*Profesor e investigador, facultad de administración, Universidad de los Andes.

Es sin duda un tiempo que se siente muy extraño para la democracia en el mundo entero. En los últimos años, algunas de las batallas más importantes para nuestra sociedad y su relación con sí misma y con el planeta, parecían estar avanzando. Había vientos de esperanza para la inclusión, la igualdad y el cuidado del medio ambiente. Y en medio de esto nos encontramos con movimientos regresivos y auto destructivos.  Nos hacemos preguntas profundas sobre los mecanismos que hacen mover a la sociedad. De la ciencia a los medios de comunicación, de los sistemas políticos a las redes sociales. Y la pregunta es, ¿cómo pueden darse estos resultados? Todos los aceptamos porque tenemos que bajar la cabeza ante la regla básica de la democracia: lo que quiera la mayoría es lo que todos acatamos, y en el largo plazo esperamos que nos vaya mejor con malas decisiones tomadas por la mayoría, que con cualquier otra forma de dirección de lo público.

Todo esto pone de manifiesto muchas cosas importantes sobre la arrogancia que nos invade cundo parece que la razón y el intelecto tienen triunfos importantes.  Creemos que tenemos la sartén por el mango y la impredictibilidad de la condición humana  nos da un zarpazo de realidad. El voto es la expresión agregada de esta condición, que hoy se ve agobiada por un mundo muy complejo para ser entendido y asumido de una forma razonada y apacible en el nivel individual. Al contrario, los miedos más primarios aparecen en todas las esquinas de nuestra cotidianidad. Debemos seguir confiando en la educación, los derechos humanos y la ciencia como camino para seguir mejorando, pero como sociedad puede ser que no podemos ir más rápido que el más ignorante y pobre de los habitantes del planeta. Allí, en las dificultades de millones de vidas donde las necesidades insatisfechas y la incertidumbre son la norma de cada día es donde se gestan los grandes reveses de la civilización. No se puede ahora poner cara de desconcierto y acusar a media humanidad de radical e ignorante. Lo que tenemos que acatar es la lección de las mayorías, que están diciendo que algo no se va haciendo de la forma adecuada, con la inclusión y claridad suficiente para que el mensaje de razón y educación pueda expandirse. Hay que replantear la estrategia, entender quienes se sienten  por fuera, y por allí descifrar el por qué los mensajes, a veces inverosímiles, pero que resuenan en los miedos,  logran ganarle a los argumentos.

No es momento de perder la esperanza y sentir que el mundo va a caer en un abismo de totalitarismo e intolerancia. Un interesante fenómeno en las ciencias sociales y de comportamiento se denomina regresión hacia la media. Según este, después de un hecho extremo, para bien o para mal, y por lo tanto improbable, lo más seguro es que el siguiente vuelva a la “normalidad”. Hemos pasado por hechos anómalos, pero hay un curso histórico que seguimos recorriendo donde mucho se ha alcanzado. Esto también tiene un peso muy grande y lleva la carga más importante de las tendencias de cambio social. Creo también que la condición humana nos volverá a sorprender y lo que parece inamovible será movido, como al final siempre ocurre. Esperemos que algo bueno resulte de todo lo que está pasando; que haya un mejor acuerdo con las FARC, que las tendencias ultraderechistas en Europa se frenen, que las instituciones de Estados Unidos muestren que son más fuertes que los individuos y que la gente pierda el miedo a la tolerancia y la inclusión, esperemos que a pesar de los aparentes retrocesos,  estemos en un curso irremediable hacia el desarrollo sostenible.

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