Antes a la banca le importaba a quién le prestaba el dinero, pero no le interesaba qué hacían sus clientes con él.

¿Qué tiene que ver un banco en Nueva York con la inundación de un pueblo en América Latina? A primera vista, nada. Pero la catástrofe de Bento Rodrigues en Brasil es el ejemplo más reciente de cómo un desastre ambiental puede afectar a una entidad financiera.

El 5 de noviembre de 2015 este lugar de 600 habitantes en el estado de Belo Horizonte quedó sumergido entre el lodo porque dos presas cercanas cedieron a la presión. Como resultado murieron 11 personas y 15 están desaparecidas. La presa había sido construida para recolectar los desechos tóxicos producto de la extracción minera en el área y era controlada por la firma Samarco Mineraçâo, un consorcio de Vale y BHP Billinton. Los desechos, ricos en hierro, alcanzaron además las aguas del río Doce, que abastece a 230 municipios de ese mismo estado, un daño que le tomará a la naturaleza 100 años en limpiar.

Debido al desastre, Samarco suspendió actividades y hace dos meses el diario The  Wall Street Journal anunció que había incumplido el pago de 500 millones de dólares en intereses al Bank of New York Mellon Corp. Así, a las pérdidas en vidas y daños ecológicos, se suma la posible quiebra de Samarco y las pérdidas del banco neoyorkino que financió  el proyecto.

En el ámbito local, en 2006 Bancolombia se vio implicado en una situación similar cuando la Federación de Algodoneros le entregó en pago unos lotes en Barranquilla, que luego vendió para vivienda de interés social. Al poco tiempo de iniciadas las obras se evidenció que las tierras estaban contaminadas con plaguicidas usadas en  el cultivo de algodón. Sin saberlo, el banco terminó involucrado en un escándalo ambiental que tuvo repercusiones monetarias y afectó su reputación.

Desde entonces, muchos bancos han virado hacia la banca sostenible. El impase le sirvió a Bancolombia para hoy ser uno de los líderes mundiales en ese tema y ocupar el quinto lugar en el índice global de sostenibilidad del Dow Jones y el primero en Latinoamérica. “Antes a la banca le importaba a quién le prestaba el dinero, pero no le interesaba qué hacían sus clientes con él. Hoy vivimos en un mundo conectado donde todo se sabe y en el que las nuevas generaciones son más conscientes de los temas ambientales”, dice María Camargo, consultora en banca sostenible.

Antes la banca entendía la sostenibilidad como ecoeficiencia. “Sembremos árboles, ahorremos papel y otras acciones muy claras para disminuir el impacto del sector en el medioambiente”, dice Doris Arévalo, gerente de flujos globales de Bancóldex. Pero no bastaba con estudiar el riesgo financiero del cliente, es decir, la probabilidad de que tuviera dinero para pagar el préstamo, sino que también se debía medir el riesgo ambiental del proyecto para el cual se prestaban los recursos. No era solo una cuestión altruista sino estratégica. “Si el cliente no tenía bien contemplada la perspectiva ambiental, o no tenía sus permisos en orden, el proyecto podría fallar y el préstamo se perdería”, explica Arévalo.

El avance en el tema llegó a tal punto que 13 bancos colombianos crearon en 2012 el Protocolo Verde, un espacio para generar buenas prácticas en temas ambientales y sociales en el que participan el Ministerio de Ambiente y el Departamento Nacional de Planeación. Aunque al comienzo se vio  como algo que impactaría negativamente el negocio, luego se empezó a ver como una oportunidad. “No es fácil porque estos temas se ven abstractos y filantrópicos, entonces hay que cambiar la mentalidad de la banca”, dice Andrés Felipe Rojas, vicepresidente de Asuntos Corporativos de Asobancaria, una de las entidades que lideraron el Protocolo del que hoy son miembros 17 bancos.

Para Rojas, la banca tiene un papel crucial pues puede ser un primer filtro para garantizar la sostenibilidad de las inversiones. De ahí que surgieran las líneas verdes, que permiten financiar proyectos de inversión que prevengan, manejen y mitiguen los impactos ambientales. “Si el banquero no sabe de estos temas no ofrecerá esta posibilidad y el cliente recibirá un crédito tradicional y no los que están subsidiados. En conclusión, nadie se beneficiará”, asegura.

Este movimiento verde, que no solo se da en Colombia, ha hecho que muchos bancos replanteen su ética y desarrollen nuevas líneas de crédito con intereses más bajos. Findeter, uno de los pioneros del tema en el país, tiene políticas muy claras. “No hacer préstamos para minería de oro ni de plomo, sino para la actividad que tiene que ver con carreteras y areneras porque financian transporte. Y aún en esos casos la solicitud debe venir con un soporte sobre el manejo ambiental”, dice Úrsula Sola de Hinestrosa, asesora de la presidencia de Findeter. Cualquier crédito mayor a 6 millones de dólares debe pasar por el sistema de análisis de riesgo ambiental y social.

Las entidades bancarias están tomando el tema muy en serio. Por ejemplo, Bancolombia ha rechazado financiar proyectos que ponen en peligro especies en vías de extinción o aquellos que no han sido aprobados por la comunidad afectada.

La banca sostenible no solo busca proteger el medioambiente sino que tiene en cuenta la inclusión social y la protección de los derechos humanos. Por eso, al otorgar un crédito las instituciones se cercioran de no apoyar empresas en las que trabajen niños e idean estrategias para incluir a los más pobres que no están bancarizados.

Una de las estrategias más fuertes actualmente en Colombia es Banco2, por la que más de 1.000 familias rurales con alto grado de vulnerabilidad conservan 18.000 hectáreas de bosque que hacen parte de los ecosistemas estratégicos del país. Por otro lado, las familias se benefician económicamente porque se les paga por conservar el medioambiente bajo un esquema conocido como pago por servicios ambientales.

Los ‘bancos verdes’ también han creado portafolios para construir vivienda sostenible y préstamos para comprar vehículos eléctricos. En Bancóldex hay líneas de crédito para fomentar la eficiencia energética “porque no todo puede depender de las hidroeléctricas. Hay otras fuentes que se pueden aprovechar e impulsar. Están el aire, el sol, la geotermia,  la biomasa”, señala Arévalo.

A pesar de estos avances Felipe Rojas, de Asobancaria, asegura que hay muchos retos por delante, entre ellos, lograr que los demás bancos se suban al bus de la sostenibilidad. Pero también se requiere llevar el concepto a otro nivel. “Hay que pensar cómo impulsar el campo, cómo reducir los índices de pobreza, cómo cumplir las metas de cambio climático y cómo hacer ciudades sostenibles”, señala.

Para Arévalo, el reto está en lograr que el empresario colombiano cambie de mentalidad y “para eso se necesitan más que líneas de crédito e incentivos fiscales. Hay que divulgarlos y evitar que los trámites para acceder a estos beneficios sean tan largos”. Finalmente, y quizás uno de los puntos más importantes, es educar al empresario para que entienda que ser sostenible no es una cuestión de filantropía sino una necesidad que puede redundar en eficiencia y menores costos para él mismo.

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