Una de las primeras y más importantes lecciones en ecología proviene de la comprensión de los efectos que la heterogeneidad espacial depara a un territorio y cómo se producen así los movimientos o intercambios de materia y energía característicos de cualquier región. Por ejemplo, la presencia de una ciénaga en medio de una selva del Magdalena Medio genera un diferencial de humedad en el suelo, de la cantidad de nutrientes disueltos, del potencial de evaporación y transpiración a la atmósfera, de la oferta de hábitat para fauna silvestre o de la capacidad de absorber contaminantes. Sin embargo, es el movimiento del agua entre bosque y ciénaga lo que mantiene vivos ambos tipos de comunidades biológicas. La primera lección entonces, es que ninguno de los dos existe de manera independiente y por tanto tampoco se puede hablar de sostenibilidad del uno sin el otro.

El exceso de pesca daña el bosque, la deforestación daña la ciénaga. Como conclusión se deriva que la sostenibilidad es un atributo dependiente de la escala considerada y de las dinámicas que conectan funcionalmente y por ende, sostienen el territorio. No hay tal cosa, pues, como una “granja integral autosostenible” que sea viable: la entropía derivada del aislamiento la consumirá rápidamente o la relegará como un fragmento de información más de la memoria del sistema.

Las intervenciones humanas son parte constitutiva de la configuración de gradientes y modifican la dirección e intensidad de los intercambios ecológicos que sostienen los servicios ecosistémicos: imaginemos un distrito de riego, pero no solo para el agua sino para la polinización, la dispersión de nutrientes, la formación del suelo, el procesamiento de residuos. El encadenamiento de todas estas funciones, entendida a veces como una “cascada de beneficios” que conecta el componte silvestre del sistema con la sociedad es vital para construir sostenibilidad. Por supuesto, el flujo inverso que cierra el ciclo es constitutivo de la idea de sostenibilidad, de ahí que las interpretaciones económicas de escuelas como la “economía naranja” o “circular” sean muy pertinentes para modelar la complejidad de los sistemas socioecológicos y proyectar las decisiones de manejo: la sostenibilidad es una propiedad susceptible de ser diseñada, no es un atributo “natural” de los sistemas vivientes ni existe fuera de la cultura.

Pensarla como un efecto de la movilidad de materia y energía es un mecanismo clave de la planificación sectorial y del ordenamiento espacial, dado que provee fundamento científico y técnico para cualificar la ubicación e intensidad de las acciones que transforman un territorio. De ahí que un proyecto minero o petrolero no sea equivalente a insostenibilidad: es obvio que extraer un recurso no renovable no constituye una actividad persistente y por ello el juicio de su conveniencia debe hacerse en los contextos espaciales y temporales adecuados. De allí se deriva que tampoco una propuesta de desarrollo rural por ser campesina es sostenible; ambas constituyen experimentos socioecológicos sujetos a evaluación. Toda la teoría de prevención, mitigación, restauración o compensación ambiental radica en estos preceptos.

Las actividades humanas se insertan dentro de la lógica funcional de los gradientes ecológicos, capturando parcial o totalmente sus dinámicas y reflejándolas en la institucionalidad. Por ello es imposible e inconveniente hablar de entidades “naturales” y “culturales” autónomas o independientes, ya que todo se mantiene fluyendo en el territorio y refleja el estado de los sistemas físicos, biológicos y sociales integrados.
Mantener vigoroso un sistema de gradientes es la base del desarrollo sostenible, siempre y cuando se identifiquen, monitoreen y respeten los umbrales dentro de los que se mantiene la funcionalidad de las cosas. Los procesos biológicos son variables y llenos de incertidumbre, pero manejados con precaución y sabiduría pueden proveer sustento a muchas formas civilizatorias sin necesidad de apelar a retro-utopías: los ecosistemas son un buen ejemplo de cómo la vida se mantiene dentro de un ciclo de destrucción y construcción permanente, de ahí que el sueño de estabilidad que transmiten algunas ideologías no solo es iluso, sino contraproducente. Hay que aprender a vivir en medio de la turbulencia.