Una de las preocupaciones más grandes en la actualidad es la eliminación de la pobreza extrema y el hambre. De hecho, es el primero de los ocho objetivos de Desarrollo del Milenio de la ONU y ha sido uno de los motivos de los esfuerzos para la conservación de los ecosistemas y la biodiversidad. No es un secreto que la producción de alientos depende estrechamente del estado de los ecosistemas acuáticos y terrestres.

Aunque el tema ha tomado mayor auge en los últimos años, a finales de la década de los 80 ya se hablaba de él. En 1988, Don McAllister en su libro ‘Costos ambientales, económicos y sociales de la destrucción de la barrera de coral en Filipinas’ estimó pérdidas de hasta 80 millones de dólares al año para las pesquerías, si no se cuidaba ese ecosistema. Por su parte, en 2005 Simon Pittman encontró que la afectación de pastos marinos en Australia podría causar disminuciones de hasta 70% en la captura de peces comerciales y mariscos.

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Lo anterior es preocupante pues los recursos cada vez son más escasos y la población crece a un ritmo desbordado. Cada día nacen más de 350.000 niños en el mundo y el número de personas con desnutrición a escala global supera los 800 millones.

En 2014 datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO por sus siglas en inglés) indicaban que 5,5 millones de personas en Colombia sufrían de desnutrición, es decir, el 11,4% de la población del país.

Ante ese panorama, Colombia empezó a interesarse cada vez más por la Reserva de Biósfera Seaflower, ya que sus ecosistemas constituyen la fuente de sustento e ingresos para miles de familias que habitan en el archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina y fuente de alimentación para gran parte del país que consume los productos que allí se producen.

El problema con Seaflower es que, como todos los demás ecosistemas, aportan sus beneficios sin que nadie sea realmente consciente de ello. No tener consciencia de su valor económico hace que no se aprecien de la manera que debería ser.

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Debido a esto, el año pasado la Comisión Colombiana del Océano (CCO) publicó el informe titulado ‘Aproximación a la valoración económica ambiental de la Reserva de Biósfera Seaflower’, en este se concluyó que los aportes generados por los ecosistemas de la reserva se encuentran entre los 267.000 y los 353.000 millones de dólares al año. Para este cálculo se tuvieron en cuenta los siguientes servicios ecosistémicos: producción de alimento; protección costera contra la erosión; protección contra fenómenos naturales; purificación del agua (absorción de contaminantes); captura de carbono; hábitat de biodiversidad; turismo; producción de materias primas (madera, arena, minerales, insumos para medicinas); protección y aporte a las condiciones aptas para otros ecosistemas marinos; regulación del clima; recursos genéticos; soporte para el transporte marítimo; ciclo de nutrientes; aportes y retenciones; refugio de larvas, salacuna de peces; producción de energía; provisión de agua potable y producción de oxígeno.

Todo sobre Seaflower

  • Es la Reserva de Biósfera más grande del mundo con 180.000 kilómetros cuadrados.
  • Posee todos los ecosistemas marinos y costeros representativos de la zona tropical (arrecifes coralinos, manglares, lagunas arrecifales, pastos marinos, humedales, playas, mar abierto y bosque seco tropical).
  • 78% de las áreas coralinas colombianas están en Seaflower.
  • Posee la tercera barrera de coral más grande del mundo.
  • Cuenta con 57 especies de coral, de las cuales el 90% están en la Lista Roja de especies amenazadas de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza.
  • Cuenta con 407 especies de peces, de las 600 que se estima hay en el Caribe.
  • Es casa de 157 especies de aves, de las cuales 55% están amenazadas.
  • Sus playas blancas, atractivas para el turismo, deben su belleza a los aportes calcáreos de coral.
  • Se estima que de sus aguas anualmente se obtienen cerca de 156 toneladas de langosta y 182 toneladas de pescado a través de pesca artesanal.

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