente.

A finales del 2015 y principios del 2016, el país fue duramente golpeado por un fuerte Fenómeno El Niño. El fenómeno de la variabilidad del clima se origina por corrientes de agua más calientes que las habituales en el Océano Pacífico que disminuyen la intensidad de la lluvia en los trópicos. En los primeros meses del 2016, el nivel de precipitación en Colombia tuvo una disminución del 65% según el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (IDEAM).

Esto tuvo un impacto serio, ya que normalmente el país tiene dos temporadas de lluvias al año y los ecosistemas debilitados están en mayor riesgo durante los meses de verano. El riesgo era tan palpable que, según cifras publicadas por el gobierno y respaldadas por el informe nacional del Estado del Agua del IDEAM, 320 municipios estaban al borde de la escasez de agua. Los ríos también alcanzaron mínimos históricos.

Guevera dice que aunque el proyecto liderado por WWF es un proyecto de cambio climático, “su principal objetivo es fortalecer la relación de la comunidad con los ecosistemas y entre sí”.

“Es por eso que buscamos lugares donde, como en Sanquianga, la degradación natural ha sucedido […] Queremos que aprendan cómo reclamar la tierra y hacerla suya otra vez. Queremos crear un vínculo que dure”.

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