*Presidente del Grupo Sura.

Los resultados de los procesos de deliberación ciudadana que este el año pasado tuvieron lugar en el mundo -en forma de plebiscito o de elecciones gubernamentales-, han dejado varias lecciones. Una de ellas tiene que ver con la necesidad de leer mejor la insatisfacción de los ciudadanos, que en forma creciente asumen estos espacios democráticos como una oportunidad para protestar contra la política, los gobiernos o sus líderes, o incluso como mecanismo para expresar sus temores.

Más allá de la validez de los argumentos a favor y en contra en cada caso, otro aprendizaje fundamental tiene que ver con la urgencia de fortalecer el criterio con el que las personas se informan, participan y deciden, para asumir de manera responsable las consecuencias de sus actuaciones. Y más importante aún, para acompañar los procesos que siguen a estas dinámicas de deliberación.

Sobre esto último, en Colombia comenzamos a enfrentar, a la luz de la implementación del nuevo acuerdo de paz, un escenario que plantea enormes retos en todos los ámbitos: desde el económico hasta el social, pasando por el político e institucional, entre muchos otros. ¿Qué tan preparados estamos los ciudadanos para enfrentar estos desafíos? ¿Tenemos acceso a la información requerida para evaluar adecuadamente las implicaciones de este proceso? ¿Confiamos en nuestros líderes para orientar nuestra participación en los escenarios que corresponden? ¿Conocemos y utilizamos esos espacios de participación, más allá de la coyuntura electoral?

Frente a la etapa que comenzamos a enfrentar, la ciudadanía activa, responsable e informada, es el mejor antídoto contra el populismo en la política o el fundamentalismo ideológico que tantas veces se apoderan de las democracias.

Son incontables los procesos de desarrollo que se han visto frustrados por la corrupción o por los intereses particulares, que a su vez se apalancan en la apatía ciudadana. El desinterés, la desinformación e incluso la participación centrada en la emocionalidad, permiten que surjan gobernantes corruptos y liderazgos dañinos en todos los campos. Los ciudadanos que no logran consolidar una cultura política madura terminan sirviendo a causas particulares y desenfocadas del interés público.

Tenemos pues en nuestro país un nuevo escenario, una nueva realidad que debemos enfrentar todos, más allá de las diferencias políticas e ideológicas. Es momento de ejercer una ciudadanía responsable para que el proceso que viene, que es el que implica la construcción de la verdadera paz de la que tanto se habla, sea una oportunidad de cambio positivo en lugar de una reedición de frustraciones históricas. Esa oportunidad se hará real si hacemos una veeduría juiciosa, objetiva y desprovista de intereses particulares, si defendemos nuestras instituciones y nuestro marco democrático, si actuamos con generosidad cuando se requiera, si tramitamos las diferencias por la vía del diálogo y si sabemos elegir y exigir a nuestros gobernantes.

Desde el sector privado, diríamos que es momento, ahora más que nunca, de una ciudadanía corporativa que le otorgue a la empresa su lugar como actor clave -incluso motor- del desarrollo integral de la sociedad, no solo como generadora de riqueza sino como impulsora y veedora de los asuntos que involucran el bien común.

Es urgente pues fortalecer nuestro rol de ciudadanos para ejercerlo con toda responsabilidad. No podemos permitir que nuestra capacidad de decisión y nuestro derecho a ejercer veeduría sobre los asuntos públicos sean cooptados por intereses ajenos al verdadero propósito superior que debe guiarnos: la construcción de un país equitativo, competitivo y comprometido con el desarrollo sostenible.

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