| 2017/03/29

¿Llegó la hora de cerrar los zoológicos?

Una serie de ataques a animales, mala atención, escaso cuidado y sufrimiento innecesario ponen en duda la viabilidad moral de estos recintos. El caso de la elefanta desnutrida en Venezuela es apenas la punta del iceberg.

¿Llegó la hora de cerrar los zoológicos?
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DW

En los últimos días, una de las noticias más comentadas en Venezuela es la situación de Ruperta, una elefanta que se ve a mal traer aparentemente por desnutrición. A fines de febrero de este año, El Salvador se vio conmocionado por la muerte de Gustavito, el único hipopótamo del zoológico de la capital del país. Y a comienzos de marzo, un rinoceronte de un parque francés fue acribillado para cortarle un cuerno. Podemos enumerar casos hasta llenar decenas de páginas, pero la situación es clara: al encierro y el estrés, los animales de los zoológicos ahora deben sumar el riesgo de morir de hambre o de ser asesinados por mentes perversas.

No se trata de algo reciente, pero los casos van sumando espectacularidad y se ven amplificados por la comprensible preocupación de grupos ecologistas y ciudadanos que se sienten dolidos con estas noticias. El caso de Ruperta es el más reciente y, quizás, el más “político” de todos. Si es cierto lo que dijo a la agencia AFP la dirigente sindical del Instituto Nacional de Parques Marlene Sifontes, el paquidermo está desnutrido porque en el Zoológico de Caricuao solamente lo alimentan con calabaza y papaya. Las imágenes que circulan del animal hablan por sí solas.

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Lo que subyace a esta denuncia es la crisis alimentaria que afecta a Venezuela, aunque las autoridades se han apurado en negarlo. El Ministerio de Ecología venezolano informó mediante un comunicado que Ruperta, de 46 años, se puede considerar ya un “animal senil”, lo que también explicaría la caída que sufrió la elefanta, caída que otras fuentes atribuyen a una deshidratación. Sifontes aseguró, además, que no es una excepción. “Aunque el Gobierno no quiere aceptarlo, Ruperta no es el único animal de Caricuao que sufre esta situación”.

Zoológicos en guerra

En 2016, unos cincuenta animales murieron en ese zoológico caraqueño por mala alimentación. En el mismo lugar, un caballo fue descuartizado por desconocidos, quienes buscaban carne para alimentarse. Lo que ocurre en Venezuela ya ha sucedido en otros países que atraviesan por crisis. El caso del zoológico de Mosul, recuperado de manos de Estado Islámico a fines de enero de 2017, es simbólico. Entre cadáveres podridos y signos de combate, un león y un oso sobrevivieron a duras penas, gracias a la ayuda de la ciudadanía.

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Antes ocurrió algo parecido en el zoológico de Yan Junis, en la Franja de Gaza, donde tras la última ofensiva israelí solamente quedaron quince animales con vida. En agosto de 2016, la ONG Four Paws logró rescatarlos para darles una mejor vida en recintos de Sudáfrica, Jordania e Israel. El drama es que ni siquiera hay que llegar a países en crisis o en conflicto para que los animales encerrados padezcan penurias. En el parque Belvedere, en Túnez, unos desalmados lanzaron dos trozos de adoquín sobre la cabeza de uno de los cocodrilos del recinto, causándole la muerte, el pasado 1 de marzo.

El director del centro, el veterinario Amor Ennaifer, dijo que los visitantes también habían apedreado a los leones e hipopótamos, calificando la acción como “salvaje”. También salvaje fue lo sucedido en el zoológico de Thoiry, en Francia, donde el 6 de marzo de este año un rinoceronte blanco fue tiroteado tres veces para quitarle sus cuernos. En la operación aparentemente fue utilizada una motosierra, aunque algo falló porque solo extrajeron uno de los valiosos cuernos, mientras que el segundo solo estaba cortado parcialmente.

“El cuerno de rinoceronte es más valioso que el oro en Asia. Los cazadores furtivos no se detienen ante nada y ahora incluso han matado por primera vez a un animal en un zoo europeo”, dijo entonces Daniela Freyer, de la organización de protección animal Pro Wildlife, a la agencia DPA.

También en Alemania

La muerte del hipopótamo Gustavito, el único de su especie en el Zoológico Nacional de El Salvador, generó un fuerte impacto en la ciudadanía. Las versiones sobre su deceso fueron discrepantes. El director del recinto, Vladlen Henríquez, dijo  que lo atacaron con objetos cortopunzantes, aunque la autopsia descartó esa posibilidad, ya que en ella se detectó que el animal murió por una hemorragia pulmonar. Sindicalistas de la Secretaría de Cultura, entidad que administra el zoológico, denunciaron que Gustavito estuvo enfermo 17 días, sin comer y sin recibir los cuidados necesarios, antes de morir.

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Estas tragedias se viven también en Alemania. El 11 de febrero un desconocido se robó a un pingüino de Humboldt del Luisenpark, en Mannheim. El ave apareció unos días después en un estacionamiento, decapitada. Exactamente un mes después, el 11 de marzo, un oso capuchino (rara mezcla de oso pardo con oso polar) del zoológico de Osnabrück fue abatido por los cuidadores, luego de que el animal se escapara de su jaula.

“La grandeza de un pueblo se juzga por cómo trata a sus animales”, dice una frase de Ghandi. “Podemos juzgar el corazón de una persona por la forma en que trata a los animales”, señala una sentencia atribuida al filósofo alemán Immanuel Kant. Como todo en los seres humanos, las zonas más oscuras y las más nobles salen a la luz también en la relación con los animales. Claro que así como hay ejemplos indignantes de barbarie, afortunadamente hay otros muy distintos: los de instituciones con altos estándares, cuyo trabajo es un genuino aporte a la conservación de las especies y a la investigación científica.

Ejemplos hay muchos: el Zoológico de Praga, por ejemplo, ha sido fundamental en la conservación y reproducción de los tigres de Siberia, de Sumatra y el caballo de Przewalski. El Zoológico de Bronx, en Estados Unidos, ha permitido mejorar la población del leopardo de las nieves y el bisonte americano, enviando ejemplares a reservas naturales. El Zoológico de Basilea, en Suiza, es famoso por sus programas de reproducción, y el de Wellington (Nueva Zelanda), por proteger especies en peligro. Otros -como el de Leipzig, en Alemania- entregan fondos para la protección del medioambiente. Por fortuna, no todo está perdido.

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