*Abogada y periodista.

Luego de 40 años se tomó la decisión: ¡Prohibido publicitar el consumo de cigarrillo en radio y televisión! Era el 2 de enero de 1971 y hasta ese momento, la lucha contra las compañías tabacaleras en Estados Unidos parecía una guerra perdida. Fumar era un símbolo de poder, de prestigio, de masculinidad, de feminidad, de libertad. Servía para pensar, para adelgazar, para socializar. Y le costaba 8.700 millones de dólares anuales al sistema de salud del estado de California y 6.600 millones al de Nueva York.

Pronto comenzó el efecto dominó. Universidades como Harvard y Stanford anunciaron que retirarían de su portafolio inversiones asociadas a las compañías tabacaleras. Lo mismo hizo el fondo de pensiones CalPERS, uno de los más grandes de Norteamérica. Luego vinieron más restricciones: espacios públicos libres de humo y etiquetas fotográficas que mostraban los efectos del cigarrillo. El tabaco pasó de ser un símbolo de poder a un riesgo a la salud.

Algo similar está sucediendo con los combustibles fósiles, en especial con el carbón. Un movimiento cada día más robusto, compuesto por diferentes actores alrededor del mundo, lo está pidiendo a gritos: ¡déjenlos bajo tierra!

La ciencia es clara: no podemos superar 2°C de calentamiento en relación con la temperatura preindustrial o entraremos en un desajuste climático de consecuencias irreversibles. Para lograrlo hay que ajustarse a un presupuesto de carbono, un límite máximo de emisiones. Eso significa que para 2050 solo podremos explotar 20 por ciento de las reservas existentes de petróleo, gas y carbón.

En septiembre de 2014, Stephen Heinz, presidente del Fondo de los hermanos Rockefeller, anunció que la multimillonaria familia, que construyó su fortuna gracias al petróleo, dejará de invertir en combustibles fósiles: “Si John D Rockefeller, ese negociante astuto y visionario estuviese vivo, dejaría a un lado el petróleo e invertiría en energía limpia y renovable”. Esa visión la comparten empresas como Ikea, Walmart, Facebook, Apple, entre otras, que tienen la meta de abastecerse ciento por ciento de energías renovables.

Hace menos de un mes, el fondo estatal de Noruega, el más rico del mundo con más de 900.000 millones de dólares, anunció que retirará sus inversiones de compañías cuyos ingresos provengan en más de 30 por ciento de la extracción o la producción de energía con carbón.

En Europa, la Universidad de Glasgow fue la primera en hacerlo, y en Estados Unidos más de 30 tomaron la decisión, entre ellas Stanford y Georgetown. Según informó la Universidad de Oxford: este movimiento ha crecido aún más rápido que otros movimientos de presión económica, incluyendo el del tabaco y el del Apartheid en Sudáfrica.

La Iglesia también tiene algo por decir: el cambio climático fue el tema principal de la Encíclica Papal y el Consejo Mundial de Iglesias así como la Iglesia de Inglaterra anunciaron que dejarán de invertir en combustibles fósiles. Al mismo tiempo, más de 25 medios de comunicación como El País, The Guardian, Le Monde y China Daily se aliaron para compartir toda su información sobre cambio climático.

Es un efecto dominó. Y en ese caso: mejor unirse que quedar aplastado.

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