| 2016/10/09

Tumaco, un ejemplo en reforestación

El puerto nariñense, uno de los que más aumentó la deforestación en el último año se está implementando un proyecto para detener esa tragedia. ¿Cuál es la distancia entre la teoría y la práctica?

Fotografías: Cortesía Fondo Acción.
Fotografías: Cortesía Fondo Acción.

El pacífico colombiano sintetiza la exuberancia de la naturaleza. Esa franja selvática, que va desde Nariño hasta Chocó y desde la cordillera occidental hasta el océano pacífico, alberga más de 9.000 especies de plantas, 600 de aves, 200 de mamíferos y 100 de reptiles; muchas de las cuales solo existen en este país.  En esta región habita el 40% de la población total de animales vertebrados que hay en Colombia y sus bosques están poblados por árboles de maderas tan finas (y tan apetecidas) como el Jigua Negro, el Guayaquil, el Cedro, la Caoba y el Roble.

Durante los últimos años, esta riqueza natural ha sido presa del saqueo y la destrucción que causan la minería y la tala ilegales, la ganadería extensiva y la expansión de los cultivos de uso ilícito. Un reciente informe del Sistema de Monitoreo de Cultivos Ilícitos (SIMCI) dice que en el Pacífico se concentra el 42% de la coca del país. El Ideam, por su parte, informa que en el 2014 desaparecieron 13.855 hectáreas de bosque y que ese año la deforestación en la región aumentó 175% con respecto al 2013. (Vea: Ecosia: el buscador de internet que reforesta mientras lo usas)

Más allá de las causas, lo cierto es que el gobierno colombiano no es el único preocupado por lo que ocurre en el Pacífico. Estados Unidos, a través de su Agencia para el Desarrollo Internacional (USAID), financia actualmente 14 proyectos para reducir las emisiones contaminantes generadas por la deforestación y la degradación de los bosques de la región. En el contexto de la lucha contra el aumento de la temperatura global, la idea básica que alienta la estrategia conocida como REDD+ es promover alternativas económicas para que la gente no destruya el bosque.

Para conocer más sobre este proyecto Semana Sostenible viajó a Tumaco, Nariño, para conocer la forma como la organización Fondo Acción implementa los proyectos REDD+ y para hablar con cinco líderes de los Consejos Comunitarios Acapa y Bajo Mira y Frontera. Gran parte de la deforestación en el Pacífico ocurre al interior de territorios colectivos de negros e indígenas, cuya autonomía ha palidecido ante la espiral de violencia y pobreza que se une con la desaparición de los bosques y su biodiversidad.

Nariño, por ejemplo, es al mismo tiempo el segundo departamento (después de Chocó) con mayor número de afrocolombianos y el que tiene la extensión más grande de cultivos de uso ilícito. Según el citado de reporte del SIMCI, en los Territorios Colectivos se encuentra el 17% de la coca del país y casi la mitad de esa cifra se concentra en apenas tres de los 29 títulos que tienen las comunidades negras en Nariño. Esta es la causa más importante de la deforestación en esa región, pues un tercio de las 4.178 hectáreas que se talaron en 2014 se utilizaron para esta actividad.

“Para nadie es un secreto que las zonas estratégicas están cubiertas por grupos al margen de la ley. Y estamos en total desventaja porque nosotros usamos la palabra y ellos las armas. Imponen sus reglas, porque todo el mundo sufre de temor”, explica Lidoro Hurtado, uno de los fundadores del Consejo Comunitario del Bajo Mira y Frontera. Como facilitador de la estrategia REDD+ en su territorio ha visto familias que cultivan coca por obligación, pero también otras que han tenido que huir y hasta morir por resistirse a esa imposición.

Para Ladis Vernaza, sin embargo, la coca también ha entrado a su tierra invitada por la pobreza. “Es cierto que los grupos armados han querido deslegitimar la autoridad los consejos comunitarios, pero a veces yo le digo a la gente que no cultive coca y me responden que les toca porque tienen una familia que mantener. Eso mismo explica que la gente no tenga más opciones que tumbar bosque y abusar de los manglares para vender la madera, afectando así la pesca”, reconoce esta líder del Consejo Comunitario Acapa. (Vea: Un ejército de abejas lucha contra la deforestación en Tanzania)

Mantener bosques en pie significa evitar emisiones de dióxido de carbono al ambiente. Y esa función natural de los ecosistemas tiene un valor económico. Para calcularlo existen sofisticados radares operados por la NASA que estiman con precisión las reservas de carbono que reposan en los árboles. La idea es que las comunidades que participan de los proyectos REDD+ puedan recibir un pago por proteger la selva. Pero antes de eso, tienen que superar un complejo proceso que va desde la construcción comunitaria de un proyecto alternativo hasta la certificación de sus resultados bajo el Estándar Verificado de Carbono.

“Al comienzo era difícil entender de qué se trataba el proyecto porque estaba formulado en términos muy técnicos. Nos decían que íbamos a vender bonos de carbono y nosotros creíamos que nos iban a quitar nuestros bosques. Pero ahora sabemos que el bosque siempre va a ser nuestro y que el objetivo es que volvamos a aprovecharlo para nuestro uso familiar y de una manera consciente y razonable”, asegura Maritza Landázuri, del Consejo de Gobierno del Bajo Mira y Frontera.

Aterrizar el espíritu de la iniciativa a un lenguaje digerible para los habitantes de los Consejos Comunitarios ha sido uno de los principales retos de la estrategia. “Uno va a una comunidad y pregunta qué es REDD y le dicen que es lo que se utiliza para pescar. Por eso estamos tratando de aterrizar el concepto para que la gente entienda el significado de este proceso, que no es otro que unirnos para reencontrarnos con nuestra cultura y nuestra forma de vivir en el territorio”, explica Héber Silva, líder de Bajo Mira y Frontera y coordinador del Nodo Tumaco de REDD+.

A pesar de que los dos Consejos Comunitarios suman 85 veredas y recorrerlos puede tomar varios días, los líderes son optimistas frente a los resultados de la socialización del proyecto. Dalila España, de Acapa, afirma que “lo más importante es que REDD se ha vuelto un tema de moda en el territorio. Yo creo que más del 80% de la gente ya lo conoce y hemos venido involucrando docentes, jóvenes y líderes comunitarios para que participen”.

Silva añade que el proyecto tiene un componente que fortalece la gobernanza y habla de la reapropiación del territorio, algo que desde hace años se está perdiendo. “Hemos invertido mucho esfuerzo en ir vereda tras vereda concientizando a la gente de que primero tenemos que unirnos y recuperar el sentido de pertenencia de esta comunidad”.

Que esa autonomía sea efectiva no depende únicamente de las comunidades. Las instituciones estatales tienen un papel muy importante en ese propósito. Sin embargo, no parecen cumplirlo a cabalidad. “Acá tenemos mucha desconfianza porque muchas veces les hemos informado de talas de mangle impresionantes y no hacen nada. De hecho, una vez me gané una amenaza por eso. No hay con quién contar”, dice Vernaza.

Los líderes coinciden en que se necesita un esfuerzo institucional contundente y coordinado que complemente el trabajo de los Consejos Comunitarios. Por ejemplo, mucha gente ajena a la comunidad tala indiscriminadamente y Corponariño no da abasto para controlar todos estos aprovechamientos ilegales.

A pesar de todo, el proyecto REDD+ en los Consejos Comunitarios de Acapa y Bajo Mira y Frontera sigue su curso. La estrategia busca el fortalecimiento de la gobernanza, la implementación de proyectos productivos y el pago por servicios ambientales. “Nosotros estamos en los dos primeros, y aunque las siembras de cacao, plátano y los planes de pesca responsable todavía no han dado sus frutos, nuestra expectativa es prepararnos lo mejor posible para completar todo el proceso”, dice Dalila España.

Por su parte, Ladis Vernaza es más tímida en sus pronósticos pues es consciente de que la gente seguirá tumbando selva hasta que encuentre alternativas rentables. “No es que estemos deslumbrados con los resultados de los proyectos, pero hay que dar un tiempo de espera porque eso no se hace de un día para otro. Este aire que nosotros cuidamos también lo respiran los blancos, los indios y los mestizos”, concluye.

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