Uno puede cerrar los ojos. Puede retraerse al tacto. Las orejas del hombre, en cambio, siempre están destapadas. El oído es nuestra conexión permanente, nuestra disposición al exterior desde el principio hasta el fin. Por el oído estamos abiertos a la educación y sometidos al abuso. Es fácil imponerle a otro, desprevenido, que oiga cualquier cosa, y es fácil también imponérselo a todos. El ruido es la tiranía o la venganza más inmediata.

En todas las áreas comunes de un rústico hotel de los Andes suena una grabación de canciones medio folklóricas en versión sinfónica. Somos los únicos en el comedor, pero cuando pedimos que apaguen la música, la encargada dice que no está permitido. En un hotel “ecológico” de una playa salvaje del Caribe colombiano hay que desayunar, almorzar y comer con música electrónica, que sale de parlantes clavados a las palmeras. Parecería como si el hotel pretendiera fabricarle al huésped un ambiente que lo alejara del aquel en el que está. El hotel no acoge sino que expulsa; hace que el huésped no esté en ningún lado. Por un sendero del parque Tayrona va un grupo de muchachos del interior. Llevan un parlante con música a todo volumen, que hace que se sientan en su habitación mientras recorren el camino bello y extenuante, y hace que allí nos sintamos también los demás caminantes, excluidos del paisaje.

Quien transita por una calle comercial oye mezcladas las músicas que salen de todos los establecimientos. En la calle se estaciona una furgoneta. Mientras hace su entrega en una portería, el conductor deja el radio atronando para que lo oiga toda la cuadra. ¿En qué dirección apuntará su necesidad? ¿Será que él quiere ser escuchado y quiere tener algo para decir, pero en lugar de buscarlo opta por creer que esa música prefabricada es la expresión de su deseo? ¿O cree que está compitiendo y ganando en algo? ¿O está obedeciendo a un impulso destructivo de la manera más impune que ha encontrado (porque arrojar a la calle una camionada de basura, que quizá sería menos dañino, sería, en cambio, sancionable)?

Los colombianos tenemos que oír música en cada bus, cada bosque, cada restaurante, cada playa, cada ventana, cada mercado, cada tienda, cada plaza, cada baño, cada consultorio, cada parque, cada cancha, cada piscina, cada entrada, cada salida, cada espera, cada ascensor, cada escalera, cada carro, cada senda y cada esquina del territorio nacional. Siempre hay alguien que piensa que es bueno que nos aturdamos para que no atendamos a nada, para que no nos demos cuenta de nada, para que, en últimas, no digamos nada.

La imposición de la música constituye una apropiación crasa del espacio y una violación de la libertad; es la privatización del aire y es un modo de secuestro. El país se convierte en un confuso bailadero sin baile, o bien, en un mosaico de videos musicales al son de unas canciones que impiden pensar e impiden mirar. La música que se oye —de letras idiotas, sin melodía ni armonía, con el ritmo más simple posible— no es inocua: se pega, porque está hecha para que se pegue, y al hacerlo condiciona nuestra imaginación, nos hace desbarrar, altera nuestro paso, nos uniformiza. No estoy pidiendo que nos la cambien por Mahler. Estoy pidiendo que la quiten. Que nos dejen oír el sonido de todas las demás cosas del mundo, pues oír la realidad es experimentar el paso del tiempo.

Esta es una idea para el sonado postconflicto: que, al tiempo que “se callen los fusiles”, aprendamos a apagar esa música de fondo, forzuda y negadora, que durante años se nos ha venido implantando en el fondo del cerebro, ese ruido que no deja sentir ni presentir el verdadero fondo, ese frenético autoritarismo de todos contra todos. Cuando alguien oye la palabra “paz”, silencio es lo primero en lo que piensa. De modo que apagar el ruido no es una idea descabellada, sino obvia, para que avancemos hacia nuestra tal paz. 

Relacionados

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.