*Directora del Instituto Alexander von Humboldt.

Opera como una señal de la distribución de los costos físicos y biológicos de la transformación del mundo a través del tiempo y el espacio, constituyéndose en una de las mediciones más sintéticas de la viabilidad de las culturas en el planeta y de la civilización humana en su conjunto. Refleja las contradicciones naturales del debate acerca de la apropiación de los recursos naturales (central en las negociaciones con el ELN), su tránsito por la sociedad, y los niveles de conciencia que las colectividades han desarrollado en su historia respecto al nivel de satisfacción de habitar un territorio.

Curiosamente, no es un número y no se parece en nada al producto interno bruto (PIB) ni a ningún otro indicador de la economía, aunque resuena con algunos datos acerca del bienestar agregado de la gente. Obviamente, tampoco  tiene que ver con la medición del hipnótico ‘índice de felicidad’ en el cual parece descollar Colombia.

Sin embargo, la sostenibilidad se puede medir. Se puede evaluar su desempeño en un sistema en términos de la variación temporal de sus componentes: podemos construir políticas de sostenibilidad, monitorearlas y ajustar el comportamiento de los mismos acorde con su resultado. Una sociedad puede ganar o perder sostenibilidad y, según las escalas que se consideren, contener procesos contradictorios, como remolinos en el transcurrir de un río. Eso es lo que hace que puedan existir islas de insostenibilidad como las ciudades o las minas, que por definición deben transferir su entropía a otros sistemas distantes en el tiempo o el espacio.

La sostenibilidad no es una entelequia ni una palabra vacía como en algún momento trató de hacerse ver. Algunos se enfrascan aún en el debate nominalista con la sustentabilidad, un problema de traducción que la tradición colombiana acogió con el deleite con que a menudo pierde de vista lo sustancial de las innovaciones. Es un concepto central de la evolución del pensamiento occidental y de la modernidad, que surge porque somos capaces de cuestionar el modelo civilizatorio creado por las distintas revoluciones de la humanidad, tan exitoso a la vez que tan letal y eventualmente inviable en el mediano plazo. Es una idea que acoge las admoniciones de los grandes sistemas filosóficos acerca del deseo, su satisfacción, los valores personales y colectivos, la confianza y el egoísmo.

Todo país posee un nivel de sostenibilidad, así la mayoría no haya hecho mediciones explícitas de la misma. Muchas empresas, comunidades, instituciones o regiones son conscientes del potencial de medirla adecuadamente y utilizan para ello diversas aproximaciones, algunas extremadamente reduccionistas (la persistencia de ganancias financieras o flujos de caja monetarios a perpetuidad) y otras extremadamente dogmáticas (solo son sostenibles los pueblos tradicionales o los modos de vida basados en resistencias radicales a la sociedad industrial).

De cualquier manera, 30 años de debate y construcción alrededor de la idea nos han traído hasta este momento, en el que Colombia deberá enfrentar el reto de su viabilidad ambiental con una política nacional de sostenibilidad, que a diferencia de la de casi todo el resto del mundo depende del buen manejo de su biodiversidad, su principal atributo natural.

Gracias a Semana Sostenible y a sus editores por esta invitación, gracias a Francisco González, mi inspirador, como maestro y fundador de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales de la Universidad Javeriana, donde forjó sin aspavientos y durante casi cuatro décadas centenares de investigadores en las artes y ciencias de la sostenibilidad.

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