Roberto Franco

Patricio von Hildebrand no se sorprendió cuando le contaron que la avioneta en la que viajaba Roberto Franco, su compañero de aventuras por casi 40 años, se había caído en la mitad de la selva. Le dolió, y mucho, pero en últimas le pareció que era el desenlace normal de trabajar en la selva. Durante los años que habían luchado juntos por la conservación del bosque más grande del mundo esos peligros eran recurrentes. Algunas veces habían empujado avionetas desvencijadas por pistas de barro y ayudado a jalar con un lazo las hélices para que prendieran sus motores. La muerte del reconocido investigador, quizás el hombre que más sabía de los pueblos indígenas, conmocionó al sector ambiental pero también dejo ver la enorme precariedad que se vive en las regiones apartadas de Colombia.  

El día del accidente, el pasado seis de septiembre, Roberto Franco regresaba de Florencia luego de conversar con indígenas del sur del Parque del Chiribiquete. Había estado en ese enorme e inaccesible refugio en la selva amazónica, del tamaño de Republica Dominicana, para seguirle el rastro a las tribus que viven allí. Franco era experto en pueblos en aislamiento voluntario, aquellos que evitan cualquier contacto con la sociedad occidental.  

El politólogo tomó para regresar a Bogotá una avioneta Navajo de matrícula HK 4755. La aeronave transportaba 10 ocupantes y después de salir de Florencia había hecho una parada en Araracuara, el mítico lugar indígena que albergaba la Casa Arana.  Las autoridades pudieron comprobar que a ese punto la nave no solo estaba en mal estado, sino que iba sobrecargada. A eso se sumaba que los tanques de gasolina estaban casi a reventar. Diez minutos después de despegar,  a las 3:30 de la tarde,  la aeronave se precipitó al piso dejando de rastro apenas una estela de humo. Como el accidente ocurrió en la mitad de la selva se requirió que un avión fantasma de la Fuerza Aérea buscara donde podían estar los restos. Pasadas las ocho de la noche confirmaron que no había sobrevivientes. 

Todos los amantes de la Amazonía, como Patricio, conocían a Roberto Franco. El director de la fundación Restrojo relata hoy historias tipo Indiana Jones con lanchas varadas en la mitad de la selva, inauguración de escuelas indígenas y largas caminatas. El politólogo de los Andes era reconocido por la pasión y la entrega que tenía por la selva y por eso muchos lloraron su pérdida. La directora de Parques Nacionales, Julia Miranda, explica que su conocimiento de las comunidades ancestrales fue fundamental para lograr la declaratoria de áreas en el Río Puré y el Chiribiquete. 

Según el ambientalista Rodrigo Botero la muerte de Franco solo confirma el abandono en el que Estado ha tenido por siglos a la Amazonia, un vasto territorio que comprende el 42 por ciento del territorio del país pero que quedó congelado en los tiempos del caucho de la Vorágine. Tres días antes del siniestro, el Ejército en Araracuara había realizado un gigantesco operativo de destrucción de dragas para frenar la minería ilegal. Curiosamente, algunos de los artefactos decomisados pudieron ser los que causaron el sobrepeso del avión que terminó causando su caída. 

Araracuara vive estancado en el pasado y no cuenta con hospital, ni con energía eléctrica y la única forma de salir o entrar allí es por medio de esas aeronaves que nadie controla. En el último año se han presentado al menos cinco accidentes y tan solo dos días después de la muerte de Franco otra avioneta de la misma empresa se estrelló en el Vaupés. Muchos han dicho que es una triste coincidencia que Franco hubiera muerto en su ley, en medio de la selva. Otros por el contrario creen que más bien fue víctima de una tierra en donde esa ley nunca ha existido. 

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.