*Profesor e investigador, facultad de administración, Universidad de los Andes.

Globalmente, se considera que el transporte es una de las principales categorías de estudio de consumo sostenible, junto con la vivienda, la comida y la canasta general de productos. Por ejemplo, National Geographic en su índice Greendex evalúa precisamente éstas categorías, en las que tristemente Colombia no está incluida en la medición.

El tema de cambio de hábitos de uso de medios de transporte está a la orden del día en el país, sobre todo en las grandes ciudades, aunque a veces más cerca del problema de movilidad y no tanto de impacto en el medio ambiente. El fondo del asunto es cómo lograr que la gente cambie su decisión. Para ello, se cae fácil en la tentación del castigo y la prohibición: cobros, restricciones y en general obstáculos para el uso del carro particular han sido el instrumento dominante desde hace mucho tiempo. El día sin carro se disfraza de una intención distinta, como si fuera una oportunidad para intentar algo diferente, pero es solo una restricción más. Se ha dicho ingenuamente que durante el día sin carro mucha gente “ensaya” algo nuevo, sea la bicicleta o el transporte público, y se espera que a muchos les quede gustando. Esto es poco menos que un disparate desde un análisis serio de mecanismos de cambio de comportamiento. El día sin carro se convierte en un encarte para la gente. Los que pueden, cuadran el día para no salir y trabajar desde la casa, otros arman planes especiales en clubes y sitios de recreo. Y a los que si les toca salir, pues usan los mencionados medios, que se saturan más de lo usual. La aventura no pasa de lo anecdótico.

En lo relacionado al cambio de comportamientos hacia lo pro-ambiental muchos factores se conjugan. En general, toda modificación de conducta pasa por una de dos rutas: la modificación de hábitos y rutinas que son automáticas e intuitivas, o por la formación de valores que activen normas generales de comportamiento. Cuando se aborda el cambio desde lo automático, hace falta la acción de un “arquitecto” de la decisión que sea capaz de diseñar un entorno de elección que conduzca a las personas a la decisión esperada sin que ni siquiera se den cuenta. Cuando se trabaja sobre valores y normas, se intenta informar y educar, lo que luego va a requerir de todo un proceso deliberado y arduo por parte de la gente. Es fácil ver que este segundo camino es el más usado, junto con el ya mencionado castigo y restricción. Es exactamente lo que estamos viendo con el llamado a ahorrar energía. Por una parte, se intenta generar una moralidad para el ahorro al tiempo que se ponen en práctica castigos y pagos al mejor estilo de la economía de los incentivos extrínsecos.

Si seguimos por este camino, poco se logrará frente al transporte. Hay que llegar también al sistema automático de comportamiento, hay que rediseñar el entorno de decisión. Y la cosa va más allá de la obvia pero muy solicitada mejoría de la infraestructura de transporte público. Esto es requisito indispensable para que sea una opción real bajarse del carro. Lo que resulta increíble es que no haya estímulos a la innovación en formas de transporte colaborativo. Por el contrario, los medios tradicionales ganan batallas legales y su espacio se prolonga. Pero su desaparición es inevitable en el mediano plazo. Fenómenos como Uber son solo una manifestación de lo que está ocurriendo en todo el mundo. El consumo colaborativo va más rápido que cualquier regulación. Las administraciones públicas deben por supuesto seguir invirtiendo en infraestructura y en la promoción de valores, pero la brecha entre actitudes y comportamientos seguirá allí si no se acompaña de una política decidida para permitir que la gente innove y se organice de forma colaborativa. Todos los Uber y sus manifestaciones locales deberían ser premiados e incentivados.

Y es que la demanda de formas nuevas de transporte va a terminar aplastando a todos estos opositores al cambio, a los eternizadores de esquemas obsoletos. Si se abre esta puerta nos sorprenderemos con las soluciones que irán apareciendo. El consumo colaborativo en el transporte es el que de verdad va a cambiar el entorno de decisión y el conjunto de opciones del ciudadano.

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