*Director de Conservación WWF Colombia

El problema de la extinción de especies ocasionada por la acción humana, y su aceleración reciente que ha alcanzado proporciones de catástrofe, es el principal caballo de batalla de los conservacionistas. Sin embargo, a juzgar por la pobre resonancia de los mensajes que señalan la inminencia de esta crisis, la humanidad no parece preocuparse demasiado al respecto. 

La más reciente muestra de esta indiferencia global tuvo lugar el pasado mes de junio cuando un grupo de científicos, entre los cuales estaba el legendario conservacionista Paul Ehrlich, anunció que la temida sexta extinción masiva ya estaba en marcha y que ahora, más que nunca, era imperioso hacer todo lo posible para detenerla (Vea: La Tierra habría comenzado la cuenta regresiva hacia su fin). Y aunque los grandes medios masivos de comunicación reseñaron la aparición de este mensaje en la revista Science Advances, la reacción del público ante la terrible noticia fue tan escasa que, poco más de un mes después, no quedan ecos perceptibles de la misma.

Cabe entonces preguntarse acerca de las razones detrás de la apatía global frente a uno de los síntomas más evidentes del deterioro ambiental a escala planetaria. Hay quienes piensan que la continua exposición del público a los mensajes negativos de los biólogos de la conservación termina por adormecerlo. Así como la violencia crónica puede conducir a quienes la sufren a tener una actitud fatalista que acepta como un sino inevitable la ocurrencia de nuevas agresiones, el anuncio repetido de la declinación de la vida silvestre podría estar ocasionando una insensibilidad creciente en la sociedad contemporánea. 

Tal vez la ignorancia acerca de lo que representa la extinción de las especies para el funcionamiento de los ecosistemas sea el motivo que subyace a esta indiferencia, pues un fenómeno que podría desembocar en el colapso de muchos ecosistemas no parece entrañar consecuencias que la sociedad considere preocupantes. Acostumbrados como estamos al pensamiento teleológico, consideramos relevantes únicamente las cosas de las cuales se deriva un beneficio inmediato y nos preocupan otras cuya presencia o ausencia ocasionan el detrimento de nuestro bienestar. Por eso cuando los biólogos de la conservación encienden las alarmas de la extinción nos cuesta entender las consecuencias que esto traería en nuestra vida cotidiana, y permanecemos ajenos a una situación que nos involucra también como individuos.

Sin duda, estos dos factores son igualmente importantes y por lo tanto es necesario combatir el fatalismo frente a la pérdida de la biodiversidad al mismo tiempo que intentamos esclarecer el valor que representa la protección de la vida silvestre para el futuro bienestar de la humanidad. Pero reducir la argumentación a estos términos puede ser contraproducente pues contribuye a fomentar la noción de que podemos satisfacer nuestras necesidades básicas con un número limitado de especies cuyas propiedades y funciones encontramos deseables y que la homogenización de la biota es aceptable ya que nos libera de algunos seres que consideramos perjudiciales. (Vea: Cambio climático condenará a la extinción a 1 de cada 6 especies

Si concentramos la atención en las especies “útiles” dejamos a un lado la oportunidad de fomentar la identificación de los seres humanos con el resto de la naturaleza. Sin desconocer la fuerza de un mensaje conservacionista que responda a la pregunta atávica de ¿para qué la biodiversidad? a través de resaltar el potencial económico, farmacéutico, alimenticio o terapéutico de las especies silvestres que estamos perdiendo cada día, no estamos desarrollando la empatía colectiva por los millones de seres que comparten el planeta con la especie humana.

En este sentido, llama la atención el contraste entre la lacónica consideración de Ehrlich y sus colaboradores de por qué es urgente redoblar los esfuerzos para detener la sexta extinción masiva, con las alusiones a este problema en la encíclica papal Laudato si promulgada casi al mismo tiempo que su artículo (Vea: 'La Tierra parece convertirse en un inmenso depósito de porquería', lamenta el Papa Francisco). Mientras los científicos recurrieron en su argumentación a la necesidad de evitar la pérdida de servicios ecosistémicos esenciales y apenas en una frase lamentan la destrucción de los “…hermosos, fascinantes y culturalmente importantes compañeros vivientes de la humanidad”, el papa Francisco apela, al menos en cinco secciones distintas de su carta, a los sentimientos biofílicos de la humanidad.

Este paralelo entre una publicación científica y un documento teológico puede parecer incongruente, pero si se interpreta a la luz de la enorme diferencia en las reacciones que causó cada uno de estos textos entre el público global, podríamos tener la clave para romper la recalcitrante indiferencia contemporánea frente al riesgo inminente de una nueva extinción en masa. 

Pues aun reconociendo que la mayor resonancia global del mensaje papal pueda deberse a que su público objetivo era mucho más amplio y a su lenguaje ajeno a presunciones distintas a las de la fe, si justificamos los esfuerzos por conservar la biodiversidad en el respeto a la vida en todas sus manifestaciones, estaríamos quizás echando los cimientos de un nuevo contrato social en el que nuestra especie reconoce su lugar compartido en la compleja trama de la existencia.

*Director de Conservación WWF Colombia

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