Su oficina mide 8.900 hectáreas. Sus compañeros de trabajo son millones de árboles y arbustos de 1.225 especies diferentes y la música que escucha todos los días es el canto que emiten cientos de aves de clima frío. No tiene computador, pero sí una “pantalla de fondo” real en la que rotan imágenes de lagunas, cascadas y frailejones.

Tengo el mejor trabajo del mundo”, dice Vidal González, un hombre de 67 años, estatura mediana, cachetes rojos, ojos verdes y contextura delgada. “Soy el único guardabosque del páramo de Guacheneque, una mágica reserva natural ubicada en la zona rural de Villapinzón en donde nace el río Funza, al cual la historia y el desarrollo le cambiaron el nombre por río Bogotá”.

Todos los días, a las cuatro de la mañana, Vidal se levanta para ordeñar su vaca, vigilar los cultivos de maíz y hortalizas, y alimentar a los patos y gallinas que tiene en una pequeña finca ubicada en la vereda de Chásqueza, zona rural de Villapinzón, en donde vive con su esposa, con quien tuvo 10 hijos que ya le dieron 10 nietos.

Luego de un baño de agua helada y de un cargado desayuno, Vidal contempla el panorama de la montaña en señal de agradecimiento y se monta en su moto para dirigirse hacia la Alcaldía del municipio.

Primero me reporto con mi jefe. Después de las indicaciones diarias, vuelvo a la moto y recorro los 11 kilómetros que separan el páramo del casco urbano. Mi función es cuidar que nada atente contra la calma natural de Guacheneque, además de guiar las visitas de personas que quieren conocer el verdadero río Funza. Vivo tranquilo y feliz en el campo. No sé lo que es el estrés, no me preocupo como la gente de la ciudad, que pareciera que se les estuviera quemando las arepas de tanto afán”, dice Vidal.

Le recomendamos: Crisis de las quebradas La Vieja y Las Delicias: ¿Turismo arrasador o problema de salud pública?

Vidal lleva 26 años como el único guía y protector del páramo de Guacheneque, pero su historia con la reserva y el río Funza o Bogotá se remonta a cuando apenas era un pequeño niño cachetirrojo de cuatro años.

Yo nací en una casa de bahareque en esta vereda. Allí viví con mis papás y mis 10 hermanos. Cuando tenía cuatro años, mi papá me dijo que cuidara las ovejas de la finca y que las sacara a pastar por el páramo. Así fue como conocí por primera vez la laguna del Valle, en donde nace el Funza. Mi abuelo me advirtió que fuera muy prudente por allá, ya que ésta tenía un hechizo: al que la afectara, lo perseguía”, cuenta.

Según ‘Vidalejo’, como lo apodan sus amigos más cercanos, en esa época el respeto por las lagunas del nacimiento era sagrado. “Nadie se bañaba en ellas, ya que tenían miedo de que se los tragara. Las veían desde lo lejos. Pero cuando el río tomaba cauce kilómetros más abajo, sí era utilizado como piscina o para pescar. Fue una época muy bonita, el Funza nos unía a todos los pobladores pero sin causarle daño”.

Su abuelo, Agustín González, le inyectó un conocimiento empírico sobre las bondades de la flora y fauna de este lugar, una sabiduría que muchos expertos botánicos podrían envidiar. “Él me llevaba a la montaña para presentarme animales como el oso de anteojos y el leoncillo. Además, en los recorridos que hacíamos, me enseñó a identificar cada planta y sus poderes curativos. Hoy en día ya he rajado a más de un estudiado”, dice.

En todas esas décadas que lleva como conocedor del páramo, Vidal ha sido testigo de la disminución del caudal del río Bogotá, la erradicación de la pesca y de los animales, la instalación de acueductos veredales, la disposición de escombros en zonas de ronda y hasta incendios forestales causados por pirómanos.

Mire tío”, dice Vidal. “El río Funza era muy caudaloso, lo que permitía que en sus aguas vivieran especies como la trucha y el pez capitán, las cuales hoy ya no se ven. La última vez que observé a un capitán fue hace 40 años. Cuando mi mamá me mandaba a pescar con anzuelo, regresaba con pescados de hasta 50 centímetros. Otros animales que han ido disminuyendo son los armadillos, ñeques, conejos, tigrillos, zorros, tinajos y venados”.

Vidal, que no sale de su casa sin la cachucha azul marcada con el nombre de Villapinzón, recuerda que en los años 50 nadie vivía en la zona de ronda del río, un panorama que ya no se ve en las 17 veredas de Villapinzón.

La gente empezó a asentarse en la ronda en 1972, cuando se construyeron los primeros acueductos veredales. Esto causó que el caudal del Funza bajara, tanto que para mí ya es un caño. También se incrementaron la agricultura y la ganadería, actividades que contaminaron con venenos las aguas. Hasta pinos sembraron en el Alto de la Calavera. Antes se veían frailejones de más de cinco metros, los cuales hoy no superan los tres”.

Hace siete años, mientras hacía unas diligencias en Villapinzón, Vidal vio una humareda proveniente del páramo. De inmediato cogió su moto y empezó a identificar el sitio del incendio. “Me vine rápido como gallina culeca. En la zona de los pinos, cerca a las lagunas ancestrales, había un pirómano botando fósforos y quemando frailejones. Llamé a la Policía y lo capturaron, pero como raro lo soltaron rápido”.

La puede interesar: Las extrañas plagas en los frailejones que tienen preocupados a los científicos colombianos

Este hombre con alma de río y venas por las que solo fluye naturaleza, no solo vigila y controla la depredación de su gran oficina, también la reverdece. “El año pasado sembré 172 especies de árboles nativos como encenillos, laureles, manos de oso, romeros y arrayanes. No me importa que me paguen el mínimo. Esto no lo hago por mí, sino para que las otras generaciones puedan disfrutar del páramo. Donde hay agua siempre hay vida”.

En la actualidad, Vidal, quien se queda hasta las siete de la noche hablando con las lagunas, les recalca a sus vecinos sobre la importancia de cuidar los recursos naturales. También le enseña a uno de sus hijos todo lo que le transmitieron sus ancestros, para así continuar con la tradición de cuidar el páramo.

Con casi 70 años vivo feliz y activo. Nunca me canso de caminar. Yo le entrego a Villapinzón 11 kilómetros del Funza en un estado puro y cristalino. Cuando pasa por las curtiembres todo eso se acaba, y ni hablar de lo que pasa en Bogotá. Para que el río se recupere primero hay que sacarle toda la corrupción”.

El hechizo de la laguna

El río Bogotá nace envuelto en el silencio perpetuo de un extenso valle del páramo de Guacheneque, ubicado a 3.440 metros sobre el nivel del mar, en donde en todo su centro se impone con fuerza la laguna de Guacheneque. En este sitio los indígenas realizaban todo tipo de ofrendas y cultos sagrados en señal de agradecimiento y adoración al ser que les brindaba alimento, tranquilidad y refugio: el agua.

Cuenta la leyenda que en la época de los muiscas, esta laguna era mucho más extensa, profunda y bravía. Además, que estaba envuelta bajo un tipo de hechizo o maleficio. “Aquellos que se atrevieran a rondar por sus bosques, merodear por sus aguas o robar sus tesoros, ésta los asustaba con fuertes rugidos, para luego perseguirlos hasta comérselos vivos”, asegura Vidal.

Y agrega que hace más de 100 años, asustados por los bramidos de la laguna, los campesinos del sector, quienes se adentraban en el páramo para sacar oro, madera o cazar animales, acudieron al cura de Villapinzón para que les diera un remedio contra su encanto.

“El religioso les recomendó bañar con sal virgen del municipio de Nemocón las orillas de la majestuosa y encantada laguna, también conocida como Guacheneque o del Valle, y así cortar con las energías del sitio”.

Su recomendación fue efectiva. El gran cuerpo de agua empezó a disminuir su tamaño y su bravura, hasta quedar distribuido en solo dos sitios: la actual laguna de Guacheneque y la laguna del Mapa. Esta última es un lugar con la forma del croquis de Colombia donde todos piensan que nace el río.

Luego de estas dos zonas de recarga, en donde la transparencia del agua permite ver las piedras con pijamas de algas y musgos, el Funza o Bogotá toma forma de río con un cauce no mayor a 10 metros, y se pierde entre una espesa vegetación conformada por manos de oso, romeros, encenillos y laureles.

A los pocos kilómetros de recorrido, el agua helada del Bogotá cae por una cascada de 17 metros y reposa por un instante en una laguna de más de 4 metros de hondo llena de rocas amarillas y naranjas. Las algas que habitan en su profundidad le dan un color aguamarina, pero en realidad es transparente.

Este sitio con voz propia fue llamado por los indígenas como la cascada de la Nutria, ya que era el sitio predilecto de miles de estos mamíferos para la caza de peces, como el pez capitán.

Aunque su hechizo se rompió con la sal, Vidal y otros campesinos del sector aseguran que entre abril y mayo la laguna de Guacheneque se pone turbia. Con bramidos y rugidos, el cuerpo de agua donde los muiscas hacían sus pagamentos, se despierta en señal de protección al río Funza, el cual ya perdió hasta su nombre de pila.

“La he escuchado varias veces, en especial cuando empieza a atardecer. Cuando me quedo hasta las 7 de la noche, la laguna ruge en señal de protección, esperando que la cuidemos y dejemos de contaminar al río Funza, el alma de la Sabana”, concluye.