Fotomontaje: Semana Sostenible (Fotos: 123rf)

Después de ser uno de los productos principales del país durante las décadas del 70 y 80, el algodón prácticamente desapareció de los campos del país en los 90. Plagas incontrolables y la apertura económica que inundó al país de esta fibra proveniente de otros países provocaron la quiebra de miles de campesinos. Sin embargo, en los últimos años se ha presentado un repunte en el número de hectáreas sembradas que ha sido jalonado principalmente por el uso de semillas transgénicas.

Según cifras de la Confederación Colombiana de Algodón (Conalgodón), los cultivos de esta fibra pasaron de 280.000 hectáreas en 1970 a tan sólo 10.000 en 2016. De esa cifra, cerca del 90% son especies genéticamente modificadas para lograr mayor resistencia a los herbicidas y a los insectos. La mayoría de ellos están en el Tolima, seguido por Córdoba, Huila y Valle.

En el Valle hay 296 hectáreas de algodón transgénico, la mayoría de ellas ubicadas dentro del Distrito de Riego Unión-Toro-Roldanillo, en el norte del departamento. Estos cultivos son propiedad de apenas ocho personas, quienes han tenido que invertir alrededor de siete millones de pesos por hectárea. Las semillas, por ejemplo, cuestan 40.000 pesos por kilo, y se necesitan aproximadamente 10 kilos para sembrar una hectárea.

Este costo, que es mucho más alto que el de las semillas convencionales, se ve compensado por un menor uso de agroquímicos durante el proceso productivo. Según Rodrigo Valderrama, un empresario agrícola que tiene cuatro hectáreas de algodón transgénico en Roldanillo, “mientras que en los cultivos tradicionales se hacen hasta 20 aplicaciones de agroquímicos por semestre, para este tipo de siembras solo se requieren dos en el mismo lapso”.

En Colombia, la empresa Bayer posee el monopolio de las semillas transgénicas de algodón. “Al comprarlas, los productores firman una licencia para usarlas por una sola vez aunque no es de obligatorio cumplimiento. Sin embargo, las semillas de segunda generación pierden muchas de sus características y se reduce la productividad de los cultivos”, explica Reinelio Rojas, un agrónomo de esa compañía que brinda asistencia técnica a quienes usan sus productos.

Rojas afirma que una hectárea de algodón transgénico produce el doble que una convencional. En promedio, de una hectárea salen 1,8 toneladas de fibra. Por cada tonelada, el productor recibe cerca de cinco millones de pesos, que es el precio mínimo de garantía que ofrece el gobierno colombiano para subsidiar la producción de esta materia prima. Sin embargo, ese compromiso caduca este año y a partir de 2017 quienes quieran seguir en el negocio deberán atenerse al precio internacional de esta materia prima, que actualmente ronda los 4,5 millones de pesos por tonelada de fibra producida.

Para Valderrama, estas nuevas condiciones harán más complicado el resurgimiento del cultivo de algodón en Colombia. “Por más productividad que permitan los transgénicos, es muy difícil competir contra países como India y el propio Estados Unidos, cuyos precios están muy por debajo de los de nosotros”, explica.

Maria Andre Uscátegui, directora de Agrobio, la entidad que agrupa a las empresas biotecnológicas, concuerda con que la apuesta por los transgénicos no soluciona por sí misma la crisis estructural de la producción algondonera. Y es que si bien hay una alta demanda de este producto por parte de la industria textil, mientras la oferta nacional no sea competitiva en términos de cantidad y precios, el algodón colombiano, transgénico o no, seguirá siendo un recuerdo de épocas más prósperas.

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