*Escritora y profesora de Literatura.

El estatus es como una tenia que hay que alimentar constantemente mientras consume a su huésped. No está tranquilo quien cree que tuvo estatus —o que habría podido tenerlo— y siente que ya no lo tiene (sobre todo en excolonias como esta, en las que a todos se nos ha dicho que tenemos un ancestro que fue dueño de “todo eso que ves”, o que fue un marqués de ultramar), ni quien sabe que no lo tuvo y de repente siente que lo tiene y anda vigilante del comportamiento de quienes él imagina que siempre lo han tenido y tranquilamente lo conservan, ni tampoco está tranquilo quien siente que siempre lo ha tenido y lo conserva, pues hay otros que lo tienen mayor —el estatus es como la infinita escalera al cielo—, ni quien sabe que nunca lo ha tenido, porque el estatus es siempre posible —pues está al alcance de todos la publicidad, que promete el estatus y es lo más democrático que hay—.

El principal elemento que vigila quien se preocupa por el estatus no es su atavío ni su lenguaje: es su sensibilidad. El sentimentalismo es de gente sin estatus. El melodrama es el género del maleducado. La compasión —o el esfuerzo por tenerla— socava necesariamente la posición propia, pues implica ponerse en la posición del otro. Quien guarda y protege su estatus puede mostrar lástima de vez en cuando —pues el sentimiento cristiano puede formar parte de estatus, y el gesto condescendiente es propio del que no desciende—, pero debe tener cuidado de no sufrir con el desamparo ajeno. Mostrarse por encima de los problemas de los otros constituye un gesto de afirmación de estatus. Quien se desentiende de lo que no lo atañe directamente afirma su poder y reclama una propiedad. Dice, tácitamente: “Yo me ocupo de cosas más importantes”, y con ello dice: “Yo me ocupo de lo mío” y, en consecuencia, dice: “Lo mío es mucho”.

Mientras que la indiferencia le garantiza al indiferente el estatus que él cree que tiene —o que quiere mostrar que tiene— la insensibilidad promete granjearle al insensible el estatus que cree que ha perdido o que nunca ha tenido y aspira a tener. Es el caso del empleado que, antes que identificarse con sus compañeros, apoya la tiranía del patrón. Es el caso de la mujer antifeminista, que prefiere no identificarse con las reivindicaciones de quienes se sienten estafadas, para pensar y pretender que ella sí tiene lo suyo; que lo tiene todo. Es también, por ejemplo, el caso del estudiante becario que, para identificarse con sus compañeros que pagan matrícula, se burla y ofende a los otros estudiantes becarios.

El apoyo al movimiento animalista es quizás la actitud más enemiga del estatus. Sentirse interpelado por la suerte de los animales que viven y mueren mal es bajar demasiado y debilitarse demasiado. Atacar el animalismo tiene un doble propósito: el de proteger el estatus propio y el de proteger la propia fuerza, la propia virilidad. Estuve pensando que quizás por eso ciertos izquierdistas nuestros —los más aristocráticos— se oponen insistentemente al reconocimiento de los derechos de los animales y ridiculizan, caracterizándolos de sensibleros, a quienes luchan por el reconocimiento de esos derechos. Hablo de los dos columnistas criollos que defienden con mayor vigor la tauromaquia. En una sociedad cada vez más desigual, quizás sean conscientes de haber perdido todas sus batallas. Cansados de ponerse del lado del débil, se aferran a un reducto que aún los hace fuertes, ganadores, machos, montaraces y cazadores, y que cancela lo que podría parecer, por su posición política, un descastamiento. Si este intento mío de interpretación psicosocial careciera de fundamento, se me concederá al menos que tiene un gusto irónico oír hablar a aquellos igualitaristas sobre la “casta” de los toros y lamentarse de que la casta y la raza de los toros bravos se perderían si se acabara su tortura.

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