| 2015/03/28

Compartir el mundo

La aspiración del feminismo, para mí, es la de compartir plenamente el mundo; la de hacer un mundo que contemple, en su constitución, el poder, la felicidad y la naturaleza femeninos; la de crear una realidad de inclusión sin concesiones.

*Escritora y profesora de Literatura de la Universidad de Los Andes.
*Escritora y profesora de Literatura de la Universidad de Los Andes.

En el discurso inaugural de su segundo período presidencial, Barack Obama dijo: “Nuestro viaje no habrá culminado antes de que nuestras esposas, nuestras madres y nuestras hijas ganen un salario equiparable con su esfuerzo”. La declaración, que mereció muchos aplausos, tenía, para mí, un problema grave. Se nombraba a las mujeres en referencia a sus relaciones matrimoniales, maternales y filiales; se les anteponía el posesivo y se aludía a ellas desde un nosotros que no las incluía aunque las considerara. Hace pocos días oí algo similar en el discurso —también bienintencionado y sensible— de varias personalidades nacionales con ocasión del Día de la Mujer. “Sin las mujeres no podríamos vivir”, se decía. Ese discurso cometía el mismo error que el de Obama. No es solo que no sea posible la vida sin mujeres —eso ya lo sabemos y no es el problema: las mujeres y los hombres hemos compartido la vida desde que existimos—, sino que el mundo no es enunciable sin mujeres, y que el lugar desde el que se observa una identidad y una sociedad humanas —un “nosotros”— no existe si no es el lugar desde donde hablan las mujeres tanto como los hombres. La aspiración del feminismo, para mí, es la de compartir plenamente el mundo; la de hacer un mundo que contemple, en su constitución, el poder, la felicidad y la naturaleza femeninos; la de crear una realidad de inclusión sin concesiones.

Parece que hay una ola nueva de aprobación superficial del feminismo, cuyas abanderadas son personalidades del espectáculo (a propósito, me pregunto por qué las actrices feministas que se manifiestan en la ONU y en los Premios Oscar no indagan sobre el significado y las implicaciones de prácticas concretas de su oficio; por ejemplo, del hecho de que se confiera un premio a la “mejor actriz” y otro al “mejor actor”). Es alentador que esta nueva ola de aprobación mediática tenga eco y que influya en la opinión pública, pues indica que cada vez más personas se dan cuenta de que el caso de una mujer que diga que no es feminista es tan contradictorio y alienado como sería el de un esclavo que no estuviera de acuerdo con la abolición de la esclavitud. Sin embargo, esta tendencia también presenta un problema. En su proclama, la mayoría de las nuevas abanderadas del feminismo tienen cuidado de limitarse a la defensa de la igualdad de derechos entre hombres y mujeres (en particular la igualdad de beneficios laborales, que, aunque esté lejos de practicarse universalmente, es, en teoría, difícil de controvertir). El feminismo del siglo XXI va más allá de eso. Debe asumir el esfuerzo de imaginar un nuevo orden, de reflexionar profundamente sobre nuestra noción de justicia. El deseo intenso por la igualdad entre los sexos implica trabajar por una solidaridad radical.

El feminismo, la posición que reconoce la opresión más básica y pertinaz de nuestra civilización, debe llevarnos a cuestionar todas las desigualdades sociales, económicas y culturales; debe llevar a que pensemos en las naciones oprimidas, en las clases oprimidas, y, más allá —o en primer lugar— en las especies oprimidas; debe guiarnos en el esfuerzo por comprender que la historia humana debe ser la constante ampliación e intensificación de los conceptos de libertad y dignidad. 




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