Fotos: Cortesía Fundación MIMA

Menos de 100 metros separan un verdadero basurero de un pequeño tesoro. Esa es la distancia desde los enormes huecos en el botadero al aire libre de Marmolejo, a diez minutos de Quibdó, hasta un novedoso experimento que podría convertirse en el modelo de buena gestión de basuras para todas las ciudades de Colombia.

Apenas está arrancando, pero ya está cosechando resultados notables. Todos los días, un camión compactador visita la plaza de mercado y varios lugares donde se venden frutas y verduras en Quibdó, para recoger y separar sus desechos. Una vez regresa al botadero, un grupo de recicladores –que anteriormente vivían literalmente entre la basura- separa los reciclables de vidrio, plástico, cartón y metal para venderlos, evitando que se sumerjan entre los otros desechos sin clasificar. Al mismo tiempo, los residuos orgánicos que ya habían sido separados en la plaza hacen un corto viaje hasta una planta donde se ven varias hileras alargadas y llenas de tierra.

Ocho toneladas de basura se procesan en Quibdó desde la segunda semana de agosto. 126.000 habitantes se podría beneficiar por este ambicioso proyecto.

Entonces comienza la alquimia. En las camas de tierra, escondiéndose del intenso sol chocoano, viven decenas de miles de lombrices rojas californianas que trabajan incansablemente en convertir tusas de mazorca, fruta podrida y restos de carne en una fina capa de tierra negra. Ese proceso, que los científicos llaman biotransformación, arroja como resultado un producto que llaman ‘humus de lombriz’, el abono orgánico más rico del mercado.

Es decir, de lo que antes tiraban a la basura, ahora sacan dos fuentes de ingresos. Por un lado, se venden los objetos reciclables y, por el otro, el abono de lombriz. Esos dos, sumados al pago de una tarifa de recolección de basuras que sigue siendo poco común en pequeños municipios colombianos, aseguran que el proyecto se mantenga en pie.

La historia comenzó hace dos años, cuando el festival Detonante llegó a las calles de Quibdó y, con él, un grupo de personas de la Fundación Mima de Cúcuta, que vienen desarrollando esta metodología para tratar las basuras.

Ellos ya lo habían puesto en práctica con éxito en dos pueblos pequeños de unos 2.000 habitantes: San José de Saco, un corregimiento de Juan de Acosta a una hora de Barranquilla, y La Victoria de San Isidro, otro corregimiento en las faldas de la Serranía del Perijá en la zona minera del Cesar. Pero nunca en una ciudad de 126.000 habitantes.

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En ambos pueblos, casi todas las casas se encargan de separar los residuos en la fuente y entregárselos así a los recolectores de basura. En los dos, se tiraban unos 1.500 kilos de desechos a los arroyos o a la calle, hoy esa cifra es cero. Todo gracias a que la comunidad se lo ha echado al hombro y lo convirtió en suyo.

Sin embargo, la pregunta que Mima se hacía era: ¿es posible replicar un modelo exitoso en un pequeño corregimiento a una ciudad?

La respuesta es sí, aunque el modelo es ligeramente distinto dado el tamaño de la ciudad. Por ahora, están trabajando con los residuos que recogen en lugares puntuales, comenzando por la plaza de mercado donde los comerciantes suelen verter sus desechos –las cáscaras del plátano, del ñame morado y las carnes- en pleno río Atrato.

En total procesan -desde la segunda semana de agosto- ocho toneladas diarias de basura. Eso es aproximadamente el 10 por ciento de lo que produce la ciudad. “Cada kilo nuevo que no llega al agua es una victoria. La idea es que la gente vea que uno de los sitios más sucios de la ciudad puede cambiar. Si ven que se logra, dirán ‘yo también puedo cambiar’. Imagínese dónde podamos procesar el 100 por ciento de la basura de la ciudad”, dice Carlos Vergel, un zootecnista que trabaja con lombrices desde hace 30 años y está impulsando el modelo desde la Fundación Mima.

Las lombrices evitan que los desechos orgánicos se fermenten. Con esto se reducen las emisiones hasta en un 90 por ciento.

Quibdó se está convirtiendo en un ejemplo nacional por dos razones. La primera es que gran parte de los municipios del país –incluidas las grandes ciudades- llevan casi la totalidad de sus desechos a rellenos sanitarios que están al borde de su capacidad. Con este modelo se puede vender como reciclable un 15 por ciento de la basura y convertir en abono otro 70 por ciento. De esta manera el volumen de basura que termina en el basurero disminuye considerablemente.

“En general todos debaten siempre si se debe tener un relleno o un botadero, pero muy poco se dialoga sobre alternativas para disminuir la cantidad de residuos que llegan a los sitios de disposición. Eso es justo lo que acá estamos haciendo”, dice Yenecith Torres, quien ayudó a que el proyecto se hiciera realidad, primero como secretaria de Ambiente de Quibdó durante la Alcaldía de Zulia Mena y ahora desde las Empresas Públicas del municipio.

La segunda razón tiene que ver con un impacto invisible muy poderoso: las basuras son uno de los sectores que más generan metano, uno de los gases de efecto invernadero más contaminantes para la atmósfera, y reducirlas es sin duda una gran contribución al medioambiente

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Las lombrices -que evitan que los desechos orgánicos comiencen a fermentarse y mezclarse con otros residuos para generar lixiviados y otras sustancias tóxicas- ayudan a reducir hasta en un 90 por ciento esas emisiones.

Eso significa que un modelo relativamente sencillo de gestión de basuras como el de Quibdó podría convertirse en la clave para todo el sector de residuos sólidos, uno de los ocho identificados por Colombia como prioritarios en su plan para cumplir con la meta del Acuerdo de París de reducir las emisiones de estos gases en un 20 por ciento para 2030.

¿Y el secreto? “La gente siempre me dice, ¿uno qué se iba a imaginar que la basura servía para algo?”, dice Rito Gélvez, el especialista en lombrices del proyecto en Quibdó.

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